Capítulo 29
El técnico no toca nada. Nadie en la sala se mueve. Del altavoz sale primero un roce de tela, el crujido de unas tablas bajo unos pies, un graznido lejano de pájaro. Luego, una voz de hombre mayor, seca y afable, que reconocería entre mil.
—Marta, hija. Qué sorpresa. Creía que a esta hora ya estarías en misa con tu madre.
—He venido a hablar con usted, don Ignacio.
Mi hermana, en la cinta, habla despacio. La conozco. Es la voz que ponía cuando quería que algo saliera bien: sin prisa, con cada consonante en su sitio. Por debajo de esa calma hay un temblor que solo yo, en toda la sala, puedo escuchar. Es el temblor de quien se aprieta la mandíbula.
—Sé lo del niño —dice—. Sé lo que firmó mamá en noviembre. Lo he leído en el despacho de papá. Quiero que me lo cuente usted.
Un silencio. Se oye el viento en el micrófono. Después, una risa corta.
—¿Qué quieres que te cuente, querida? Fuiste una niña imprudente. Ocurrió. Se resolvió con delicadeza, con mucho dinero y con mucho cuidado, para que nadie sufriera. Tu hijo tiene un hogar. Tus padres, tranquilidad. Y tú, un futuro.
—Yo tenía quince años.
—Y yo, cincuenta y seis. Las cosas pasan.
En algún lugar de la sala, Mercedes ahoga una exclamación. Álex ha cerrado los ojos. Su mano, que sigue en la mía, no se mueve.
—Quiero a mi hijo —dice mi hermana en la cinta, y mi propia voz, de diecisiete años, se parte por la mitad—. Quiero saber dónde está. Si no me lo dice, mañana iré al comisario. Y llevaré esto.
Un chasquido: el sonido de una tela que se aparta de un aparato. Alguien, a lo lejos, dice una frase que no se distingue. Pasos. Una voz joven.
—La grabadora. Dame la grabadora.
Gonzalo.
Lo que sigue es un ruido sordo, de forcejeo, cuerpos que chocan contra la madera, una exclamación ahogada.
Suéltame. Suéltame. Un golpe de plástico.
El micrófono gira en el aire, o cae: el sonido se llena de roces, de golpes, de un crujido seco entre tablas.
Y por encima, un grito corto, entero, de mujer joven que cae sin saber dónde.
El agua.
Es un chapoteo pequeño, casi decente. Luego, nada. El siseo del viento. El silencio ancho de un lago. Nadie respira en el laboratorio.
—Es una nutria —dice la voz de Ignacio, muy cerca, muy claro—. Que se enfríe la cabeza.
El técnico se quita las gafas. Ríos aprieta los labios.
A partir de aquí, en la cinta, no hay palabras.
Hay un silencio que dura casi veinte segundos.
Pero no es un silencio: es un tejido de sonidos pequeños.
El golpeteo de una bota contra la madera.
El resuello de un hombre joven, rápido, asustado.
El roce de un bastón. Y debajo de todo, apenas audible, un chapoteo entrecortado, un manotazo débil sobre el agua, el sonido que hace un cuerpo cuando no sabe qué hacer con ella.
Lo oigo. Veinticinco años después, lo oigo por primera vez.
No había nadie más. Estaban ellos dos, mi hermana, y yo, escondida detrás de un pino, sin hacer ruido, contando.
Álex me aprieta la mano. Su voz, a mi oído, es apenas un soplo.
—Estás aquí. Estás aquí.
Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve.
La cinta registra el momento exacto en que dejo de contar.
Es una carrera sobre tierra, una respiración desbocada, un golpe de cuerpo contra el agua, un chapuzón brutal, de alguien que se arroja de cabeza.
Luego, otra vez los chapoteos, la tos, un hombre que grita: ¡Ayúdame!
Y una voz de chica, la mía, la que ahora escucho con los ojos cerrados, gritando algo que se repite una y otra vez, deshecha, sin aire.
—¡Inés! ¡Inés! ¡Inés!
Si alguien me preguntara si lo he oído antes, diría que no. Pero es mentira. Lo he oído todas las noches durante veinticinco años. Solo que nunca lo había escuchado desde fuera.
—Es la otra —dice una voz de anciano, quebrada—. Es Marta.
Un ruido seco, de objeto que resbala. Un último chapoteo, grande, casi dulce: el aparato, que estaba apoyado en un pilote, cae por fin al agua. Después, el siseo, y nada más.
El técnico detiene el reproductor.
* * *
No recuerdo cuánto tiempo pasa antes de que alguien hable.
Me doy cuenta de que estoy llorando cuando Mercedes me pone un pañuelo en la mano.
No lloro como lloran los adultos, con control.
Lloro con las costillas, con la espalda, con todo el cuerpo, sin ruido, como una niña que ha aprendido a no hacer ruido.
Álex me abraza. Me abraza torpemente, con los brazos largos, con la barbilla contra mi pelo, y durante un tiempo no soy nadie, ni Inés ni Marta, solo una persona que ha dejado de aguantar.
Ríos espera. Cuando por fin vuelvo a levantar la cabeza, tiene los ojos húmedos y una carpeta apretada bajo el brazo.
—Lo que acabamos de oír —dice con voz clara— es la confesión de un delito de agresión sexual a una menor, de la obtención ilícita de una adopción, de la falsedad documental en un acta notarial y de la suplantación de identidad de una persona fallecida.
Los delitos de 2001 están en gran parte prescritos. Eso lo sabe usted tan bien como yo.
Me mira.
—Pero lo de esta semana no. La declaración jurada falsa, la denuncia de desaparición con informe médico manipulado, el ingreso psiquiátrico forzoso: todo eso es de hace tres días.
Es detención ilegal. Es coacción. Y es la puerta por la que van a entrar los fiscales a todo lo demás.
Con esta cinta, con la confesión de Gonzalo Beltrán y con los documentos del archivo, tenemos una causa.
—No quiero venganza —digo.
—Lo sé.
—Quiero mi nombre.
Ríos asiente despacio.
—Para eso también hay un procedimiento. Largo.
Burocrático. Una rectificación del Registro Civil, una declaración judicial, una nueva partida.
Meses, quizá años. —Su boca esboza algo parecido a una sonrisa—.
Pero hoy, a las ocho y cuarenta de la mañana, ante tres testigos y una grabadora, ya es usted Marta Aldama Ferrer. Eso, nadie se lo va a quitar.
Salimos al pasillo. Está vacío, de baldosas grises, con una máquina de café zumbando en una esquina. A través de una ventana alta entra un sol pálido, de noviembre, que dibuja un cuadro en el suelo.
Álex camina a mi lado sin decir nada. Se detiene junto a la ventana. Tiene las manos en los bolsillos, los hombros encogidos, la cara de un chico de veinticinco años que ha estado a punto de no llegar.
—No sé cómo llamarte —dice.
—Marta.
—Ya lo sé. —Se pasa la lengua por los labios secos—. Quiero decir… Marta es tu nombre. Pero yo no sé cómo… —Se interrumpe. Traga saliva—. He estado un año ensayando una palabra. Y ahora que puedo decirla, no me sale.
Lo miro. Tiene los ojos de Ignacio, esos ojos claros, cristalinos, y por primera vez no me hacen daño. Porque lo que hay detrás no es de Ignacio. Es una mirada que he visto antes, en un espejo, con diecisiete años.
—Puedes llamarme como quieras —le digo.
Álex se muerde el labio. Una vez. Dos. Después, en voz tan baja que casi no se oye, pronuncia la palabra.
—Mamá.
No me hace falta decir nada más. Lo abrazo con tanta fuerza que me duelen los brazos. Él me devuelve el abrazo, y es un abrazo largo, torpe, lleno de huesos y de lágrimas, en el que caben veinticinco años que no se pueden recuperar y los que quedan por delante.
La máquina de café sigue zumbando. Por la ventana, el sol se mueve despacio sobre el suelo. En alguna parte de este edificio, una mujer con una carpeta bajo el brazo dice por teléfono, con voz serena: Sí, la tenemos. Está bien. Está aquí.
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