La otra mitad Capítulo 16
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Capítulo 16

El piso de la calle Serrano ocupa la tercera planta de un edificio de piedra con portero uniformado y ascensor de jaula.

Gonzalo me abre la puerta del coche, me ofrece el brazo en el portal, me coloca la mano en la espalda al entrar, como si yo fuera una invitada de honor o una detenida.

En el bolso llevo el móvil en modo avión, con la grabadora de voz encendida bajo un pañuelo.

Es lo único que se me ha ocurrido y lo único que me da algo parecido a la dignidad.

Nos abre una mujer de uniforme gris, discreta, de pasos sin ruido.

Dentro huele a cera de abeja y a libros.

El recibidor está forrado de madera oscura.

En las paredes cuelgan fotografías enmarcadas de un hombre alto en compañía de ministros, obispos, un par de reyes a distancia: la historia de un siglo contada desde el segundo plano.

Ignacio Beltrán nos espera en el salón, de pie junto a la ventana, apoyado en un bastón de ébano.

Tiene ochenta y un años y la elegancia de esos hombres a los que nadie ha contradicho en medio siglo: traje gris perla, corbata de seda, el pelo blanco peinado hacia atrás con una raya impecable.

Es alto, delgado, de manos largas y huesudas.

Y tiene los ojos de Álex.

Me golpea de pronto, en mitad del saludo, mientras él me toma las manos entre las suyas.

Un gris verdoso, casi transparente, de una claridad que no parece de este mundo.

Nunca me había fijado en el color de los ojos de Álex.

Ahora que lo veo aquí, repetido en un rostro de ochenta años, es imposible no verlo.

—Inés, hija mía —dice, con una voz fina y ceremoniosa—. Cuánto tiempo.

La última vez que lo vi fue en mi boda.

—Don Ignacio.

—Nada de «don». Soy tu tío, aunque sea de adopción. —Me sonríe, y se le arrugan los párpados con una dulzura que parece verdadera—. Pasemos a la mesa, que se enfría el consomé.

*   *   *

Comemos en un comedor con una mesa para doce, los tres en un extremo, bajo una araña de cristal.

La mujer del uniforme sirve el consomé en tazas de porcelana, la merluza en fuentes de plata.

Ignacio habla. Habla de política, de la crisis de los notarios, de un viaje a Roma que hizo con mi padre hace cuarenta años.

Habla con la facilidad de quien lleva toda la vida diciendo cosas que otros escriben después en actas.

Gonzalo, a mi izquierda, asiente, corta la merluza con precisión, sonríe en los momentos oportunos.

Esperan. Los dos esperan. Yo sé lo que se hace con quien espera: se le hace esperar más.

Cuando llega el café, Ignacio deja la cucharilla en el platillo y entrelaza las manos.

—Querida. Quiero hablarte de tu madre.

—¿De mi madre?

—De su residencia. Santa Clara es un centro excelente, pero no barato. —Hace un gesto de modestia—. Gonzalo y yo hemos procurado que no os falte de nada. Es lo mínimo que podíamos hacer, después de todo lo que… ocurrió. Y la discreción de ese centro, como sabes, es una de sus mejores virtudes.

La palabra discreción cae sobre el mantel como una cucharilla.

—Se lo agradezco —digo.

—No hay nada que agradecer. Somos familia. —Sus ojos de agua se clavan en los míos—. Y la familia protege lo suyo. Siempre lo ha hecho. A veces hay que cargar con cosas muy pesadas, hija, para que otros puedan vivir ligeros. Tu madre lo hizo. Tu padre. Yo. Tú.

La mano de Gonzalo se posa sobre la mía bajo la mesa.

—Ese joven —sigue Ignacio—, el tal Vidal.

Gonzalo me ha contado que te importuna. Es lamentable.

Hay gente sin escrúpulos que husmea en el dolor ajeno para sacar provecho.

Un chico de mala familia, con una historia mal contada, que se ha inventado un parentesco…

—Hace una pausa—. ¿Qué te ha dicho exactamente?

—Cosas confusas —respondo. Es mi voz de siempre, tranquila, con el filo justo de cansancio—. Se habla de sí mismo en tercera persona. Parece… desorientado.

—Pobrecillo. —Ignacio sacude la cabeza—.

Voy a pedirte un favor pequeño. —Abre el cajón del aparador que tiene a su espalda y saca una carpeta de cartón azul—.

Es una declaración sencilla. Dice que ese joven te ha acosado y que te sientes amenazada.

Con tu firma podremos solicitar una orden de alejamiento, y todo esto quedará en un mal recuerdo.

Deposita la carpeta delante de mí con la solemnidad de un sacerdote que entrega un cáliz. Dentro hay una hoja impresa, un bolígrafo de plata ya destapado, una línea punteada.

La miro durante tanto rato que la tinta empieza a bailar.

—Quiero pensarlo —digo.

—Por supuesto. —Su sonrisa no se mueve—. Tienes hasta el viernes. Pero no tardes, hija mía. Hay cosas que se pudren si se dejan al aire. Y Marta…

Se interrumpe.

El comedor se queda sin sonido. Veo cómo a mi izquierda Gonzalo gira la cabeza un milímetro, con la espalda rígida. Veo cómo a mi derecha el rostro de Ignacio, por primera vez en toda la comida, deja de ser un mármol: un instante apenas, como una grieta que no se quiere reconocer.

—Inés —corrige, con una risa corta, de viejo—. Perdona. Qué cabeza tengo. A mi edad se confunden los nombres.

—Tío —murmura Gonzalo, con un tono muy suave.

Levanto la taza de café y bebo un sorbo. Está tibio, ligeramente amargo. Dejo la taza en el platillo con un tintineo limpio.

—No se preocupe —digo—. A mi madre le pasa constantemente.

*   *   *

Pido ir al baño. Gonzalo se ofrece a acompañarme hasta la puerta, y yo le sonrío y le digo que conozco el camino, aunque no es cierto.

La mujer de gris me indica un pasillo. Doy dos vueltas y me meto en un aseo pequeño, forrado de azulejos antiguos, con una ventana de vidrio esmerilado.

Cierro con pestillo. Abro el grifo para que suene el agua.

Me quedo de pie, con las manos en el lavabo, respirando.

A mi edad se confunden los nombres.

Saco el móvil del bolso, aún con la grabadora corriendo. Detengo la grabación con el pulgar y subo el volumen. Reproduzco los últimos segundos del comedor: el tintineo de la taza, la risa de Ignacio, mi propia voz tranquila. Funciona. Lo tengo todo.

Solo me falta salir. Cuando me incorporo para abrir el pestillo, oigo voces al otro lado de la pared, en el pasillo, dos hombres que hablan en voz muy baja, convencidos de que el rumor del agua los protege.

—Ya lo sabe —dice Gonzalo.

—No lo sabe aún. Solo sospecha. —Es la voz de Ignacio, seca y desprovista ahora de todo el barniz de abuelo—. Y no firmará.

—¿Y entonces?

—Entonces hay que hacer algo con el chico.

Se me para el corazón.

—Ya está en marcha —responde Gonzalo.

Una pausa. Luego, con una frialdad que jamás le había oído, un tono bajo y plano, el de quien habla de un asunto de intendencia:

—Antes del viernes.

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