Capítulo 18
—No voy a decirte nada hoy —digo por fin.
Álex asiente. No parece decepcionado. Parece un hombre que ha esperado tanto tiempo que un día más no cuenta.
—No te lo pido.
—Necesito pensar. Necesito…
—Lo sé. —Se pasa el pañuelo por el labio, que ha dejado de sangrar—. Pero hay una cosa que tienes que ver. Te la iba a dar mañana, o pasado, o cuando fuera. Prefiero que sea ahora.
Saca del bolsillo interior del anorak una hoja de papel doblada en cuatro, arrugada por haber pasado por muchas manos. La despliega sobre el banco, entre los dos, y la alisa con el canto de la mano.
Es un papel cebolla muy fino, cubierto de rayas oblicuas de lápiz, trazadas con la punta de una mina blanda, de lado, con paciencia. Entre el negro gris del grafito emergen, como fantasmas blancos, algunas letras. Unas líneas torcidas.
—Es un calco —explica—. La hoja que sigue a las páginas arrancadas conserva la huella de lo que se escribió encima. La marca de la presión del bolígrafo. Hay que pasar el lápiz muy suave, en diagonal, hasta que aparece.
La vieja del rosario se ha levantado y se aleja hacia la salida, arrastrando los pies. La puerta de la iglesia se cierra con un golpe sordo.
Acerco el papel a la luz que entra por una ventana alta. Leo con dificultad, deletreando.
…no me creerá si se lo cuento pero tengo que decirlo.
El niño es de don Ignacio. Lo sé desde el principio.
Mamá lo sabe. Papá lo sabe. Lo han arreglado todo con papeles y con dinero y con la palabra «error», como si yo fuera un error.
Dicen que tengo que olvidar. Que si hablo, a Inés le irá mal.
Que nadie va a creer a una niña de dieciséis años contra un notario.
Pero Inés sí me creerá. Inés me ha creído siempre. Mañana, en el embarcadero, se lo diré todo. Y después iremos juntas a la policía, aunque nos echen de casa, aunque…
El resto es ilegible: un manchón de grafito, una rotura del papel.
Soy una mujer que ha escuchado, en veinte años de consultorio, las historias más espantosas que se pueden contar.
He aprendido a mantener las manos quietas, la voz en su sitio, el rostro vacío.
Lo hago ahora. Mantengo todo en su sitio.
Pero hay algo en mi estómago, una cosa fría, plana y compacta, como una piedra que empieza a girar.
No es asco. No es siquiera pena. Es un odio muy antiguo, muy limpio, de una exactitud que me asusta. Un odio que parece haber estado esperando dentro de mí, enrollado, veinticinco años, a que alguien le dijera que tenía permiso para salir.
Y no es el odio de Inés. Lo sé con una certeza que me quema la lengua. Inés, la callada, la juiciosa, la que se llevó la cabeza, no habría sentido esto. Habría hecho una lista. Habría pedido pruebas.
Esto lo siente alguien que llevó el corazón.
Doblo el papel con mucho cuidado y se lo devuelvo.
—Guárdalo.
—Es tuyo —dice Álex.
—No. —Tengo la voz ronca—. Si me lo encuentran, lo destruyen. Guárdalo tú.
* * *
Nos tomamos un café en un bar sin nombre de la calle de los Cuchilleros, de los que huelen a fritanga y a periódico, mientras dibujamos un plan.
Álex habla bajo, con la mirada puesta en la puerta.
Dice que lleva dos semanas durmiendo en un hostal de Valladolid, pagado en efectivo, y que Ignacio tiene gente en la ciudad.
Dice que todavía no sabe quién ha arrancado las páginas. Dice que tiene una pista.
—La notaría de Ignacio cerró en 2014. Su archivo pasó el año pasado al Archivo Histórico Provincial, como manda la ley.
Allí están sus protocolos de 2000 y 2001.
Los documentos del niño, los de la muerte de Marta, los de cualquier otro papel que se firmara en esos meses.
—Se frota la nuca—. Hay un procedimiento para consultarlos.
Lo he pedido como investigador de historia local.
Me han dado cita para el viernes a las diez de la mañana.
—Es mañana.
—Lo sé.
—Te estarán esperando.
—Seguramente. —Sonríe sin ganas—. Pero tú podrías ir en mi lugar.
Lo miro.
—¿Yo?
—Nadie sabe que te interesa el archivo. Ignacio cree que le tienes miedo y que firmarás el viernes. Yo seré el cebo; tú, la mano que coge lo que haya que coger.
Pienso en la nota que dejé en la nevera. Supervisión en Toledo. Pienso en Gonzalo, en el reloj, en la sonrisa de un hombre que lleva veintidós años sin una sola grieta. Pienso en que mañana tendré que firmar o dejar de firmar, y que cualquiera de las dos cosas me costará una vida.
—Dame una dirección donde pueda dejarte un mensaje —digo.
Álex me escribe en una servilleta el nombre de una cafetería de Valladolid, la dirección, un apodo. Me la meto en la manga.
Antes de despedirnos hay un momento largo, incómodo, en el que ninguno de los dos sabe qué hacer. Él hace el gesto de abrazarme, y se detiene, y deja caer los brazos.
—Cuando quieras —dice en voz baja.
—No sé qué quieres que haga.
—Nada. —Se encoge de hombros—. Solo que si algún día recuerdas, sepas que yo ya no necesito que me pidas perdón.
Se aleja entre la gente, con la capucha puesta, hasta confundirse con la multitud de turistas que sube hacia el Alcázar.
* * *
En el tren de vuelta enciendo el móvil. Son las seis y cuarto. Treinta y seis llamadas perdidas. Veintidós mensajes. Casi todos de Gonzalo.
El último, de hace diez minutos: Pilar me dice que hoy no habéis quedado. ¿Dónde estás, Inés? Estoy muy preocupado.
Lo leo dos veces. Lo borro. Luego borro todos los demás sin leerlos. Cuando entro en el ático, a las ocho menos cuarto, el aire huele a café recién hecho y a cuero nuevo.
Gonzalo me espera sentado a la mesa del salón, con el traje todavía puesto, la corbata floja y el reloj sobre el mantel, al alcance de la mano. Frente a él hay dos tazas. La carpeta azul está abierta, con el bolígrafo de plata destapado a su lado.
No se levanta. No me pregunta dónde he estado.
—Firma —dice.
—Es jueves.
—Firma ahora, Inés.
Lo dice sin alzar la voz, con una amabilidad que no admite réplica, la voz de un hombre que lleva veintidós años esperando este momento. Su pulgar, sobre la esfera del reloj, no se mueve.
Es la primera vez que no miente.
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