Capítulo 28
Las luces azules aparecen entre los pinos como si las hubiera traído el viento.
Dos coches de la Guardia Civil, una furgoneta sin distintivos, una ambulancia con el motor al ralentí.
Detrás, a pie, abriéndose paso entre los uniformes con una linterna en la mano y la chaqueta de cuero oscuro desabrochada, la inspectora Ríos.
No sé quién la ha avisado. Después sabré que fue Mercedes, que no pudo dormir; que a las dos de la madrugada bajó otra vez a la cámara acorazada del archivo, abrió la caja sellada, leyó el sobre de estraza hasta el final y llamó a un número que le había dado una policía amable al despedirse.
Después sabré que Fátima, desde el hospital, había dejado un mensaje de voz muy breve con una sola palabra: Pontón .
Ahora lo único que sé es que estoy tumbada boca arriba en unas tablas viejas, empapada, con una caja verde sobre el estómago, mirando un cielo que empieza a descomponerse por el este en una franja de color ceniza.
—Señora Aldama —dice Ríos, de rodillas a mi lado, sin aliento—. ¿Está herida?
—No.
—¿Esto es lo que buscaban?
Asiento. Con las dos manos, que no dejan de temblar, le tiendo la caja.
Ella no la toma. Se saca de un bolsillo un par de guantes de látex, se los pone con una parsimonia casi ceremonial, y solo entonces la recoge.
La sostiene un momento a contraluz de la linterna.
Luego la mete en una bolsa de plástico transparente, la cierra, la etiqueta con un rotulador.
Escribe la hora. Escribe el lugar. Me pide que firme.
Firmo. Marta Aldama. Con mi letra.
* * *
Ignacio no se resiste. Eso es lo más extraño. Cuando los guardias se acercan a él, se ha sentado de nuevo en la silla de camping, con la manta de cuadros sobre las rodillas y el bastón cruzado sobre los muslos, con el gesto de un caballero que espera su turno en una notaría.
—Soy notario —dice con voz ronca, pausada, cuando uno de los agentes le pide el documento de identidad—. Esto es un abuso. Mañana tendrán noticias de mi abogado.
Nadie le contesta.
Por primera vez veo cómo lo miran. Es una mirada distinta a la que le dedicaban los ministros de las fotos de su salón: no hay respeto, ni siquiera hostilidad. Es la mirada con la que se contempla un edificio viejo que va a ser derribado.
Álex está a su lado, en pie. No lo ha tocado.
No ha dicho nada más. Solo lo mira, con esos ojos grises verdosos que son una copia exacta de los del anciano, y yo veo cómo, poco a poco, algo se le suelta en el rostro.
No es rabia. Es algo más antiguo y más limpio: la compasión de quien, por fin, ha dejado de necesitar que otro lo reconozca.
* * *
Gonzalo se ha quedado de pie junto a las tablas, empapado, con el abrigo chorreando y las manos colgando a los lados. Tiene los labios morados. Nadie se ha acercado a él todavía.
Cuando Ríos se vuelve y camina hacia él, levanta la cabeza.
—Inspectora —dice—. Quiero declarar.
—Señor Beltrán, tendrá usted derecho a un abogado…
—Soy abogado. —Una sonrisa descolorida, casi graciosa—. Conozco mis derechos. Y aun así quiero declarar.
Ríos duda. Mira al agente que tiene al lado. Después asiente, muy despacio.
—Lo escucho.
Gonzalo respira hondo. Cuando habla, lo hace con la misma voz serena con la que ha defendido herencias, fusiones, litigios: una voz que enumera, que deja el temblor para después.
—El catorce de agosto de dos mil uno, a las siete menos diez de la tarde, en el embarcadero del embalse de Pontón Alto, agarré a una menor de diecisiete años por la muñeca y la empujé.
Creía que era Marta Aldama. Era su hermana Inés.
Cayó al agua, no sabía nadar, y yo no hice nada para evitar que se ahogara.
Después ayudé a ocultar las circunstancias de su muerte. Después me casé con la otra.
Un silencio de aire frío.
—Durante veinticinco años he vivido bajo una identidad falsa que yo mismo contribuí a imponer.
Y esta semana he intentado impedir que se descubriera, con una declaración jurada falsa, una denuncia por desaparición y un ingreso psiquiátrico que sabía injustificado.
—Hace una pausa—. Todo lo que ha dicho esta mujer es cierto. Quiero que conste.
Ríos no dice nada. Un agente a su lado, un hombre joven, se ha quedado con el bolígrafo en el aire.
Gonzalo baja la cabeza. Con la mano derecha, que le tiembla un poco, se desabrocha el reloj.
Es el Seiko de acero con la esfera azul y el cristal rayado en diagonal, el que ha llevado desde 1999.
Lo contempla un momento, a la luz azul de las sirenas.
Lo da vuelta. Pasa el pulgar por el cristal, una vez, dos veces, tres.
Se acerca a mí. Se arrodilla en el barro, con una rodilla en el suelo. Me lo tiende.
—Hacía esto cada vez que mentía. Tú lo sabías.
—Lo sabía.
—No quiero volver a tocarlo.
No lo cojo. Tampoco lo rechazo. Lo dejo en su mano abierta, entre los dos, mientras amanece.
—Quédatelo —digo—. Para el tiempo que te quede.
Asiente. Se lo guarda en el bolsillo. Los agentes se acercan, sin brusquedad, y le cogen cada uno de un brazo. Antes de que se lo lleven, se vuelve una última vez.
—Marta.
—¿Qué?
—Tienes una voz preciosa. —Sonríe, sin amargura—. Siempre lo pensé. Nunca me atreví a decírtelo.
* * *
La Comandancia de la Guardia Civil de Segovia es un edificio de ladrillo, con un patio de grava y un laboratorio en el sótano.
Llegamos a las siete y diez de la mañana.
Me han dado una manta, un termo de té, unas zapatillas secas que me quedan grandes.
Álex no me ha soltado la mano en todo el camino.
El técnico, un hombre menudo de bata azul, con gafas de aumento y manos de relojero, abre la caja verde en una sala sin ventanas, sobre una mesa de acero cubierta con papel absorbente.
Dentro de la caja, atrapado en una bolsa de neopreno que se ha mantenido casi intacta, hay un pequeño rectángulo gris con botones: una grabadora de mini-casete, del modelo que se vendía en las tiendas de fotografía a finales de los noventa.
—Es un milagro —murmura el técnico—. La funda estaba cerrada al vacío.
Si el casete no se ha hinchado… —No termina la frase.
Con unas pinzas finísimas extrae la cinta, la sostiene a la luz de una lámpara, la estudia como se estudia un ojo—.
Hay una posibilidad. Una sola. Hay que secarla muy despacio, treinta minutos, y reproducirla en un equipo que no la fuerce.
Si se rompe, no hay segunda oportunidad.
Ríos, de pie junto a la puerta, me mira. Yo miro a Álex. Álex asiente.
Esperamos. Treinta minutos que duran, como todo lo importante, mucho más que treinta minutos. Mercedes ha llegado desde el archivo y se ha sentado a mi otro lado, con un abrigo sobre los hombros y los ojos muy rojos. Nadie dice nada.
Cuando el técnico por fin introduce el casete en un reproductor de aspecto antiguo y baja el volumen casi a cero, siento cómo se me cierra la garganta. Pulsa la tecla. Un chasquido. Un siseo largo, de ruido blanco, que parece el sonido de una tormenta a mucha distancia.
Y después, tan nítida que parece que alguien acabara de entrar en la habitación, una voz.
—Probando. Probando. Catorce de agosto. Son las seis y cuarenta de la tarde. Estoy en el embarcadero. Me llamo Marta Aldama Ferrer.
Es mi voz. Es exactamente mi voz de diecisiete años: un poco más aguda de lo que la tengo ahora, con el acento de Segovia de entonces y esa vibración levísima en las eses que a mí siempre me ha dado vergüenza.
Pero no soy yo.
Lo sé con una certeza de huesos, de piel, de sangre. Quien habla en esa cinta es mi hermana, que se está pasando por mí, con el bañador amarillo puesto, con mi pelo, con mi nombre, y que dice me llamo Marta para que alguien, algún día, pueda escucharla decir la verdad.
Álex me aprieta la mano. Mercedes se tapa la boca. Ríos baja la cabeza.
—Si alguien escucha esto —continúa la voz, y se le quiebra, una sola vez, en mitad de la frase—, que sepa que mi hermana se llama Inés. Que me estoy llevando su vida y que ella se queda con la mía, por un rato. Solo un rato.
Un chasquido. Un ruido de pasos sobre madera.
—Aquí viene.
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