Capítulo 15
Al abrir la puerta del ático huele a ajo y a romero.
Hay música baja, un cuarteto de cuerda, y la mesa del comedor está puesta para dos, con las copas de cristal bueno, el mantel de lino blanco y una vela encendida en el centro.
Gonzalo sale de la cocina con un delantal azul y un cucharón en la mano.
—Justo a tiempo. He hecho cordero.
Le sonrío. Es la sonrisa de las sesiones difíciles, que ya me sale sola, como respirar. Dejo el bolso en el recibidor con una naturalidad estudiada: dentro, entre el pañuelo y el monedero, el cuaderno de tapas azules pesa como una piedra de río.
Es entonces cuando veo el aparador.
Sobre la madera oscura, junto a una bandeja de plata que nunca se usa, descansa mi teléfono móvil. Apagado, con la funda negra, tal como lo dejé hace tres días en el cajón del consultorio. Y a su lado, boca abajo, hay un rectángulo de papel fotográfico.
No me muevo.
—Fui a buscarte el sábado —dice Gonzalo desde la cocina, sin alzar la voz, mientras remueve algo con el cucharón—. Tenías el teléfono apagado y empecé a preocuparme. Perdóname: abrí el cajón.
Un silencio breve. El cordero chisporrotea en el horno.
—Llevas razón en enfadarte. Pero soy tu marido, Inés, y llevas semanas sin dormir, sin comer, hablando sola en tu consultorio. Tenía derecho a saber qué te estaba pasando.
Doy tres pasos hasta el aparador. Giro la fotografía con dos dedos.
La chica del embarcadero. El bañador amarillo, las rodillas contra el pecho, el pelo mojado, la mandíbula apretada. Mi cara a los diecisiete años, mirándome desde un papel que huele todavía a fijador.
—Las otras tres están guardadas —añade con la misma dulzura—. En un sitio seguro. Esta te la dejo porque creo que te pertenece.
Se me seca la garganta. Pienso en cien frases. Escojo la más inofensiva.
—¿Has estado en mi consultorio?
—Sí.
—¿Y el reloj? —pregunto, y sé al instante que no debía haberlo preguntado, que acabo de ponerme a mí misma delante de un espejo.
Gonzalo aparece en la puerta de la cocina. Se quita el delantal con un gesto tranquilo, lo cuelga del respaldo de una silla y se sienta a la mesa, frente a la vela.
—Siéntate. Vamos a cenar. Y después te lo cuento todo.
* * *
Cenamos. Es lo más extraño de toda la noche: comemos cordero asado, bebemos un rioja de 2010 que él ha abierto media hora antes para que respirase, y hablamos del tiempo y de la lista de invitados para la boda de un sobrino.
Su mano se acerca a la mía por encima del mantel.
La acepto. Dejo que me acaricie los nudillos con el pulgar, que es el mismo pulgar que toca su reloj cuando miente.
A los postres, cuando ya hemos retirado los platos, Gonzalo entrelaza los dedos sobre la mesa y me mira de frente.
—Te mentí en una cosa. Solo en una.
Espero.
—No nos conocimos en Navidad de 2003. —Hace una pausa, como el que da un paso en falso a propósito—.
Te conocí antes. En agosto de 2001. Estuve en la casa de tus padres ese verano, en Segovia.
Me había invitado tu padre, con quien mi tío Ignacio trabajaba, y fui para unas semanas.
Estaba allí el día en que murió tu hermana.
No es lo que esperaba. Es mucho mejor, y mucho peor: una verdad con aristas pulidas, ofrecida con las dos manos.
—¿Por qué no me lo has dicho nunca?
—Por vergüenza. —Baja los ojos. Es la primera vez que le veo bajar la mirada en veintidós años—.
Porque no la salvé. Porque llegué tarde.
Porque cuando por fin llegamos al embarcadero ya solo estabas tú, de rodillas, empapada, gritando.
—Respira—. Y yo me prometí que cuidaría de ti.
Para siempre. Que haría lo que hiciera falta.
Lo dice con una convicción tan limpia que, por un segundo, casi le creo.
La voz de Remedios resuena en mi cabeza como un eco desde el fondo de un pozo. Don Ignacio se agachó delante de ti y te dijo: a partir de este momento eres Inés. El muchacho del reloj, que ya andaba por la casa. Estaba allí. Siempre estuvo allí.
No se lo digo. Hago lo que mejor sé hacer: hago que mi cara sea una pared agradable.
—Hiciste bien en protegerme —murmuro.
—Lo sé. —Alarga la mano y me toma la barbilla, con delicadeza—.
Y ahora te pido que me dejes seguir haciéndolo.
Ese chico, Álex, no es quien dice ser. Lleva meses jugando contigo.
Hay gente que se aprovecha del dolor ajeno, Inés.
—Su pulgar acaricia mi mejilla—. Mi tío quiere verte.
Lleva semanas diciéndome que le gustaría hablar contigo, explicarte lo que pasó, enseñarte los papeles.
Come con nosotros el miércoles. En su casa de Serrano. ¿Vendrás?
Me quedo mirando la vela. La llama se curva hacia mi lado, como si yo respirase más fuerte de lo que creo.
—Iré —digo.
—Gracias. —Sonríe, y por fin su rostro es el que ha sido siempre, afable, impecable, el del abogado que gana sus pleitos con un gesto de cansancio—. Todo va a salir bien.
* * *
A las tres de la madrugada sigo despierta. Gonzalo duerme de lado, con la respiración lenta y el reloj puesto, como todas las noches, su silueta recortada contra la luz azul de la calle. Me levanto sin hacer ruido y voy al baño.
No enciendo la luz. Abro el grifo del lavabo, tapo el desagüe y dejo que el agua suba.
Sube despacio, con un murmullo constante, y yo me quedo allí de pie, descalza sobre las baldosas frías, con la mano izquierda apoyada en el borde de porcelana.
Sube hasta el nivel donde siempre he cerrado.
Lo sobrepasa. Llega al borde mismo, y tiembla, y se mantiene, redondo, por pura tensión.
Me obligo a meter la mano.
Está helada. Dura apenas tres segundos. La saco con un jadeo, y el agua se desborda sobre el mármol y corre por el suelo hasta mis pies.
Levanto la vista. Hay un espejo sobre el lavabo, uno de esos espejos grandes, sin marco, que Gonzalo mandó colocar cuando nos mudamos y que yo llevo años evitando sin saber por qué. Hoy no tengo escapatoria. Me miro.
Una mujer de cuarenta y dos años, con los ojos hundidos, el pelo revuelto, un camisón blanco. En la oreja izquierda, a contraluz, una línea fina y clara.
—Soy Inés —digo en un murmullo.
Lo repito tres veces, como una oración, como una fórmula para que se cierre una puerta.
A la tercera, el reflejo parpadea antes que yo.
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