Capítulo 23
Nadie dice nada durante lo que dura un parpadeo.
Álex se ha quedado a medio paso, con una mano en el respaldo de una silla.
Mercedes, en el mostrador, ha dejado de teclear.
Gonzalo no se mueve de la puerta: el traje gris perla, las manos tranquilas en los bolsillos, el rostro de un hombre que llega con retraso a una cita que ha preparado con esmero.
—Perdone, caballero —dice Mercedes, levantándose—. Esta sala es de acceso restringido. Tiene que identificarse en el mostrador.
—Por supuesto. —Gonzalo avanza con una sonrisa de disculpa, saca la cartera, extrae una tarjeta y se la tiende a través del mostrador—. Gonzalo Beltrán, abogado. Y ella es mi mujer.
Se vuelve hacia mí. Hay en su mirada una ternura tan convincente que, durante un segundo, hasta yo me lo creo.
—Señora —dice a Mercedes en voz baja, confidencial, como si yo no estuviera a seis metros—, le pido disculpas por esta escena.
Mi mujer está pasando por un momento muy difícil.
Lleva semanas en tratamiento. Esta madrugada se ha marchado de casa sin avisar y no sabemos cómo ha llegado hasta aquí.
—Saca de la chaqueta un sobre blanco con membrete—.
Este es el informe del doctor Campos, psiquiatra.
Un cuadro de despersonalización, con episodios de confusión de identidad. Teme por su seguridad. Y yo también.
Mercedes mira el sobre. Me mira a mí. Me mira a él.
Se me enfría la sangre, pero no por el miedo. Por la admiración.
Porque es perfecto. Es exactamente lo que habría hecho yo si hubiera tenido que destruir a una persona sin tocarla.
Semanas enteras de mensajes preocupados a Pilar, de comentarios a los vecinos, de frases dichas con ternura en el momento oportuno: duerme mal, habla sola, ve cosas .
Un archivo meticuloso de gestos que ahora, reunidos, forman un expediente.
Cualquier cosa que yo diga a partir de este momento será un síntoma.
—Cariño —dice Gonzalo, acercándose—, vámonos a casa. Rafael nos espera abajo. Solo quiere hablar contigo.
No me muevo.
Álex da un paso adelante.
—Señor Beltrán, si ella no quiere irse…
—Usted no tiene nada que hacer aquí, joven. —Es la primera vez que le habla a Álex. No levanta la voz—. Su presencia es la causa de todo esto. Le ruego que se retire.
—No se retira nadie —digo.
Lo digo en el tono de mi consulta, sin esfuerzo, sin temblor, y es tan inesperado que los tres vuelven la cabeza hacia mí.
Cojo mi bolso. Saco los cuatro pedazos del documento que rompí en el vestidor.
Los coloco sobre la mesa, uno junto a otro, los recompongo como un rompecabezas de cuatro piezas y los aliso con la palma.
Debajo de la firma de Gonzalo, en el borde, brilla la tinta de mi nombre nuevo, escrito con una ese cerrada como un ojo.
—Señora Mercedes —digo—. Usted que ha visto tantas firmas. Haga el favor de comparar estas dos.
Abro el volumen en cuero rojo por la página trescientos ochenta y nueve. Con el dedo enguantado señalo, al pie, la tercera firma de la tercera línea: M. Aldama. Después, con la otra mano, desplazo hacia ella el trozo de papel donde he firmado hace menos de veinticuatro horas.
Mercedes se pone las gafas de media luna. Se inclina. Mira durante largo rato, sin decir nada, con la atención desprovista de prisa de quien ha pasado la vida contemplando letras que otros dejaron.
—Esta —dice por fin, señalando la del archivo— tiene veinticinco años. La otra, un día. —Levanta los ojos—. Pero es la misma mano.
—Mercedes —interrumpe Gonzalo con una calma de hierro—. Esa señora no puede…
—Es la misma mano —repite Mercedes, sin dejar de mirarme—. La inclinación a la izquierda. El remate de la «a». Ese gesto de cerrar la «s» como si la dibujara con el dedo. —Hace una pausa—. ¿De quién es la firma de ayer?
Todos esperan.
Pienso en Marta. Pienso en una niña de dieciséis años que firma entre dos adultos que ya han decidido por ella.
Pienso en una chica de diecisiete que ha visto morir a su hermana y a la que alguien, de rodillas en un embarcadero, le dice a partir de ahora eres Inés.
Pienso en veinticinco años de poner una mano al lado de otra mano que no era la mía, hasta que la mano propia se olvidó de cómo se escribía.
Pienso que no hay ningún sitio al que huir. Que Remedios tenía razón. Que lo he sabido siempre.
Álex ha dejado de respirar. Tiene los ojos fijos en mí, grandes y claros, y las manos a los lados del cuerpo, abiertas, como alguien que va a recibir algo muy pesado.
—Me llamo Marta —digo.
No es un grito. No es siquiera una frase de verdad. Es un hilo de voz que sale de mi garganta con la facilidad de algo que ha estado esperando detrás de los dientes, el nombre más viejo de mi cuerpo.
—Marta Aldama Ferrer. Nací el diecisiete de febrero de mil novecientos ochenta y cuatro, en Segovia, a las seis y diez de la mañana, treinta y siete minutos antes que mi hermana Inés.
Álex se lleva la mano a la boca. Sus hombros se estremecen. No hace ningún ruido.
Mercedes se quita las gafas.
—Dios mío —murmura.
Gonzalo no se ha movido. Pero algo ha cambiado en su rostro: no la sorpresa, que es un lujo que no se permite, sino una especie de cansancio inmenso, antiguo, que le baja por las mejillas y le deshace los rasgos. Parece un hombre al que acaban de entregar la cuenta después de una cena larguísima.
Cuando habla, lo hace en voz muy baja, casi con ternura. Solo yo oigo lo que dice. O eso creo.
—Entonces dilo todo, Marta.
Lo miro.
—Cuéntales a todos quién estaba en el agua.
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