La otra mitad Capítulo 17
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Capítulo 17

Gonzalo me deja en el consultorio a las cuatro menos diez, con un beso en la frente y una frase dicha como al pasar: Piensa en lo de la carpeta. Lo veo alejarse en el coche gris, lento, atento al retrovisor, y espero a que gire en Fuencarral para subir.

Atiendo a cuatro pacientes. Los escucho con una atención de vidrio, sin oír una sola de sus palabras. Mientras una chica de veintitrés años me explica por qué no consigue dejar a su novio, mis ojos se desvían, una y otra vez, hacia la esfera blanca de la pared. Los números negros. El segundero.

Cuando la chica se va, me quedo sola en la sala. Me pongo de pie frente al reloj, a un metro de distancia. Y hablo en un tono normal, sin esfuerzo, como si me dirigiera a mi propia sombra.

—El viernes firmaré lo que me piden. Necesito unos días para ordenar la cabeza.

El segundero sigue su camino. No sé quién escucha, ni cuándo. Pero sé que alguien lo hace, y que esas dos frases le darán a Ignacio Beltrán el sueño ligero que busca.

Álex no tiene teléfono, ni dirección, ni más rastro que un correo electrónico que seguramente ya no revisa. Solo me queda una certeza: los jueves los dedica a visitar a mi madre en Segovia. Lo ha hecho desde mayo, sin faltar uno. Y mañana es viernes.

*   *   *

Me levanto a las cinco y media. Gonzalo duerme de lado, con la respiración profunda de los hombres que no temen a la noche.

Dejo una nota sobre la nevera: Supervisión en Toledo con Pilar.

Vuelvo tarde. Es una mentira tan burda que casi me da lástima.

Pero estoy segura de que no la comprobará hasta la noche.

Cojo el primer Avant de Chamartín, de las siete y diez.

A las siete cuarenta y cinco estoy en Segovia-Guiomar, bajo un cielo plomizo, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.

A las nueve y veinte llego a pie hasta el bloque de ladrillo visto de la residencia y me siento en la marquesina de un autobús, al otro lado de la carretera, con un periódico abierto que no leo.

Espero.

A las diez cuarenta y cinco, una figura delgada con anorak azul marino baja de un autobús urbano a cien metros de la entrada. Lleva una bolsa de papel en la mano. Camina sin prisa, con la capucha puesta, como quien se sabe observado y ha decidido no demostrarlo. Mi pulso salta.

Me levanto. Y entonces veo el coche.

Un gris, de líneas sobrias, que dobla despacio la esquina de la calle lateral.

Se detiene a veinte metros de Álex, con el motor en marcha.

Se abren dos puertas. Dos hombres bajan, de chaqueta oscura y andares tranquilos: uno de ellos es el del Retiro, el del puesto de globos, el que miraba un reloj en la muñeca como quien estudia a una presa.

—¡Álex! —grito.

Él se vuelve, y por un instante nuestras miradas se cruzan a través de los coches.

Veo que lo entiende todo. Veo que echa a correr, pero uno de los hombres es más rápido: le agarra el brazo, tira, la bolsa de papel se rompe y los caramelos de menta salen rodando por la acera como cuentas de un collar roto.

Cruzo la carretera sin mirar. Un claxon me ruge al oído. Me lanzo hacia ellos con el bolso en la mano, como una loca, como una niña, y grito lo único que se me ocurre:

—¡Ladrones! ¡Auxilio! ¡Que me roban! ¡Policía!

La residencia tiene un portero, un hombre grande, con camisa blanca, que sale corriendo desde la caseta con una porra de goma.

Detrás de él aparece Nuria con el abrigo rojo y el móvil en alto, gritando que ya ha llamado a la Guardia Civil, aunque no es verdad.

Un jardinero con una azada. Una anciana con andador, que se pone a chillar sin saber por qué.

Los dos hombres se miran. Sueltan a Álex. Retroceden, sin prisa, con las manos a la vista. Uno de ellos, el del reloj, me clava una mirada larga, serena, casi cortés, antes de subir al coche.

El gris se aleja con un chirrido y desaparece al final de la calle.

Álex se lleva una mano a la boca. Tiene el labio partido, un hilo de sangre que le baja por la barbilla. Se ríe, o intenta hacerlo, con un hipo nervioso.

—Hacía tiempo que nadie me salvaba a gritos.

No contesto. Lo agarro de la manga y lo arrastro calle abajo, lejos de la residencia, lejos de las miradas, mientras Nuria nos grita algo desde la verja y yo levanto una mano sin volverme.

*   *   *

La iglesia de San Millán es un templo románico, fresco y casi vacío, de arcos gruesos y penumbra de siglos. Nos sentamos en el último banco, en el rincón más oscuro. Una vieja reza el rosario a lo lejos con un murmullo de abeja.

Álex se limpia la sangre con un pañuelo de papel. Tiembla un poco, y yo no sé qué hacer con las manos.

—Gracias —dice por fin.

—Te iban a llevar. —Mi voz suena extraña, muy baja—. Lo oí ayer. Gonzalo y Ignacio Beltrán. «Antes del viernes.»

—Ignacio. —Cierra los ojos un momento—. Lo sospechaba.

—Tienes sus ojos.

Álex no se mueve.

—Lo sé —dice—. Hace tiempo que lo sé.

Nos quedamos callados. En el altar, una vela titila.

Pienso que debería preguntarle quién es.

Que es lo que hace cualquier persona razonable.

Pero llevo cinco semanas preguntando sin querer oír las respuestas, y ahora que se ha roto algo en la superficie, que se ha abierto una grieta por la que sopla un aire que no puedo seguir negando, solo me sale una cosa:

—¿Cuándo naciste?

—El 3 de noviembre de 2000. En el hospital general de Segovia. —Me mira de frente—. Mi madre biológica tenía dieciséis años. Se llamaba Marta Aldama Ferrer.

La vieja del rosario ha dejado de rezar.

—Marta murió en 2001.

—Eso dicen. Lo dice la lápida del cementerio del Salvador, donde voy los domingos a dejarle flores. Lo dice el juez. Lo dicen todos los periódicos. —Una pausa larga—. Y lo dices tú. Siempre lo has dicho.

Por primera vez me tutea. No lo había hecho nunca. Lo hace con una suavidad tan antigua que me duelen los dientes.

—Yo no creo que esté enterrada allí —continúa—. Creo que está sentada a mi lado.

El silencio de la iglesia se hace espeso. Fuera ladra un perro. Dentro, el eco de mi propio pulso me golpea los oídos.

Tendría que levantarme. Tendría que decir que está confundido, que es una locura, que tiene fiebre, que lo siento mucho pero no soy la persona que busca. Es lo que haría cualquier mujer en mi lugar. Es lo que he hecho durante veinticinco años.

Álex espera. Con las manos abiertas sobre las rodillas, la boca manchada de sangre, los ojos gris verdosos fijos en mi cara.

No digo que no.

Esa es la parte que más me asusta: que lo estoy buscando dentro de mí, la palabra que lleva toda la vida esperándome a la salida de la garganta, y no me sale.

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