La otra mitad Capítulo 20
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Capítulo 20

Me acuesto a las once y me hago la dormida.

Gonzalo se acuesta a las once y media, a mi lado, con el reloj puesto, y durante un buen rato respira de un modo que no es el suyo: demasiado ligero, demasiado atento.

Hace veinte años que nos conocemos de verdad, o quince, o veintidós, y por primera vez me doy cuenta de que sé exactamente cómo suena su sueño.

Esta noche no suena a sueño. Suena a hombre despierto fingiendo.

Tengo toda la paciencia de las personas que han pasado media vida sentadas en una silla escuchando.

Cuento sus inspiraciones. Cuando llego a doscientas, el ritmo cambia, se alarga, se hunde.

Cuando llego a seiscientas, el pulgar de su mano izquierda, que descansa sobre la sábana, ha dejado de moverse.

Son las dos y diez de la madrugada.

Me levanto como me levanto siempre, sin ruido. Lo sé hacer. He aprendido que el cuerpo es un animal que se puede entrenar para no pesar. Recojo del suelo el albornoz, lo dejo colgado del brazo. Salgo al pasillo descalza.

El maletín no está donde esperaba, en la mesilla, ni en el despacho.

Lo encuentro en el vestidor, de pie junto a la fila de zapatos, con las correas cerradas y los dos cierres de latón brillando bajo la luz de emergencia de la galería.

Un maletín de abogado, de cuero marrón, regalo de su tío cuando se hizo socio.

Los cierres tienen una combinación de tres ruedas.

Me arrodillo en el suelo. Pruebo, por cortesía, con el 000. No cede. Con el 123. Con el 1984, que serían cuatro cifras, no tres, y me siento ridícula. Luego me quedo quieta con las yemas de los dedos sobre las ruedas, y me doy cuenta de que mi mano ya sabe lo que mi cabeza se niega a pensar.

Uno. Cuatro. Ocho.

El primer cierre cede con un clic apenas audible. El segundo, también.

14 de agosto. Es la única fecha que Gonzalo Beltrán no se ha permitido olvidar en veinticinco años.

Abro la tapa despacio, con las dos manos, conteniendo el aliento.

Dentro hay una agenda de piel, un cargador, un estuche de bolígrafos. Debajo, una carpeta de cartón. Y debajo de la carpeta, envuelto en un sobre acolchado marrón, algo que reconozco por el tacto antes de verlo: tres rectángulos de papel fotográfico, brillantes, mis tres fotografías.

El amanecer. El perro. El embarcadero con las dos toallas.

Las aparto. Abro la carpeta: el documento, con mi firma de zurda en el borde inferior, rodeada por una nota a lápiz en la esquina superior, con la letra de Gonzalo. Comparar con DNI. Revisar 2009.

Estoy a punto de cerrarlo todo cuando mis dedos tocan algo más, al fondo del forro, pegado a la tela con un trozo de cinta amarillenta. Un sobre pequeño, de papel de estraza, doblado en dos.

Lo despego con las uñas.

Dentro hay cinco hojas de cuaderno, arrancadas con una cuchilla muy fina a ras de costura, dobladas en cuatro y amarillas como dientes viejos. Cuadriculado de papelería. Una letra redonda, inclinada hacia la izquierda, con la ese cerrada como un ojo.

No las abro. No hay tiempo. No hace falta: sé lo que son.

Gonzalo las ha tenido todo este tiempo. Las ha guardado veinticinco años en un maletín, o en una caja de seguridad, o en una carpeta que ha ido cambiando de forma sin que nadie lo supiera.

No las ha quemado. Hay hombres que no destruyen lo que temen; lo conservan, como se conserva a un animal al que se sabe vivo.

Me meto el sobre de estraza en el bolsillo del albornoz.

Cojo el documento firmado, lo rompo en cuatro trozos limpios y guardo también los pedazos.

Las fotos las dejo donde estaban. No son mías, no ya.

Después cierro las ruedas del maletín, las doy una vuelta cada una, y dejo el vestidor tal y como lo encontré.

Desde la cama llega, en la oscuridad, el ruido de una respiración.

Me quedo helada con la mano en el pomo. Cuento hasta cuarenta. Es el ritmo de siempre. Es el de un hombre que duerme.

*   *   *

Salgo a las cinco y diez, con el abrigo puesto y un pañuelo en la cabeza, por la escalera de servicio.

En el bolso llevo el cuaderno de tapas azules, el calco que Álex me dio, el sobre de estraza y ciento cuarenta euros en efectivo que he ido guardando en los últimos días.

Mi teléfono se queda en la mesilla de noche de Gonzalo, apagado, junto a su reloj.

La calle Ibiza está vacía. Las farolas dibujan círculos amarillos sobre el asfalto mojado. Camino rápido hasta la avenida de Menéndez Pelayo, donde paro el primer taxi que veo y le pido que me lleve a Chamartín. Pago con billetes. No digo ni una palabra durante el trayecto.

La estación a esa hora es un lugar fantasmal: bares cerrados, luces fluorescentes, un barrendero que arrastra un carro. Compro el billete del Avant de las seis cuarenta, en la máquina, con monedas. Subo al andén con los hombros pegados a la pared y las manos hundidas en los bolsillos.

He dejado de mirar hacia atrás hace tiempo. Pero esta mañana, cuando se abren las puertas del tren, mis ojos recorren el andén una última vez y se detienen en un hombre.

Chaqueta oscura. Andares tranquilos. En la muñeca izquierda, un reloj, y en la mano libre, un vaso de papel humeante.

Está de pie junto a la máquina expendedora, a veinte metros, mirando el panel de salidas con una atención teatral.

Es el hombre del Retiro, el del puesto de globos, el de la acera de la residencia.

Levanta la vista un segundo. Me ve. Sonríe, con una cortesía exquisita, y da un sorbo a su café.

Subo al tren sin correr. Escojo un asiento de ventanilla, en el vagón tres, con la mano apretando el bolsillo. Él sube en el cinco. Lo sé porque lo veo en el reflejo del cristal, cuando las puertas se cierran y el tren arranca: un hombre alto que cruza el pasillo con calma, sin mirar a nadie.

Tengo cuarenta minutos.

Saco el sobre de estraza. Lo abro con el pulgar, con una mano temblando, y desdoblo con muchísimo cuidado la primera hoja.

El papel cruje como hojarasca. Alisado sobre mis rodillas, deja ver la letra que ya conozco, pero más rápida, más inclinada, más sucia que en el resto del cuaderno: la letra de alguien que escribe con prisa y con miedo.

La fecha está subrayada dos veces.

11 de agosto.

Hoy Inés me ha dicho una cosa que no puedo creer. Ha dicho que quiere cambiar de sitio conmigo. De verdad, esta vez. No como un juego.

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