Capítulo 21
El tren sale de la estación y entra en la oscuridad de las afueras, entre polígonos con rótulos apagados y bloques de pisos con las persianas bajadas.
Pego la frente al cristal un momento. Después me inclino sobre el papel amarillo y sigo leyendo, con la linterna del bolsillo apuntada contra el regazo.
* * *
Dice que lo ha pensado todo. Que desde junio ha visto los papeles del notario en el despacho de papá, que sabe lo que firmó mamá en noviembre, que sabe lo del niño y ha callado porque no sabía cómo decírmelo. Dice que lo siente. Dice que es una cobarde y que quiere dejar de serlo.
Su plan es este: ella hablará con don Ignacio en mi lugar.
Como Marta. Se pondrá mi bañador, mi pelo, mi forma de apretar la mandíbula, y le dirá que lo sabe todo y que si no devuelve al niño irá a la policía.
«A ti te trata como a una niña tonta», me ha dicho.
«A mí me trata como a una igual. Y a mí no se me quiebra la voz. »
Es verdad. A mí se me quiebra la voz.
Yo, mientras tanto, seré ella. Me quedaré en casa con mamá, con el libro de anatomía abierto, y haré de Inés. Cualquiera de las dos puede hacer de la otra. Lo hemos hecho toda la vida.
* * *
La letra tiembla en algunos renglones y se vuelve firme en otros. Respiro. Paso la hoja.
* * *
12 de agosto.
Le he dicho que no. Dos veces. Le he dicho que es peligroso, que don Ignacio no es un hombre al que se pueda amenazar, que papá y mamá nos quitarían de en medio, a las dos, antes de dejar que hablásemos.
Inés me ha mirado con esa cara suya, la de las decisiones tomadas, y me ha dicho: «Marta, llevo ocho meses viéndote desaparecer en esta casa.
No voy a esperar a que termines de hacerlo».
No he sabido qué contestar.
A la noche, G. me ha parado en la cocina.
Estaba sirviéndome un vaso de agua. Se ha apoyado en el marco de la puerta con esa forma suya de ocupar todo el espacio sin tocar nada, y me ha dicho que a veces desea que yo fuera ella.
Así, sin más. «No me lo tomes a mal», ha dicho. «Es que con ella se puede hablar».
Me he reído. Me he reído tanto que casi se me ha caído el vaso.
No sé por qué me ha dado miedo. Es un chico educado, es sobrino de don Ignacio, siempre es amable. Pero al marcharse ha dicho: «No contéis mucho por el pueblo. Hay cosas que, dichas, no se pueden deshacer». Y se ha tocado el reloj. Tres veces.
* * *
Se me escapa el aliento. Tres veces. El pulgar sobre el cristal.
Algo duro y diminuto se me aprieta en el pecho. No lo nombro. Hay cosas que, nombradas, no se pueden deshacer.
* * *
13 de agosto.
Hemos cedido las dos. Yo, porque no tengo fuerzas para seguir diciendo que no.
Ella, porque ha aceptado un trato: cuando termine con don Ignacio, vendrá a buscarme, y juntas iremos a ver al comisario de Segovia, que es amigo de la familia de Remedios y a quien no conoce ni papá.
Eso dice. No sé si lo creo, pero quiero creerlo.
Mañana, a las siete, don Ignacio vendrá al embarcadero.
Lo hace cada tarde, desde que tiene la casa de verano en el pueblo: pasea por las tablas con las manos a la espalda, mirando el agua, como quien comprueba que sigue en su sitio.
Inés estará allí, con mi bañador y con mi pelo recogido como yo lo llevo.
Yo me quedaré en casa con su libro de anatomía, su colcha blanca y el rosario de la tarde.
Hay un solo problema, y es de los grandes. Inés no sabe nadar. Dice que no importa, que no pensará meterse en el agua. Pero con mi bañador puesto y mi fama de nutria del embalse, alguien podría pedírselo. Es lo que tiene ser otra.
Le he hecho prometer que, pase lo que pase, no se meterá en el agua. Me lo ha prometido. Con los ojos, porque con la boca estaba demasiado ocupada tratando de reír.
Tengo miedo. Es un miedo nuevo, claro, limpio, de los que no te dejan dormir. Pero también tengo otra cosa que llevaba mucho tiempo sin tener: ganas de que llegue el día.
Mañana ella será yo y yo seré ella. Ojalá no se acabe nunca el juego.
* * *
Hay dos hojas más en el sobre, pero están en blanco, con el borde irregular de las hojas que se cortaron con prisa. Las repaso con el pulgar. No hay nada. No se escribió más. La mano que sostenía el bolígrafo, el 13 de agosto por la noche, se detuvo ahí.
Doblo las cinco páginas. Las meto en el sobre. El sobre, en el bolso. El bolso, contra mi pecho.
El tren se ha detenido en una estación pequeña, con un cartel azul y un banco desierto. No sé cuánto tiempo llevo mirándolo.
Tengo muchas cosas en la cabeza y no consigo ordenar ninguna.
Recuerdo un bañador amarillo, con un elástico en la cintura que picaba, y una chica sentada al borde de un embarcadero con la mandíbula apretada.
Recuerdo que en la foto llevaba el pelo recogido.
Recuerdo que dijo, hace mucho, en una cocina de la Judería, que le gustaría saber nadar.
No sé quién lo dijo.
No, es mentira. Lo sé perfectamente. Es solo que pensarlo en voz alta sería como abrir una puerta que mi vida entera ha estado empujando desde dentro.
—Perdone, señora.
Levanto la cabeza.
El hombre del café está de pie en el pasillo, junto a mi asiento, con una mano apoyada en el respaldo del de enfrente.
Tiene unos cuarenta años, una cara apacible de funcionario, una sonrisa de dentista.
Sus ojos, en cambio, son de un negro sin fondo.
Sobre su muñeca izquierda, un reloj que no es de nadie.
—Doña Inés —dice con una cortesía casi tierna—. Qué casualidad. El señor Beltrán le ruega que baje conmigo en la próxima estación. No quiere que le ocurra nada.
El tren arranca con una sacudida suave.
Segovia-Guiomar está a nueve minutos.
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