La otra mitad Capítulo 30
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Capítulo 30

Duermo catorce horas seguidas en un hostal de la calle Real que Ríos nos consigue sin que nadie pregunte.

Cuando abro los ojos, hay luz amarilla de tarde en la ventana, una taza de té frío en la mesilla y, en una silla junto a la cama, Álex, dormido con la cabeza apoyada en la pared y un libro de bolsillo abierto sobre el pecho.

Parece mucho más joven. Parece, de hecho, exactamente lo que es: un niño al que han devuelto a su madre y que no sabe dónde poner las manos.

Lo miro durante un buen rato antes de moverme.

Al día siguiente, a las once de la mañana, entramos juntos en la residencia de Santa Clara.

Nuria nos espera en el vestíbulo con el uniforme recién planchado y los ojos hinchados. No dice nada. Me abraza con toda la fuerza de sus brazos cortos, y yo sé, por el modo en que me aprieta, que lleva dos días esperando poder hacerlo.

—Doña Marta —dice por fin, con la voz rota—. Perdóneme. Nunca pregunté nada. Yo creía…

—Nuria, hiciste exactamente lo que había que hacer.

Se seca la cara con la manga. Entonces se vuelve hacia Álex y le coge las dos manos.

—Y tú, muchacho. Tantos jueves. Y yo sin saber.

Álex baja la cabeza, tímido.

—Gracias por los caramelos de menta —dice, y a ella le sale una risa mojada, la primera.

Subimos juntos en el ascensor. En el pasillo, mientras caminamos hacia la habitación de mi madre, Nuria suelta de golpe:

—Hoy ha tenido un buen día. Se ha puesto la chaqueta rosa. La que le regaló usted, doctora. Perdón, doña Marta. —Se detiene, confusa—. Perdón. Es que…

—Yo no se la regalé —digo.

Álex me mira de reojo. Se pone colorado.

—Fui yo —murmura—. La compré en un rastro de Alcalá, en mayo. Me pareció que le gustaría. Se la dejé en la silla sin decir nada.

Se me suelta algo muy hondo, muy suave, en el pecho.

*   *   *

Mi madre está sentada junto a la ventana, con la manta de cuadros sobre las rodillas y la chaqueta rosa abrochada hasta el cuello. Ha cambiado de postura desde la última vez. Está más derecha, con la barbilla levantada, mirando el jardín con una atención que no le veía desde hace años.

Cuando entramos, vuelve la cabeza.

—Marta —dice.

No lo dice como se dice un nombre equivocado. Lo dice como quien llama a alguien que llega tarde a la cena.

—Hola, mamá.

Me acerco. Me arrodillo delante de ella, como hace Remedios con sus recuerdos, como hacía yo de niña para que me peinara. Le cojo las manos, finas, transparentes, con las venas azules, y las beso. Huelen a colonia de lavanda y a jabón de pastilla.

Sus ojos, claros, algo nublados, se posan en mi cara. Y entonces ocurre.

No es un milagro. Mi trabajo me ha enseñado a desconfiar de los milagros.

Es algo más modesto: una luz que se enciende en un cuarto que llevaba mucho tiempo a oscuras, durante un tiempo que no se puede prever ni retener.

Lo he visto en otros pacientes. Dura minutos.

A veces, segundos. Pero es tan real como una taza de café.

—Marta —repite mi madre, y su voz es clara, fina, firme—. Hija mía. Has venido.

—He venido.

—Te he esperado mucho.

Álex se ha quedado de pie, un paso detrás de mí, con las manos entrelazadas. Mi madre lo ve. Lo mira largamente. Alarga una mano, que le tiembla, y le toca la mejilla.

—Y tú —dice—. El niño. Tienes los ojos… —Se interrumpe—. No. No los suyos. Los de ella cuando nació. Los de ella, cuando abría los ojos y miraba, como asombrada de estar aquí.

Álex se arrodilla a mi lado. Mi madre le acaricia el pelo como si fuera un perro.

—Te quitamos —dice, sin dramatismo, con una exactitud espantosa—. A los dos. A ella y a ti. Y yo firmé.

Nadie respira.

—Mamá —empiezo.

—Déjame, hija. Tengo poco tiempo. —Sus ojos se vuelven hacia mí con una lucidez feroz—. Esta noche se me va a olvidar. Pero ahora lo sé. Déjame decirlo.

Callo.

—Cuando vino Ignacio al embarcadero, aquel día, yo estaba en la casa.

Lo supe. Una madre sabe. Aunque no lo supiera, sabía.

Cuando os vi a las dos, a ti de rodillas y a ella en las tablas, tuve que elegir.

—Se detiene. Traga saliva—. Podía quedarme con las dos hijas muertas.

Dos hijas: una enterrada, otra deshonrada.

O con una hija viva. Con un nombre cambiado, pero viva.

Con un nombre que no la expondría. Con un nombre que Ignacio pudiera tolerar.

De pronto tengo ocho años. Estoy sentada en la cama y ella me peina con un cepillo de cerdas suaves, diciéndome que no me mueva, que no hable, que tenga cuidado con las preguntas.

—Elegí a la viva —dice—. Te llamé Inés veinticinco años porque si te llamaba Marta me moría. Cada vez que te veía, me veía a mí misma entregando a tu hijo, a tu hermana, a tu verdadero nombre. Y la única forma de aguantarlo era no verte. Por eso dejé que Gonzalo te cuidara. Por eso me vine aquí.

Le tiemblan los labios. Por la mejilla izquierda le resbala una lágrima lenta.

—Perdóname, Marta.

He pasado semanas preparándome para este momento. He ensayado frases. Lo que diría si mi madre alguna vez se acordaba. Lo que le gritaría. Lo que le exigiría. Había una lista larga, ordenada, justa.

Y no me sale nada. No me sale nada porque, mirándola ahora, pequeña, envuelta en una chaqueta rosa que le ha regalado el hijo que le robó, comprendo algo con la nitidez de lo evidente: que no hay nada que pueda hacerle que sea peor que lo que ya se hizo a sí misma.

Le pongo la mano en la mejilla. La acaricio con el pulgar.

—Te perdono, mamá.

No es una frase tan bonita como esperaba. Es corta, pesada, sencilla. Pero es verdad. Lo noto cuando la pronuncio: es verdad con una verdad física, como cuando se mete un hueso dislocado en su sitio.

Mi madre cierra los ojos. Respira hondo.

Cuando los abre, ya no hay luz.

Lo veo irse. Como una marea que baja, como un reloj que retrocede. Su mirada vaga hacia la ventana, hacia el jardín, hacia el jardinero que recoge hojas. Se le suaviza la boca. Se le descuelga la mano.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunta, con la cortesía exquisita de siempre—. Qué amables han sido en venir.

Álex ahoga un sollozo. Yo le aprieto la mano.

—Somos amigos suyos, doña Carmen —digo—. Hemos venido a hacerle compañía un rato.

—Ay, qué detalle. —Sonríe. Mira la chaqueta rosa, la acaricia—. ¿Les gusta? Me la ha regalado un chico muy majo. No recuerdo cómo se llama. Tenía unos ojos preciosos.

—Alejandro —dice Álex en voz muy baja.

—Alejandro. —Repite el nombre como se prueba una fruta—. Qué bonito.

Nos quedamos con ella una hora más. Hablamos del jardín, de la lluvia, de una receta de bizcocho que le gustaba hacer.

A la una llega Nuria con la bandeja de la comida y mi madre me dice, con los modales de una señora que recibe a una visita lejana, que me ha encantado conocerme y que espera que vuelva.

—Volveré —le prometo.

Antes de salir, me inclino y la beso en la frente. Huele a lavanda. A casa. A una infancia que, por fin, he podido recuperar sin que me duela.

*   *   *

En el pasillo, Nuria me espera con las manos cruzadas sobre el vientre. Se acerca a mí con cautela.

—Doña Marta —dice—. Hay una cosa que quería darle.

Saca del bolsillo del uniforme un llavero con tres llaves de hierro atadas con un cordel.

—Me dijo su madre que, cuando volviera la niña, se las diera. Pensé que ya las tenía. —Me las pone en la palma de la mano—. Pero creo que esta vez es de verdad.

Las cierro en el puño. Pesan menos que la primera vez.

—Gracias, Nuria.

Álex ha esperado en la puerta con las manos en los bolsillos y los ojos enrojecidos. Cuando llego a su lado, me ofrece el brazo con una torpeza encantadora, de chico educado por unos padres anticuados.

—¿Adónde vamos? —pregunta.

Levanto la mano. Enseño las llaves, que tintinean.

—A abrir una casa.

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