La otra mitad Capítulo 24
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Capítulo 24

Gonzalo se va. No es una huida: es una retirada administrativa, pausada, con una inclinación de cabeza hacia Mercedes y una frase dicha desde la puerta: «Hoy mismo estará usted en un juzgado, señora». Después cierra con suavidad, como se cierra una puerta que se piensa volver a abrir.

Mercedes, que lleva un rato en pie con una mano en el pecho, pulsa una tecla del teléfono interior.

—Hay un problema en la sala de lectura —dice con voz firme—. Necesito a la Policía Nacional. Y que alguien suba con agua.

Cuando cuelga, me mira. Es una mirada larga, húmeda, de mujer que ha visto cosas en los libros y que no esperaba verlas encarnadas.

—Doña Marta —dice, y yo siento que algo se desprende en mi pecho al oír el nombre en otra boca—. Si quiere hablar, aquí hay un despacho. Nadie la molestará hasta que lleguen.

*   *   *

El despacho de Mercedes es una habitación pequeña con una estufa de gas, una mesa llena de cajas de archivo y una ventana que da a un patio de losas. Nos sentamos los tres: yo en la silla del fondo, Álex a mi lado, Mercedes enfrente, con un cuaderno abierto que no escribe.

Álex no me ha tocado. Ha estado a punto cuatro veces. Me mira como se mira algo que se teme que pueda deshacerse si se apoya el peso.

—Quiero contarlo desde el principio —digo.

—Cuando quieras.

Tengo las manos sobre las rodillas. Llevo veinticinco años sin pronunciar esta historia y no sé por dónde se empieza. Empiezo por lo que cuento siempre: por los números.

*   *   *

Era el catorce de agosto de dos mil uno, un martes. A las seis y cuarto de la tarde mi hermana se puso mi bañador amarillo delante del espejo del armario. Se recogió el pelo con una goma, como yo lo llevaba, y se apretó la mandíbula, ese gesto que nos hacía idénticas, y me preguntó cómo la veía.

—Igual que yo —le dije.

—Pues entonces va a salir bien.

Llevaba la grabadora de mini-casete de papá envuelta en la toalla de rayas.

Me dio un beso en la mejilla. Dijo: «Vuelvo en media hora».

Y bajó las escaleras de la Judería con mis chanclas, las azules, y yo me quedé en nuestra habitación con su libro de anatomía abierto sobre las rodillas, haciendo de Inés.

Duró once minutos.

A las seis y veintiocho me levanté. No pude más.

Me puse sus zapatillas y su camisa blanca, cogí la toalla amarilla y salí corriendo por el camino de tierra que baja al embalse, contando los pasos como hacía de niña cuando tenía miedo.

Cuatrocientos doce hasta la curva del pinar.

Ciento ochenta más hasta el embarcadero.

Al llegar a la curva me detuve.

Desde allí se veía todo.

El embalse, liso como una chapa de zinc.

El sol bajo, naranja. Y en el extremo de las tablas, de espaldas a mí, tres figuras: un hombre mayor, de traje claro, apoyado en un bastón; un chico joven con una camisa blanca remangada; y entre los dos, con mi bañador y mi pelo recogido, una chica que le hablaba al viejo con una voz firme que yo no tenía.

—Lo sé todo, don Ignacio —decía mi hermana—. Sé lo del niño. Sé lo que firmó mamá. Y si no lo devuelve, mañana iré a ver al comisario.

—Marta, hija. —Ignacio se rio con suavidad, como se ríe un adulto ante un chiste infantil—. No sabes lo que dices.

—Sé lo que digo.

Él hizo un gesto. Pequeñísimo. Una inclinación de dos dedos, la que se hace en una subasta.

Gonzalo la agarró de la muñeca.

—La grabadora —dijo. Alguien le había visto el bulto bajo la toalla—. Dame la grabadora.

Hubo un forcejeo. Tres, cuatro segundos de gente que se agarra y se empuja sobre unas tablas mojadas. Después un sonido seco, de plástico contra madera. La toalla rayada, volando. Y mi hermana, a un paso del borde, con un pie en el aire.

Cayó de espaldas, sin gritar.

El agua se cerró sobre ella con un chasquido pequeño y casi cortés.

Todo eso lo vi yo, desde la curva, con las dos manos en la boca.

—Es una nutria —oí que decía Ignacio—. Que se enfríe la cabeza.

Pasaron cinco segundos. En la superficie hubo un temblor, un brazo que salió y se hundió, una burbuja. Diez. La cabeza de mi hermana asomó, torcida, con la boca abierta, tratando de coger aire, y volvió a desaparecer.

—No sale —dijo Gonzalo, con una voz que nunca le había oído.

Yo no me movía.

Lo he dicho en voz baja a muchos psicólogos, sin que ninguno me oyera de verdad: mi cuerpo no me obedecía.

Estaba a ochenta metros, con las manos en la boca y las rodillas clavadas en la tierra.

Sabía nadar. Era la nutria. Había sacado a la cría del perro del embalse en junio.

Y mi hermana, que no sabía, que nunca había sabido, se ahogaba delante de mí con mi bañador puesto, y yo no me movía.

Cuenté.

Uno. Dos. Tres.

Lo hice sin querer, como siempre, con el mismo gesto de las escaleras.

Seis. Siete. Gonzalo se había quitado los zapatos y corría por las tablas gritando algo.

Doce. Trece. Ignacio seguía quieto con el bastón, y sus ojos claros estaban fijos en el agua con la expresión de un hombre al que se le ha caído una taza al suelo.

Quince. Dieciséis.

Diecinueve.

Veinte.

Entonces eché a correr.

*   *   *

La saqué yo. Gonzalo había saltado, pero solo conseguía golpear el agua. Fui yo quien la agarró por el pelo, la que buceó hasta el fondo, la que tiró de ella hasta la orilla con las dos manos clavadas en su cintura. La puse sobre las tablas. Estaba fría, con los ojos entreabiertos. No respiraba.

Presioné su pecho. Le soplé en la boca. Grité su nombre. Inés. Inés. Inés.

Era el único nombre que tenía.

Cuando el mundo volvió a hacerse sonido, alguien me tenía cogida por los hombros. Era Gonzalo, empapado, mudo, con un rostro de papel. Detrás de él, Ignacio se había quitado el sombrero. Me miraba a mí, no a ella: a mí, de rodillas, mojada, con la camisa blanca de Inés pegada a la piel.

—Es la otra —dijo, y fue la primera vez que oí quebrarse una voz de notario—. Es Marta.

Nadie me miraba entonces, salvo yo misma, reflejada en el agua. Había una muchacha mojada, de rodillas sobre un embarcadero, llorando el nombre de su hermana con el bañador de su hermana al lado, y detrás una cola de gente que corría desde el pueblo.

Alguien dijo: «Han sido las dos».

Ignacio se inclinó. Me puso una mano en el hombro. Me habló con una dulzura que todavía me revuelve el estómago.

—Hay una manera de que esta desgracia no sea también una ruina, hija. Tienes que escucharme.

*   *   *

El despacho de Mercedes se queda en silencio. La estufa de gas silba muy bajito. Álex tiene la cabeza gacha y los hombros temblando. Mercedes ha dejado de fingir que escribe.

—Veinte segundos —digo—. Es lo que he cargado todos estos años. No es lo que hizo Gonzalo, ni lo que ordenó Ignacio. Es que estuve veinte segundos viéndola ahogarse antes de moverme.

Álex levanta la cabeza. Tiene la cara mojada. Por fin, despacio, como quien se acerca a un animal herido, pone su mano sobre la mía.

—No fue culpa tuya.

—Tú no puedes saberlo.

—Sí que puedo —dice, con una firmeza que yo no tengo—. Tenías diecisiete años.

Llaman a la puerta con dos golpes secos.

Entran un policía nacional uniformado y una mujer de unos cuarenta años, con una chaqueta de cuero oscuro y una placa colgada del cinturón, la expresión cansada y amable de quien trabaja entre desastres.

Mercedes se levanta. La mujer saca de una carpeta una hoja impresa y me la muestra, dejando ver un membrete que reconozco al instante.

—Señora Aldama —dice—. Soy la inspectora Ríos. Antes de que declare nada, tiene que ver esto.

La hoja es una denuncia por desaparición, presentada esta mañana a las siete y media por su marido. Adjunto, un informe de psiquiatría con una orden de «valoración urgente».

—Lo lamento —añade la inspectora, con una voz que parece sincera—. Pero estamos obligados a trasladarla al Hospital General para que la valore un facultativo. Es el procedimiento.

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