Clara
Leo me asegura que aquí estamos a salvo, que no nos va a encontrar nadie.
Dice que este lugar está abandonado desde hace años.
Resulta que se corrió la voz de que está maldito, y que del lago salen espíritus al caer la noche.
Un rollo raro en el que prefiero no pensar.
Siempre me han dado más miedo los vivos que los muertos.
—Ni una mota de polvo y las sábanas están limpias, Leo —empiezo a preocuparme—. Como recién lavadas… Mira, huelen bien.
Leo tampoco le da importancia a ese detalle. Que no, que Brétema lleva años en el olvido, repite en un murmullo, harto de mi paranoia.
A diferencia de la otra casa, que es un mirador, esta tiene un único ventanal panorámico en el dormitorio, enmarcado por el saliente del tejado para que, desde fuera, solo se vea oscuridad, mientras que desde dentro parecemos estar sumergidos en el sotobosque.
—Esto no parece estar abandonado.
—Que sí, que no te preocupes, Clara. Nadie va a venir hasta aquí, y menos en pleno mes de noviembre, con el frío que hace —contesta Leo, indiferente, como si ninguna preocupación lo atormentara.
El entorno es bello, como toda Galicia, pero también salvaje.
Es oscuro y un poco siniestro y yo estoy trastornada.
No me acabo de sentir cómoda aquí. No estoy a salvo, y mucho menos con Leo.
En cualquier momento se le puede ir la cabeza.
Estoy atrapada, aunque supongo que es lo que merezco.
No me extraña que nadie quiera venir a pasar unos días aquí.