Clara
El corazón me da un vuelco cuando veo que las luces de la casa de al lado se encienden.
—¡Leo! ¡Leo, hay alguien en la casa de cristal!
Leo sale por la puerta precipitadamente. Le echa un vistazo a Casa Alva, que parece una linterna flotando sobre las aguas del lago, y comenta con seguridad:
—Imposible. Serán automáticas.
Pero nada más decir eso, que no tiene ninguna lógica porque para qué gastar en iluminación automática cuando el lugar está abandonado, vemos a una pareja salir por la puerta.
Se nos quedan mirando con extrañeza, tan sorprendidos como lo estamos Leo y yo.
Me percato de que la seguridad de Leo se escurre como arena entre los dedos, y es que, después de dar mil vueltas por toda España, por los parajes y pueblos más inhóspitos que te puedas llegar a imaginar, la soledad de Brétema era demasiado bonita para ser verdad.
¿Que Brétema está abandonado, que ya no viene nadie, y mucho menos en noviembre, con el frío que hace y lo perdido que está?
Joder, Leo, ya te vale.
La otra pareja nos ha visto.
Ya es tarde para volver dentro y hacer como si nada. Quedaría raro. Leo hincha el pecho. Madre mía, espero que no se le ocurra matarlos.
—Hola —nos saluda el hombre, bastante más mayor que la mujer, que debe de tener mi edad, calculo que entre veinticinco y veintiocho años.
—Hola —le devuelve el saludo Leo, fingiendo normalidad.
—No sabíamos que esta casa también estaría reservada —dice el hombre con cierto reparo.
Ay no. Parece que desconfía de nosotros. ¿Se habrá fijado en que la cajetilla para introducir el código que abre la puerta está desmontada? Hemos vuelto a poner la tapa, pero ahora que me fijo, ha quedado un poco desencajada. ¿O le habrá parecido raro que no tengamos la luz encendida?
—Soy David —se apresura a presentarse, y eso me alivia un poco, porque, si desconfiara de nosotros, no diría su nombre así como así—. Y ella…
—Patricia —se presenta la mujer, dedicándonos una sonrisa forzada y mirándonos de una forma que…
¿Nos ha reconocido?
Mierda.
Yo no me muevo. Me mantengo en un segundo plano escondida detrás de Leo, cuya espalda es lo bastante ancha como para cubrirme casi por completo, pero eso debe de parecerles tan raro como si nos hubiéramos vuelto a meter dentro de casa, fingiendo no haberlos visto.
Leo gira la cabeza en mi dirección con brusquedad.
Me susurra entre dientes con una agresividad que me asusta y me hace dar un respingo:
—Sal de detrás de mí y preséntate.
Obedezco. Salgo de detrás de Leo y me sitúo a su lado, levantando la mano a modo de saludo. Agacho un poco la cabeza para que no me vean la cara, y que haya poca luz aquí fuera también ayuda a que nuestros rasgos no se distingan del todo bien.
—Disculpadla, es muy tímida —ríe Leo—. Yo soy Lucas y ella es Carla.
—Lucas y Carla —repite el tal David como si estuviera memorizando nuestros nombres falsos—. Pues encantado. Patricia y yo estaremos aquí cinco días, hasta el miércoles. ¿Y vosotros? ¿Hasta cuándo tenéis la reserva?
¿Por qué hace tantas preguntas? Contengo un resoplido, empiezo a impacientarme. Me sorprende que Leo se muestre tan animado y no le tiemble la voz al contestar:
—Unos días más que vosotros. Hasta el domingo.
—Ah. Qué bien. Bueno, pues si necesitáis cualquier cosa…
Patricia le da un codazo.
—Claro, lo mismo digo —ataja Leo, avanzando un paso en dirección a la puerta, con la clara intención de acabar de una vez por todas con la incómoda conversación.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Voy directa al sofá, donde me tumbo con los ojos cerrados, pensando en todos los posibles escenarios que pueden desencadenarse tras este inesperado encuentro.
Nos han reconocido. Seguro.
O acabarán sabiendo quiénes somos y después… ¡¿Después qué?!
—Me dijiste que este sitio estaba abandonado —le reprocho.
—Tranquila —me sonríe Leo—. A esos les interesa aún menos que a nosotros que se sepa que están aquí.
—¿Qué quieres decir?
—¿No los has visto? ¡Podría ser su padre!
—empieza a reír, sin que yo le vea la gracia a la situación—.
Hombre atractivo de unos cincuenta años, con pasta para aburrir...
Ni siquiera se ha quitado la alianza de casado.
Ella debe de tener tu edad, un año arriba, un año abajo…
¿Veintisiete? ¿Veintiocho? Son amantes, Clara.
Han venido a Brétema a vivir su aventura secreta.
—El problema no es ese. ¿Y si alguien ha reservado también esta casa?
—Alegaremos una confusión.
—Pero decías que no venía nadie —le repito, aun resultando insistente y cansina con el tema. No quiero que piense que le estoy echando la culpa, porque eso lo cabrearía. Y a Leo no se le puede buscar las cosquillas. Es tan impredecible que da miedo.
—Ya, eso dije, sí… lo siento, cariño. —Se tumba a mi lado, me acaricia el pelo, me besa con dulzura en la cara—. Puede que sí venga gente a Brétema… pero es gente que no quiere que sepan que están aquí. Gente con secretos. Como nosotros.
Solo a Leo se le ocurre comparar una infidelidad con un asesinato.