La otra mitad Capítulo 27
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Capítulo 27

Dejamos el coche entre los pinos, a trescientos metros de la orilla. Álex apaga el motor y durante unos segundos los dos escuchamos lo mismo: el tictac del metal que se enfría, el viento en las ramas, y a lo lejos, muy tenue, el zumbido de un generador.

Bajamos. Caminamos por un sendero de agujas de pino y raíces. Cuando los árboles se acaban, el mundo se abre.

No reconozco el embalse. El que yo conocí era una lámina de agua verde que llegaba hasta las rocas, con un bosque a cada lado y un cielo reflejado.

Esto es un desierto: una llanura interminable de barro agrietado, blanca de sal, con pozas oscuras aquí y allá como charcos de petróleo.

Unos tocones negros, que no he visto nunca porque siempre estuvieron sumergidos, asoman del suelo como dedos de una mano enterrada.

Más allá, a un kilómetro, brilla todavía una franja plateada: lo que queda del agua.

Y en el centro, sobre un islote de lodo duro, las ruinas del viejo embarcadero.

Tablas negras, medio podridas, pilotes inclinados.

El tramo final, justo donde ocurrió todo, asoma ahora sobre una poza redonda y profunda, de unos treinta metros de diámetro.

El único trozo del lago que se ha negado a secarse.

Alrededor de la poza hay dos focos de obra sobre trípodes, un generador que traquetea, una furgoneta con las puertas abiertas y una barca neumática a medio inflar.

Un hombre con traje de neopreno acaba de salir del agua y camina chorreando hacia la orilla, quitándose la máscara.

A su lado, apoyado en un bastón, sentado en una silla plegable de camping bajo una manta de cuadros, está don Ignacio Beltrán.

A unos pasos, de pie, con una linterna encendida y las manos hundidas en los bolsillos de un abrigo oscuro, Gonzalo.

Nos acercamos con cuidado, hundiendo los pies en el barro. A treinta metros, el buceador levanta algo por encima de la cabeza. Una cajita verde, rectangular, de plástico, goteando.

—¡Aquí! ¡La tengo!

Gonzalo da dos pasos. Ignacio se inclina en la silla.

—No lo toque —digo.

No grito. Es el tono de consulta, ese que mi garganta ha aprendido a fabricar. Y sin embargo la frase cruza el barro como un cable tenso.

Los cuatro se vuelven.

*   *   *

Ignacio es el primero en recuperarse. Sonríe. Es una sonrisa de abuelo, cálida y ceremoniosa.

—Marta —dice, con una voz que ya no necesita pronunciar Inés —. Qué alegría verte. Aunque sea tarde.

Álex ha dado un paso a mi lado. Noto su respiración rápida.

—Don Ignacio. —Avanzo hasta el borde de la luz—. Hace veinticinco años me quitó un hijo. Y una hermana. Y un nombre. Hoy venimos a pedirle que no me quite también la verdad.

—Querida, estás enferma. —Mueve la cabeza con una pena casi sincera—. Gonzalo me ha contado todo. Lo de la identidad, las ideas… Lo mejor es que descanses. Mañana hablaremos con el doctor Campos.

—Usted se aprovechó de una niña de quince años.

Lo digo despacio, sin acusar, como quien lee un parte médico.

—La dejó embarazada y compró a su hijo con papeles de notario. Hizo firmar a mis padres bajo amenaza. Y cuando mi hermana fue a pedirle cuentas, ordenó a su sobrino que le quitase la grabadora y la dejó ahogarse en esa poza.

Ignacio no pestañea.

—A tu hermana la mató su propia terquedad.

Se oye un ruido a mi lado: es Álex, que ha soltado una exhalación entrecortada.

—Yo soy tu hijo —dice.

Ignacio gira la cabeza. Sus ojos de agua se posan en el rostro del joven y se quedan allí, un segundo largo, estudiándolo con la frialdad de quien examina un documento falsificado. Algo se mueve detrás de aquella mirada: una chispa, quizá de reconocimiento, quizá de asco.

—Yo no tengo hijos —dice.

La frase se queda flotando en el aire como un insecto.

El buceador, un hombre de unos treinta años de cara asustada, retrocede un paso. Todavía sostiene la caja verde entre las manos mojadas.

—Perdone, señor —murmura—. Yo solo estaba buscando lo que me dijeron. No sé nada de esto.

—Dame eso, Rubén —ordena Ignacio.

Gonzalo se adelanta. Coge la caja de las manos temblorosas del buceador, la sostiene un segundo ante la luz del foco.

Es un recipiente de plástico verde, de los de pesca, con cierre de rosca.

Se ve el relieve de algo oscuro y rectangular en su interior.

Después, sin mirar a nadie, se la ofrece a su tío.

Ignacio la toma con las dos manos. Se la acerca a los ojos. Sonríe.

—Veinticinco años —murmura—. Y aquí estás, pequeñita.

Se levanta de la silla con un esfuerzo que le cuesta toda la fuerza que tiene. Con el bastón apoyado en el barro, avanza hacia el borde de la poza. Es un anciano. Es un monstruo. Es un anciano que se sabe vencido y que, por eso mismo, está más decidido que nunca.

Comprendo lo que va a hacer medio segundo antes de que lo haga.

Gira el brazo, con una fuerza que no es de sus ochenta y un años, y lanza la caja hacia el centro de la poza.

La veo describir un arco bajo el foco, un destello verde sobre la luz, y caer en el agua negra con un chapuzón limpio, sin gritos, cortés. Los círculos se extienden. Después, nada.

—Ya está —dice Ignacio, volviéndose, con una sonrisa casi fatigada—. Ya no hay nada que buscar.

*   *   *

He pasado veinticinco años sin acercarme a una piscina.

Me he lavado las manos con el grifo a medias.

He evitado puentes, he rehusado viajes en barco, me he inventado alergias al cloro y al salitre.

He cerrado el agua en la bañera antes de que llegara al borde, cada noche, durante dos décadas y media, con una minuciosidad de enferma.

Sé exactamente lo que hay en el fondo de esa poza. Hay una niña que murió. Hay una caja verde. Y hay veinte segundos que no he conseguido borrar.

No pienso en nada. Es lo único que consigo. Me quito el abrigo y lo dejo caer. Me arranco las zapatillas con los talones. Siento cómo Álex me agarra el brazo y grita algo, mi nombre, el verdadero, el que acaba de estrenar. Me suelto.

Corro por el barro, hacia las tablas del embarcadero. Gonzalo grita. Ignacio grita. Todo es un aullido lejano, un fondo de ruido, mientras el suelo se vuelve duro bajo mis pies y luego se acaba.

Salto.

El agua me envuelve como una puerta que se cierra.

Está helada. Es oscura, viscosa, con un olor a hierro y a algas muertas.

Abro los ojos y no veo nada, solo los dos focos temblando muy arriba, como dos lunas rotas.

Pateo hacia abajo. Siento la presión en los tímpanos.

La mano que he extendido toca barro blando, un fondo que me recibe con una blandura de útero.

Cuento.

Uno. Dos. Tres.

Tanteo con los dedos. Hojas podridas. Una piedra. La rama de un árbol sumergido, que me araña la muñeca.

Siete. Ocho.

Me duelen los pulmones. En alguna parte, muy lejos, una voz de niña, que no es una voz de verdad, me dice al oído una frase corta y precisa: Sí que sabes nadar.

Diez. Once.

Mi mano derecha roza algo liso. Un ángulo recto. Una tapa de plástico.

Trece.

Lo agarro con las dos manos. Lo aprieto contra el pecho. Con las piernas doy un impulso que parece de otro cuerpo, más joven, más fuerte, y subo, subo, entre un vértigo de burbujas y una presión que me parte las sienes.

Diecisiete. Dieciocho.

Cuando mi cabeza rompe la superficie, el aire me golpea la cara como una bofetada. Toso. Boqueo. Veo luces, manchas, estrellas rojas. Y manos: unas manos grandes, empapadas, que me agarran por debajo de los brazos y tiran de mí hacia las tablas.

No es Álex.

Es Gonzalo.

Se ha metido en el agua hasta el pecho, con el abrigo puesto, con la cara descompuesta de un hombre que no sabe nadar y que, sin embargo, ha entrado. Me sostiene contra su cuerpo. Está temblando.

—Marta —dice, una y otra vez—. Marta. Marta.

Lo pronuncia como una oración. Lo pronuncia como si hubiera esperado veinticinco años para poder hacerlo.

Me saca a las tablas. Me tumbo boca arriba, con el agua saliéndome por la nariz, la caja verde apretada contra el vientre.

A diez metros, Álex ha cruzado el barro corriendo y se arrodilla a mi lado, con los ojos desorbitados.

El buceador, mudo, se ha sentado en el suelo con la cabeza entre las manos.

Ignacio está de pie, con su bastón. Mira la caja. Mira a Gonzalo. Y por primera vez desde que lo conozco, el notario no sabe qué decir.

—Gonzalo —dice, en un tono bajo, casi suplicante—. Quítasela.

Gonzalo se incorpora, goteando, con el pelo pegado al cráneo. Alarga una mano hacia mí. Hacia la caja. Mi corazón, que ya no creía poder latir más fuerte, se detiene.

Su mano se queda suspendida en el aire.

Después, despacio, la baja.

—No —dice.

—¿Qué has dicho?

—No, tío. —Se vuelve hacia Ignacio, y en su cara hay una calma terrible, de una especie de vejez súbita—. Ya basta.

A lo lejos, entre los pinos, empieza a oírse una sirena.

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