Capítulo 19
Me quito el abrigo con la lentitud de quien necesita ganar tiempo. Lo cuelgo en el perchero del recibidor, junto al bolso, y noto con el rabillo del ojo que Gonzalo no aparta la vista de ninguno de los dos movimientos. Cuando me siento frente a él, me tiemblan las rodillas. No dejo que se vea.
—Quiero leerlo entero —digo.
—Es una página.
—Entonces tardaré poco.
Gonzalo se encoge de hombros, con una generosidad cansada, y me acerca la carpeta con dos dedos.
Cojo el papel. Es de buen gramaje, de los que usan en los despachos que cobran por palabra.
Un membrete discreto, Beltrán que presencié en su momento el fallecimiento accidental por ahogamiento de mi hermana gemela, Marta Aldama Ferrer, el 14 de agosto de 2001; y que no tengo conocimiento de circunstancia alguna distinta de las que constan en las diligencias judiciales.
Lo leo dos veces. Después levanto los ojos.
No es una declaración contra Álex. Esa es la excusa, el cebo, el trozo de queso. Esto es una declaración a favor mía. O, más exactamente, a favor de quien llevo veinticinco años siendo.
Un juramento. Firmado, ratificado y archivado en la notaría más antigua de Madrid, con mi nombre y mi fecha de nacimiento, que ya no podré desmentir sin cometer un delito.
—Es una formalidad —dice Gonzalo con voz tranquila—. Cubre cualquier eventualidad. Si ese chico llega a un juez con alguna fantasía sobre tu familia, esto lo cortará de raíz.
—Una fantasía sobre mi familia.
—Una fantasía sobre ti.
Dejo el papel sobre la mesa, con cuidado, alineando el borde con el filo de la carpeta. Hago con las manos lo mismo que hago en el consultorio cuando alguien me dice algo que no puedo permitirme sentir: las coloco sobre los muslos, planas, quietas, como dos objetos que no me pertenecen.
—¿Y si no lo firmo?
Gonzalo sonríe. Es una sonrisa triste, de verdad, la de un hombre al que se le obliga a hacer algo que le duele.
—No digas eso, cariño.
—Lo digo.
—Entonces tendré que explicarte lo que significa.
—Entrelaza los dedos sobre el mantel—. La residencia de tu madre pertenece a una fundación que preside mi tío.
Esta semana, por ejemplo, ha recibido una queja anónima sobre las visitas de un joven no autorizado.
Seguramente pueda resolverse con tacto. Pero si la familia no colabora, el centro tendrá que revisar la situación de la señora Carmen.
Es una mujer mayor, con una enfermedad grave. Trasladarla sería muy duro.
Lo miro. Me parece ver algo nuevo en su cara, por debajo de la piel, que no es cinismo ni ira. Es una especie de cansancio ancestral, el de quien carga con un peso que lleva tanto tiempo sobre los hombros que ya no distingue si le pertenece.
—Y yo, Inés —añade, más bajo—, ya no puedo protegerte. Se me ha acabado el margen. Ignacio está muy mayor y tiene miedo. Los hombres con miedo hacen cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas que no se pueden deshacer.
Ahí está. La amenaza, dicha por fin con todas sus letras, envuelta en cariño como un cuchillo en un paño de seda.
Sé lo que tengo que hacer. Lo he sabido desde el primer párrafo.
—Dame el bolígrafo.
Gonzalo me lo tiende. Es un Montblanc de plata, pesado, frío, con una punta de oro finísima que brilla bajo la lámpara.
Lo tomo con la mano derecha. Lo sostengo un segundo sobre la línea punteada, quieta, mientras mi cabeza reúne todo lo que sé de falsificaciones, de caligrafía, de documentos que no valen nada.
Después, en vez de firmar como llevo firmando veinticinco años, con la letra alta, inclinada a la derecha, de eses abiertas, aprendida a golpe de práctica en los primeros meses de una vida que no era mía, la dejo ir.
Mi mano escribe sola. Redonda. Inclinada hacia la izquierda. Con una ese cerrada como un ojo.
I. Aldama.
Es una firma limpia. Es una firma bonita. No se parece en nada a la que figura en mi carné, en mi pasaporte, en mi título universitario, en todas las escrituras de este piso. Es una firma que nadie en este mundo podría reconocer como mía, salvo la persona que la escribe.
Dejo el bolígrafo sobre el papel.
—Ya está.
Gonzalo recoge la hoja. La lee de arriba abajo, sin prisa, con la atención de quien lleva toda la vida examinando documentos ajenos. Sus ojos se detienen en la línea de la firma. Un segundo. Dos. Tres.
Saca su cartera del bolsillo interior de la chaqueta. De la cartera extrae, con dos dedos, mi carné de identidad. Lo coloca junto al papel, boca arriba, de forma que las dos firmas queden juntas, la reglamentaria y la nueva, la una al lado de la otra como dos desconocidas.
El silencio dura lo que dura una respiración larga.
—Interesante —dice.
—Me tiemblan las manos.
—Claro. —Su pulgar acaricia, apenas, el cristal del reloj—. Claro que sí.
Dobla el papel en tres, con una precisión de prestidigitador, y lo guarda en el maletín de cuero que descansa a sus pies. Cierra los cierres. Dos clics.
Alarga la mano hacia mi bolso, que sigue en el perchero, y saca de él mi teléfono. Lo levanta ante mí, como un camarero que muestra una botella.
—Esta noche te lo guardo yo. Para que descanses.
No protesto.
—Mañana, a las nueve, viene don Gerardo, el notario, a ratificar el documento. —Su voz es dulce, sin una arruga—. No hace falta que vayas al consultorio. Ni a ningún otro sitio. Quédate en casa conmigo.
Se levanta, rodea la mesa y me da un beso en la frente. Su aliento huele a café y a menta.
—Te quiero —dice, y estoy casi segura de que es verdad.
Se lleva el maletín al dormitorio. La puerta se cierra con ese clic tan limpio que tienen las cosas hechas con cuidado.
Me quedo sola en el comedor, con las dos tazas frías y la lámpara encendida.
Debajo de la mesa, en el suelo, descansa la carpeta azul, ya vacía.
Delante de mí, sobre el mantel, ha quedado el bolígrafo de plata, y en el borde de su capuchón, un reflejo de mi cara, deformada, pequeñita, como vista desde el fondo de un pozo.
Mañana a las diez, en el Archivo Histórico de Segovia, un joven con los ojos de un viejo notario esperará inútilmente. Mañana a las nueve, en este mismo salón, un hombre al que no conozco me pedirá que vuelva a firmar delante de un testigo.
Tengo doce horas.
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