Patricia
David me cuenta que Victoria, su mujer, se lo ha tragado todo, y lo mejor es que apenas ha hecho preguntas.
Tienen tres hijos: Álvaro, Pelayo y Pablo.
De veintidós, veinte y dieciocho años, respectivamente.
Yo tengo veinticinco. No suelo pararme a pensar que estoy mucho más cerca de la edad de los hijos de David que de la suya y que, por lo tanto, podría ser su hija, porque me entran todos los males.
A veces, David se queja de que sus hijos no tienen oficio ni beneficio salvo Pablo, el pequeño, que ha empezado a estudiar empresariales como su abuelo, un empresario forrado que vive entre Miami y Marbella, aunque sigue conservando su chalet en Madrid.
Según David, sus hijos son insoportables.
No parece que se toleren mucho. Se ve que se pasan el día encerrados en sus habitaciones delante del ordenador y su relación con ellos es difícil, pero no habla mucho del tema.
Que nuestra escapada haya coincidido con el Congreso de la Sociedad Vasco-Navarra de Cardiología que se celebra en noviembre en Pamplona, es una genialidad.
David le ha dicho a Victoria que son tres días de congreso que suelen ser agotadores para así no verse obligado a llamarla con asiduidad, pues en Brétema no hay cobertura, y dos días de grupos de trabajo privados.
—¿Grupos de trabajo privados? —me río.
—Curso de manos de Ecocardiografía Transesofágica 3D —especifica—. Victoria no se entera de nada, es tan inocente que se lo traga todo —ríe él con despreocupación.
Envidio un poco a Victoria, aunque David suela humillarla delante de mí, provocando que hasta me dé pena.
No creo que sea tan tonta como dice, aunque no la conozco en persona.
Creo que David la subestima y que no tiene en cuenta que todas las mujeres tenemos un sexto sentido, pero no se lo digo porque sería como escupir hacia arriba.
Victoria nunca se ha visto en la necesidad de trabajar.
El dinero no le preocupa, jamás le ha faltado nada ni le faltará en lo que le quede de vida, a ella y a sus descendientes.
Siempre ha vivido entre algodones. Vive en un inmenso chalet de La Moraleja que sus padres le regalaron cuando se casó con David hace veinticinco años, o sea, cuando yo nací, y aunque él asegura que siempre está atareada, tiene a todo un séquito de sirvientes que se lo hacen todo.
A David le avergüenza tener tanta ayuda en casa.
Chófer para llevar a Victoria de compras, cocinero, tres mujeres que le limpian la casa…
Solo les falta guardaespaldas (ignoro si ya lo tienen).
Sin embargo, David es como yo, o eso se encarga de recordarme, para no hacerme sentir «menos».
Él también viene de una familia de clase media trabajadora, y echa más horas que nadie en el hospital, donde se le considera uno de los mejores cardiólogos.
Sabe lo que cuesta un peine, aunque Victoria lo haya incluido en su privilegiada burbuja de cristal.
Cuando hace siete meses entré a trabajar como residente en el hospital, me enamoré locamente de David.
Me parecía un imposible , pero enseguida conectamos y empezamos a coquetear.
No eran imaginaciones mías. A David se le veía encantado conmigo.
Y aunque dos de las enfermeras, Mati y Rosa, me insinuaron sin entrar en detalles que tuviera cuidado con el doctor Hernández, no soy muy dada a hacer caso de las advertencias.
(Así me va). Pero a ver, no soy idiota. Puede que no sea la única residente que haya caído rendida a sus pies y sé que no va a dejar a su mujer por mí.
Vive demasiado bien gracias a ella y separarse sería la ruina.
Pero mientras siga mirándome así, como si fuera lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo, y engañándola para fugarse cinco días conmigo, todo está bien.