La otra mitad Capítulo 22
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Capítulo 22

No contesto. Guardo el sobre en el bolso, cierro la cremallera y levanto los ojos hacia el hombre del pasillo con la expresión que reservo para los pacientes que llegan a la consulta diciendo que no les pasa nada.

—Buenos días —le digo, con la voz más baja que tengo—. Ha cometido un error. No sé quién es usted.

—Álvaro Sanz, para servirla. —Sonríe—. Nos vamos a llevar muy bien.

—Álvaro. —Pronuncio el nombre despacio—. ¿Tiene hijos?

Se le crispa un músculo en la mandíbula. Apenas un milímetro.

—No veo qué…

—Una niña, creo. De seis o siete años. Lleva una mochila rosa en el fondo de pantalla de su teléfono.

—No tengo ni idea de cómo lo sé. Lo he visto de reojo hace diez minutos, cuando ha sacado el móvil para mirar la hora, y mi cerebro lo ha guardado en el rincón donde guardo las cosas que sirven para sobrevivir—.

Cuando vuelva a casa esta noche, ¿le contará lo que ha hecho esta mañana?

Se ha puesto muy serio.

—No le conviene amenazarme.

—No le amenazo. Le hago una pregunta. —Me inclino hacia delante, como se inclina una psicóloga hacia el paciente que está a punto de decir lo importante—.

Usted lleva años haciendo este trabajo para gente como Ignacio Beltrán.

Siempre es lo mismo: «cuidar» a alguien, «protegerlo», evitar que le ocurra algo.

Y nunca pasa nada, hasta el día en que pasa.

¿Quiere ser el hombre que me acompañó a la estación el día que pasó?

El tren frena. Fuera aparece el andén de Segovia-Guiomar, una marquesina de metal, un cartel azul, dos policías nacionales con chalecos fluorescentes que charlan junto a una columna.

Álvaro Sanz los ve a la vez que yo. Veo cómo calcula. Veo cómo pesa su contrato, su hija, su café.

—Esto no ha terminado —dice entre dientes.

—No —respondo—. Pero hoy sí.

Bajo con calma, sin mirar atrás, con el bolso apretado contra el costado.

Paso muy cerca de los policías, saludo con un cabeceo, y ellos me devuelven el saludo sin entender nada.

Cuando por fin me atrevo a volver la cabeza, el hombre del reloj sigue de pie en el vagón tres, con una mano en el respaldo de mi asiento vacío, mirándome desde dentro del tren como se mira un pez que se ha escapado.

*   *   *

El Archivo Histórico Provincial ocupa un edificio de ladrillo en la parte baja de la ciudad, con un patio interior y una escalera de piedra.

Llego a las ocho y cincuenta y cinco. A las nueve en punto, un conserje con llavero abre la puerta, me mira de arriba abajo y señala un mostrador con una pantalla verde.

Mercedes, la archivera, es una mujer de sesenta años con gafas de media luna, un jersey de lana gris y las manos secas de quien lleva media vida entre papeles. Cuando le pido el protocolo de la notaría Beltrán de 2001, levanta una ceja.

—Esa documentación solo puede consultarse con acreditación de investigador.

—O siendo parte interesada. —Saco mi carné de identidad—. Soy Inés Aldama Ferrer. Los documentos que busco se refieren a mi familia.

Mercedes examina el carné. Lo gira. Lo coloca bajo la lámpara.

—Un momento.

Desaparece por una puerta de hierro. Espero en una sala de lectura de techos altos, con mesas largas, lámparas de pantalla verde y un silencio que huele a papel caliente.

Sentada sola frente a un ventanal, con las manos sobre el regazo, siento por primera vez en muchas semanas algo parecido a la ligereza. Estoy a punto de ver mi propio nombre.

Mercedes regresa a los veinte minutos con un volumen encuadernado en cuero rojo, de los de lomo ancho, y lo posa sobre la mesa con un golpe sordo. Lleva guantes blancos. Me da unos iguales.

—Protocolo de 2001, tomo segundo. Del número trescientos cincuenta al cuatrocientos cincuenta, aproximadamente. —Sus ojos se detienen en mi cara un segundo más de lo necesario—. Siempre hay alguien que quiere verlo. Este año, ya es la tercera persona.

—¿Quién más?

—Un joven. Pidió cita para hoy, a las diez. Y antes de ayer, un caballero mayor, muy educado, que dijo ser el notario titular y que solo quería «comprobar un trámite». —Se encoge de hombros—. Le dije que no podía llevárselo. Se marchó sin discutir. Tenía los ojos muy claros.

Me quedo helada. Mercedes se aleja hacia el mostrador.

Abro el volumen.

Cada acta ocupa varias hojas de papel timbrado, escritas a máquina en tipografía apretada, con firmas y sellos al pie. Paso las páginas con la punta de los dedos enguantados. Compraventas. Testamentos. Poderes. Un reconocimiento de deuda. Una cesión de derechos de caza.

Número trescientos ochenta y nueve. Segovia, a tres de noviembre de dos mil.

La fecha me detiene. Leo.

Acta de entrega de menor. Comparece doña M.

A. F., de dieciséis años de edad, asistida por sus padres, don Joaquín Aldama y doña Carmen Ferrer, y manifiesta su voluntad de entregar en adopción al recién nacido varón, nacido en el Hospital General de Segovia el día de hoy, a favor del matrimonio formado por don Julián Vidal y doña Lucía Torres, de Alcalá de Henares, ante el notario que suscribe. Padre: ignorado.

Debajo, otra línea, con tinta distinta, añadida a mano en el margen:

Honorarios y gastos satisfechos por la parte adoptante mediante transferencia a la cuenta del notario. Se hace constar que la menor ha sido informada en términos adecuados.

En términos adecuados.

Hay tres firmas al pie. La de mi padre, la de mi madre, y la de una niña de dieciséis años, con letra redonda, inclinada hacia la izquierda, con la ese cerrada como un ojo. M. Aldama. Tiembla un poco. Es la firma de quien ha llorado antes de firmar.

Paso hojas con dedos que ya no son del todo míos. Llego al número cuatrocientos doce.

Segovia, a quince de agosto de dos mil uno.

Acta de manifestaciones. Comparecen don Joaquín Aldama y doña Carmen Ferrer y su hija Inés, de diecisiete años, y manifiestan el fallecimiento accidental por ahogamiento de su hija y hermana Marta Aldama Ferrer, ocurrido el día catorce del corriente en el embalse de Pontón Alto.

La compareciente Inés declara haber presenciado los hechos y no tener nada que añadir a lo ya expuesto ante la autoridad judicial.

El firmante final, la niña de diecisiete años que acaba de perder a su hermana, ha puesto su nombre al pie con una letra alta, inclinada hacia la derecha, con las eses abiertas, dubitativa, aprendida.

Que es la letra de la persona que durante veinticinco años ha sido yo.

Me llevo la mano a la boca. Debajo de los guantes tengo las uñas clavadas en las palmas. En la sala de lectura no hay nadie salvo Mercedes, a lo lejos, tecleando con la cabeza baja, y el crujido seco de la madera, y el pálpito de mi propia sangre en los oídos.

No grito. No lloro. Hago lo único que sé hacer cuando el mundo se parte: me quedo muy quieta, y miro.

Veo la firma. Veo mi letra de niña intentando ser otra. Veo veinticinco años de caligrafía, de gestos aprendidos, de silencios, de un nombre que me quedaba grande como un abrigo ajeno, y por fin, por primera vez, no desvío la mirada.

A las diez menos cuatro se abre la puerta de la sala.

Entra Álex. Lleva el anorak azul y la capucha echada hacia atrás. Camina despacio, mirando las mesas, buscándome. Cuando por fin me encuentra, se le ilumina la cara.

Pero detrás de él, a dos pasos, con el traje gris perla impecable y las manos en los bolsillos, entra otro hombre. Cierra la puerta con suavidad y se queda apoyado en ella, observándonos.

—Buenos días, Inés —dice Gonzalo.

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