Capítulo 25
Antes de salir del archivo le entrego a Mercedes lo único que me queda: el sobre de estraza, el cuaderno de tapas azules, el calco que Álex me devuelve de su bolsillo.
Ella los guarda en una caja de archivo, los sella con cinta, firma sobre la cinta con su nombre completo y los guarda en la cámara acorazada del sótano.
—Ahí no entra nadie sin que yo lo sepa —dice—. Ni un notario, ni un ministro. Es el único sitio de Segovia que no pertenece a nadie.
La inspectora Ríos asiste a la escena sin intervenir. Cuando salimos al patio, se acerca a mí y baja la voz.
—No tiene por qué venir. Podría negarse. Pero con ese informe delante, si se niega, el fiscal pedirá una orden y será peor. Ingrese voluntariamente. Ponga su nombre en un papel. Yo me aseguraré de que el juzgado lo sepa en menos de veinticuatro horas.
La miro. Es una mujer cansada, de ojos grises, con un anillo de casada y una cicatriz pálida en el labio. No sé si es amiga o enemiga. Después de veinticinco años de no saber distinguirlos, he aprendido a decidir por intuición.
—Voy —digo.
* * *
El Hospital General de Segovia huele a lejía y a sopa.
Me instalan en la Unidad de Psiquiatría, un ala de la tercera planta cerrada con una puerta doble y una cerradura de código.
Habitación individual, cama de barandillas, ventana con rejilla.
Me quitan el reloj, el cinturón, los cordones.
Me entregan un camisón de papel azul y un vaso de agua en un vasito de cartón.
En mi vida he cruzado muchas veces esa puerta por el lado de los que tienen llave. Ahora estoy dentro. Y no sé cuánto tardaré en salir.
A las cuatro de la tarde me visita un hombre de cincuenta y pocos años, de pelo gris peinado con raya y gafas de pasta, con bata blanca y un bolígrafo de plata, el gemelo del que sostuve anoche sobre la línea punteada de una firma. Se presenta con una sonrisa blanda.
—Rafael Campos. Soy el psiquiatra que lleva su caso.
—Mi caso lo lleva el médico de guardia —digo.
—Hoy me han pedido que lo revise yo. A petición de la familia.
La palabra familia cae como una losa.
Campos se sienta en una silla de plástico y abre una carpeta. Escribe. Pregunta con una voz cálida, monótona, de hombre que ha hecho la misma entrevista cientos de veces. ¿Cómo se llama? ¿Cuántos años tiene? ¿En qué año estamos? ¿Sabe dónde está?
—Me llamo Marta Aldama Ferrer —respondo—. Tengo cuarenta y dos años. Estamos a trece de noviembre de dos mil veintiséis. Estoy en el Hospital General de Segovia, en la planta de Psiquiatría, por una orden que firmó usted, doctor Campos, sin haberme visto nunca.
Se detiene.
—Señora Aldama —dice con delicadeza—. Usted se llama Inés.
—Me llamaba Inés. Era mi hermana. Murió el catorce de agosto de dos mil uno.
Campos anota. Veo, desde la cama, la caligrafía alargada, el garabato que dibuja una palabra.
Delirio de identidad. Sé exactamente lo que está pensando, porque lo he pensado yo ante otros: que la mente a veces se refugia en un nombre ajeno para sobrevivir a una pérdida demasiado grande; que el paciente no miente, simplemente no sabe quién es.
Lo que no sabe él es que yo conozco el protocolo mejor que él.
—Doctor —digo, sin elevar la voz—. Quiero que conste en el historial que solicito, conforme al artículo 763 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, que se dé cuenta inmediata al juzgado de mi ingreso, y que se me asigne un abogado de oficio.
Quiero hablar con el médico de guardia. Y exijo que mis cuadernos de notas, que están guardados en mi consultorio, no sean tocados por nadie de mi familia.
Campos levanta la vista. Tarda un segundo en responder.
—Es usted una paciente muy… articulada.
—Soy psicóloga clínica —digo—. Llevo veinte años diagnosticando con otro nombre.
Cierra la carpeta. Su sonrisa no se mueve.
—Descanse. Vendrá la enfermera con la medicación.
* * *
La tarde pasa. Entre las rejillas de la ventana veo un patio con un banco y un árbol sin hojas.
Una enfermera joven de pelo rizado, con un pin en la bata que dice Fátima , me trae una bandeja con puré de verduras, un yogur, un vaso de leche.
No me da pastillas. Me sonríe con una especie de timidez ansiosa y se va sin decir nada.
A las ocho de la noche, cuando la luz del pasillo se vuelve amarilla, la puerta se abre otra vez.
Es Gonzalo.
Viene sin la americana. Lleva la camisa blanca remangada, la corbata en el bolsillo, y en la mano una bolsa de papel con el logotipo de la pastelería favorita de mi madre. Se sienta a los pies de la cama, con cuidado, como quien teme romper algo.
—Te he traído napolitanas —dice.
—No tengo hambre.
—Ya lo sé.
Deja la bolsa sobre la mesilla. Durante un rato largo no hablamos. A través de la ventana se cuela el sonido de un coche que aparca y de una puerta que se cierra. Está más viejo que ayer. Veinticinco años le caen encima de golpe, en los párpados, en las comisuras, en el cuello.
—Tenías razón —dice por fin—. Soy un cobarde.
No contesto. Dejo que el silencio haga lo que hace siempre: abrir un espacio en el que alguien termina diciendo la verdad por puro cansancio.
—Yo la quería —empieza, con la mirada fija en sus manos—.
A ella. A Inés. No a ti, perdóname, no es que no me gustaras: eras tan vivaz, tan…
tú. Pero ella era la que me escuchaba. Con diecinueve años, en una casa llena de gente que hablaba sin parar, me bastó que una chica de diecisiete me mirase como si lo que yo decía importara.
—Se frota la cara—. Ignacio me dijo que la vigilara.
Que hablaba demasiado con las criadas. Que ya sabía cosas.
Y yo, imbécil, creí que me pedía que la protegiera.
—Gonzalo.
—Déjame terminar. —Su voz se quiebra por primera vez—. Cuando vi a Marta, a la que creí Marta, con el bañador amarillo, mirando a mi tío con esos ojos de loca, pensé que había que quitarle la grabadora. Solo la grabadora. Y la agarré demasiado fuerte. Y los pies le resbalaron.
No lo miro. Miro la rejilla de la ventana.
—Salté detrás de ella. No sé nadar, Marta. Lo sabes. Nunca he sabido. Me hundí como un ladrillo y tuvieron que sacarme a mí. —Se ríe, una risa seca, descompuesta—. Veinticinco años casado con una mujer que me recuerda lo que hice. Con la persona que no pude salvar. Y que no era ella.
El nombre de mi hermana se queda flotando entre los dos como el humo de una vela.
—Eso es lo que he querido siempre —dice—. Quedarme con Inés. Aunque fuera la tuya.
Se me revuelve el estómago.
—Me casé contigo porque no quería soltarla —le digo, despacio, descubriéndolo mientras lo digo—. Y tú, en cambio, te casaste con ella.
—Sí.
—Cada día, durante veintidós años, me has llamado Inés. Me has comprado vestidos de Inés. Me has hecho cambiar de carrera, de letra, de nombre. Me has regalado un reloj de pared con un micrófono para que no pudiera hablar de la otra ni a solas.
—Para que no te destruyeras —dice, y suena a súplica—. Sabía que algún día te acordarías. Era la única forma de cuidarte.
Debería gritar. Debería escupirle. Hay un instante en que lo deseo con tanta fuerza que me tiemblan las rodillas. Pero lo que sale de mi boca es otra cosa, una voz clara y neutra, la de la mujer que aprendió a escuchar.
—Me has tenido presa.
—No. —Baja la cabeza—. Te he tenido a salvo.
Se levanta. Se queda de pie junto a la cama, con las manos colgando, y por un momento parece que va a tocarme el pelo. No lo hace.
—Firma lo que te pida mi tío —dice—. Di que eres Inés. Que siempre lo fuiste. Álex recibirá una compensación; Ignacio ya ha ofrecido una suma que cambiaría su vida. Nadie sufre. Nadie va a la cárcel. Todo vuelve a su sitio.
—Yo ya no soy Inés.
Gonzalo me mira durante un largo rato, con los ojos enrojecidos, el rostro desnudo de todo artificio. Asiente despacio.
—Entonces no me quedan opciones.
Sale. La puerta se cierra con un clic limpio, de cosa bien hecha.
* * *
Después de las doce, el pasillo queda a oscuras. Oigo carros lejanos, una radio apagada, el golpeteo de un grifo en alguna habitación. No duermo. Estoy sentada en la cama, con las rodillas contra el pecho y los ojos clavados en el cuadrado de luz de la mirilla de la puerta.
A la una y diez, la mirilla se oscurece. La puerta se abre un palmo, sin ruido.
Es Fátima, la enfermera de pelo rizado. Lleva una linterna pequeña apuntando al suelo y, en la otra mano, una bolsa de plástico con mi ropa.
—Doña Marta —susurra—. Vengo de parte de un chico que se llama Álex. Dice que usted lo entenderá. —Traga saliva—. Tiene que vestirse. Hay diez minutos antes de que cambie el turno.
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