La otra mitad Capítulo 26
84%

Capítulo 26

Me visto en la oscuridad, con las manos torpes, sin hacer preguntas. Mi ropa huele a tren y a humo de calefacción. Fátima, de pie junto a la puerta, vigila el pasillo por la rendija con una tensión que le tiene los hombros pegados a las orejas.

—Soy sobrina de Nuria —susurra, sin volver la cabeza—.

La de la residencia. Ayer me llamó llorando.

Dijo que un chico había perdido a su madre y que su madre aparecía de repente, en el mismo hospital donde yo trabajo.

—Traga saliva—. No entendí nada. Pero esta tarde he visto la orden que dejó el doctor Campos.

—¿Qué orden?

—Una inyección a las cuatro de la mañana. Haloperidol y lorazepam, en dosis de choque. «Por agitación psicomotriz». —Se le escapa un sollozo pequeño—. Usted no está agitada. Yo he estado con usted toda la tarde. Nunca había visto una orden así.

Hay momentos en que la ira es tan fría que se parece a la calma. Me ato los cordones de las zapatillas, que me han devuelto en una bolsa, con un doble nudo.

—Gracias, Fátima.

—No me dé las gracias. —Me coge la muñeca—. Salgamos antes de que me arrepienta.

*   *   *

El pasillo está a oscuras, con una franja de luz fluorescente al fondo donde se sienta Gloria, la enfermera de noche, ante un televisor que murmura una película antigua. Pasamos por el lado contrario, pegadas a la pared. Cuando la mujer levanta la cabeza, Fátima dice con voz tranquila:

—Voy a hacer ronda con la doce.

Gloria asiente sin mirar y vuelve a la pantalla. Es lo más sencillo que he visto en mi vida. Y comprendo por qué: nadie vigila una puerta que lleva años cerrada.

Fátima pasa su tarjeta por un lector, teclea un código en un panel y la puerta de servicio se abre con un chasquido.

Detrás hay un cuartito de lencería, estanterías de sábanas blancas dobladas y un carro con una bolsa de ropa sucia.

Entramos. Ella cierra. Con una mano me señala una escalera de emergencia, estrecha y metálica, que baja hacia el sótano.

Bajamos de puntillas. La barandilla está fría. En el segundo rellano, desde arriba, nos llega una voz: el timbre grave, medido, de un hombre que habla con precisión.

—…la trescientos cuatro. Quiero la jeringa ya preparada.

—Doctor, aún faltan dos horas.

—No va a haber dos horas.

Campos.

Fátima me agarra del brazo y tira de mí hacia abajo.

Bajamos de dos en dos, de tres en tres, con los pies resonando por el hueco de la escalera.

Arriba, una puerta se abre de golpe. Se oyen pasos rápidos, una voz que grita un nombre — Fátima, ¿dónde está la paciente?

— y el chirrido de una alarma que empieza a sonar muy lejos, como el llanto de un animal.

—¡Corra! —me dice.

Corro.

*   *   *

El sótano del hospital huele a gasoil y a cartón mojado.

Cruzamos un pasillo ancho de baldosas, esquivando carros de comida y bombonas de oxígeno, hasta una puerta metálica doble que da a la rampa de ambulancias.

Fátima empuja la barra. La noche entra de golpe, helada y fresca, con un aire que no había respirado en veinte horas.

Hay un hombre apoyado en el capó de un coche gris.

Se me para el pulso. No hace falta que se vuelva para que lo reconozca por la silueta: el abrigo oscuro, los hombros anchos, el reloj en la muñeca. Álvaro Sanz da una última calada a un cigarrillo, lo tira al suelo, lo aplasta con la suela y me mira.

Fátima se pone delante de mí.

—Apártese —dice con un hilo de voz.

—Tranquila, muchacha. —Álvaro levanta las manos, con las palmas abiertas—. No vengo a hacer nada.

La alarma sigue aullando arriba. Dentro del edificio se oyen pasos que bajan.

—Me pidieron que vigilara esta puerta —continúa—. Dijeron que no dejara salir a nadie. —Mira a Fátima, luego a mí—. Mi hija se llama Lucía. Tiene siete años y esta mañana me ha preguntado qué hace un hombre cuando le piden que ayude a hacer daño a una mujer.

—¿Y qué le respondió? —pregunto.

—Que a veces no se entera hasta que es tarde. —Esboza una sonrisa fea, de hombre que se despide de sí mismo—. Y que quien se entera a tiempo tiene que hacer una sola cosa.

Se aparta del coche. Abre la puerta trasera. Y no sé cómo, no sé por qué, en vez de agarrarme, saca del bolsillo un sobre arrugado y me lo tiende.

—Esta noche el notario y su sobrino han ido al embalse.

Con un buzo y un detector de metales. —Su voz es baja, rápida—.

Lleva semanas con sequía, el pantano está al treinta por ciento.

Las tablas del viejo embarcadero han quedado al aire.

Buscan algo que cayó al agua en dos mil uno.

Algo que, si aparece, nadie quiere que aparezca.

La grabadora.

Se me enfría el pecho.

—¿Cuánto tiempo tienen?

—Hasta el amanecer. Pero si van a llevarse algo, será esta noche. —Hace una pausa—. Yo no he visto nada. Ustedes tampoco han visto a nadie.

Se da la vuelta. Sube a su coche. Arranca. Los faros barren la rampa y desaparecen por la salida.

En el mismo instante, desde la oscuridad de la calle, un motor tose y se enciende. Unos faros amarillos, redondos y viejos, se detienen frente a nosotras. Un Seat Ibiza de los noventa, con una pegatina de Alcalá en el cristal trasero.

Álex baja la ventanilla.

—Marta —dice, y es la primera vez que me llama así delante de otra persona—. Sube.

*   *   *

Antes de entrar en el coche me giro hacia Fátima. Tiene el pelo rizado alborotado, los ojos muy abiertos, la tarjeta del hospital colgando del cuello. Detrás, en el edificio, las ventanas se iluminan una a una.

—Me van a despedir —dice, con una risa temblorosa.

—Si te despiden, te daré trabajo en la mejor clínica de Madrid —respondo, y me sorprendo de lo firme que me sale—. Cuando tenga una.

Me abraza con fuerza. Huele a jabón de farmacia y a miedo.

Subo al coche. Álex arranca antes de que cierre la puerta. Tomamos la salida de urgencias a cuarenta por hora, para no llamar la atención, y a doscientos metros, cuando perdemos de vista las luces del hospital, pisa el acelerador con las dos manos pegadas al volante.

*   *   *

Conducimos sin hablar durante los primeros diez minutos. Álex mira la carretera con una concentración feroz. Yo, a su lado, miro cómo cambian los kilómetros en el cuentakilómetros y busco la manera de explicar lo que no se explica.

—Había una grabadora —digo por fin—. Mi hermana la llevaba escondida bajo la toalla. Era de mi padre, de las pequeñas, de casete. Estaba grabando a Ignacio. Cuando la toalla salió volando, no se la vio caer. Nunca se encontró. Tenía que haberla encontrado alguien… o seguía en el agua.

—Veinticinco años —murmura Álex.

—Dentro de una funda de plástico. De las que usaba mi padre para pescar. Estanca. —Me llevo las manos a la cara—. Si el casete se ha conservado, si el agua no lo ha estropeado… Es la voz de mi hermana diciendo la verdad. Es la única prueba que nunca ha existido.

Álex asiente. Aprieta aún más el volante.

—Por eso tienen tanta prisa.

La carretera se estrecha. Los pinos se cierran a ambos lados como dos paredes oscuras. El cielo, sobre la sierra, es de un azul cada vez más negro, sin una sola estrella. Calculo mentalmente la hora. Las dos y cincuenta. Falta una para el amanecer.

Tomamos el desvío de Pontón Alto. Álex apaga los faros y avanza despacio, guiándose por el reflejo de la luna en la tierra.

A lo lejos, entre los troncos, se adivina el brillo plano del agua.

O de lo que queda de ella: una lengua gris y rota, muy lejos de la orilla de hace veinticinco años, con la costra seca de la sequía formando un anillo blanco alrededor.

Y más allá, en el centro mismo de esa lámina de barro, flotando en el aire como una pareja de ojos ciegos, dos focos de luz que giran despacio.

Volver al índice