La otra pareja del lago DÍA 1
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DÍA 1

PATRICIA

B rétema significa niebla en gallego. He leído tanto sobre el lugar al que estoy deseando llegar, que es como si ya hubiera estado ahí.

​ Cuando lo inauguraron hace seis años, se convirtió en el lugar de moda.

Tenías que reservar una de las dos casas, Casa Alva o Casa Nigra, con meses de antelación.

Su encanto reside en el lago de origen glacial ubicado en las faldas de la Sierra de la Capelada, en A Coruña.

Hoy, sin embargo, es un paraje olvidado.

Está oculto entre acantilados y bosques cerrados, lo cual era un gran reclamo, pues hacía que Brétema fuera un enclave único y especial, pero hoy es un incordio debido a su difícil acceso.

No obstante, es idóneo para quienes buscan desaparecer.

Reservas fáciles y discretas, aunque eso nunca suele atraer a buena gente.

​ Matilda, la influencer que se alojó en Casa Alva hace unos años, fue la principal responsable del declive de Brétema.

Una noche grabó una silueta fantasmal emergiendo de las oscuras aguas del lago y subió el vídeo a sus redes sociales.

Enseguida se hizo viral. Nunca se supo si era real o formaba parte de la promoción, pero, desde entonces, el goteo de cancelaciones fue incesante.

No solo se anularon todas las reservas que había, sino que la gente borró el rastro de sus búsquedas, como si el simple hecho de haber planeado dormir en Casa Alva o en Casa Nigra, fuera suficiente para atraer la mala suerte.

El negocio quedó paralizado. Lo raro es que siga en pie.

Ahora, en menos de cinco minutos, tienes la reserva hecha y, si así lo decides, no queda constancia en ninguna parte.

Brétema se ha convertido en el picadero ideal para infieles como David y yo, deseosos de pasar unos días perfectos y sin interrupciones.

Antes, la noche costaba seiscientos euros en Casa Alva y cuatrocientos en Casa Nigra.

Ahora puedes alojarte por menos de cien.

​ (Gracias, Matilda).

···

Sara, que llegó al piso hace un par de semanas pero se ha hecho cargo de todas las responsabilidades, porque, según ella, la organización era desastrosa, me reclama el pago del mes.

​ —Cuando vuelva —la evito, arrastrando la maleta por el pasillo.

​ —¿Y cuándo vuelves?

​ —En cinco días —contesto, cortante, llegando a la puerta.

​ —¿Y se puede saber adónde vas? ¿Y con quién? No será con otra cita de Tinder así a lo loco, ¿no, Patri?

​ —Empiezas a parecerte a mi madre. Venga, el miércoles ya estoy aquí y te pago, ¿vale?

​ —Patri…

​ —¡Te lo juro!

​ —Vale, ¡pero ten cuidado!

​ Abro la puerta y me largo. Como sé que Sara siempre se asoma al pequeño balcón que hay en el salón, David y yo hemos tomado precauciones.

Me espera con el coche aparcado en doble fila en la calle paralela, donde la vista de mi compañera de piso no alcanza.

Esto de tener una aventura secreta con el cardiólogo más respetado del hospital siendo yo una residente, es toda una odisea.

Una relación prohibida de la que nadie tiene ni idea.

O eso espero. Llevamos viéndonos seis meses y creo que, en el hospital, no se nos nota nada.

Sabemos disimular muy bien. Claro que tenemos que hacer malabares para vernos, y a veces es un engorro, pero eso hace que cada encuentro sea emocionante.

Todo lo que vale la pena es complicado. Llevamos tanto tiempo programando esta escapada a Brétema donde estaremos completamente solos e ilocalizables, que ahora que me besa y abre el maletero para guardar mi maleta, me parece que estoy soñando.