Capítulo 14
El domingo, mientras Gonzalo juega al pádel con sus socios en un club de La Moraleja, salgo de casa con un bolso pequeño y una excusa preparada para el caso de que me llame: Estoy en la peluquería, cariño, hay cola. No me llama.
Tomo tres metros. Me bajo en la penúltima parada y subo en la siguiente, con el corazón en la boca, como en una película mala.
Cambio de vagón dos veces. Paro un taxi en Plaza de Castilla, le doy una dirección que no es la mía, me bajo a los cuatrocientos metros y paro otro.
Si alguien me sigue, a estas alturas es porque ha decidido seguirme con una paciencia que yo no sé combatir.
En Chamartín recojo el cuaderno de la consigna treinta y uno. Pesa lo mismo que antes. Lo meto en el bolso, entre un pañuelo y un monedero, y me subo al regional de Ávila de las diez y veinte.
El campo de Castilla pasa a los lados del tren, rojizo y ralo, con sus encinas aisladas, sus muros de piedra seca, sus ovejas inmóviles.
Pienso en lo que le voy a decir a una anciana de ochenta y siete años con alzhéimer.
Pienso en qué se puede preguntar a quien ha perdido la mitad de los nombres.
Al final, no pienso nada. Me quedo mirando mi reflejo en el cristal, un rostro cansado de cuarenta y dos años, y busco en él algo que no encuentro.
* * *
La residencia de Remedios Calvo se llama Nuestra Señora de Sonsoles y ocupa un antiguo convento de piedra gris, con claustro y fuente seca. Una mujer de mi edad, de ojos redondos y expresión recelosa, me recibe en el vestíbulo y se presenta como Lourdes, la sobrina.
—Álex me avisó de que vendría —dice, sin sonreír—. Ya le adelanto que hoy no es un buen día.
—No importa. Solo quiero verla.
Lourdes me conduce por un pasillo largo con olor a sopa y a desinfectante.
En un solárium acristalado, junto a un ventanal que da a las murallas de la ciudad, hay un sillón de mimbre con una anciana diminuta envuelta en una chaqueta de punto.
Tiene el pelo blanco peinado hacia atrás, las manos como pájaros dormidos sobre el regazo, y una mirada clara, sorprendentemente joven, clavada en algún punto del vidrio.
—Tita —dice Lourdes en voz alta—. Ha venido una señora a verte.
La anciana vuelve la cabeza despacio. Sus ojos recorren mi cara, mi pelo, mi abrigo. Se detienen en mi oreja izquierda.
Entonces sonríe, una sonrisa enorme, desdentada y llena de luz.
—Marta —dice—. Mi niña. ¡Has venido!
Siento cómo Lourdes se tensa a mi lado.
—Tita, no es…
—Déjela —digo.
Me siento en una silla frente a Remedios y le cojo las manos. Son pequeñas y frías, con las venas azules hinchadas bajo una piel casi transparente. Aprietan las mías con una fuerza que no esperaba.
—Hola, Remedios.
—¡Qué guapa estás! Qué mayor. —Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano—. Mira cómo te ha crecido el pelo. Te lo cortaron como el suyo, ¿a que sí? Te lo cortaron en la peluquería de Segovia, de un día para otro, y yo lloré en la cocina.
Se me enfría la sangre.
—¿Como el de quién?
—Como el de tu hermana, mujer. —Frunce un poco el ceño, como si la pregunta le pareciera absurda—.
Os lo cortaron igual. Lo mismo. Y esa oreja…
A ti te la cosí yo. ¿No te acuerdas? Te la partiste en el columpio del jardín, con seis años.
Mamá no quiso llevarte al médico por no armar jaleo y te la cosí yo, con hilo de bordar, sentada en la cocina.
Mira. —Con un dedo tembloroso me roza la parte alta de la oreja izquierda, justo donde tengo una cicatriz fina y blanca que he llevado toda mi vida—. Aquí. Es la cicatriz de Marta.
Me quedo helada.
De pequeña me contaron muchas veces la historia del columpio. La contaba mi madre con una sonrisa, sentada en el borde de mi cama, para que la repitiera cuando alguien me preguntara. Me la hice en el columpio. Nunca dije que me la hubiera cosido nadie. Nunca dije un nombre.
Lo que viene a mi cabeza, con una claridad que me marea, es que en cuarenta y dos años nunca me han mirado a los ojos al contarme esa historia.
—Remedios —digo despacio—. Tiene usted alzhéimer. A veces mezcla a las personas.
—No mezclo a nadie. —Me aprieta las manos—. Yo os conozco desde el día que nacisteis. A ti te llamaban Marta y a ella Inés, y no sé quién fue el idiota que decidió que no se os podía diferenciar. ¡Si erais tan distintas! Ella tan callada, tú tan… tan… —busca la palabra— …tan viva.
Traga saliva. Yo todavía no he abierto la boca para responder.
—Ese día —continúa, y su voz cambia, se vuelve más lenta, más honda—, el día que os fuisteis al embarcadero, yo estaba tendiendo en la parte de atrás.
Oí gritar. Fui corriendo y vi… —Se detiene.
Cierra los ojos—. Una sola salió del agua.
Arrastrándose. Empapada, de rodillas sobre las tablas.
Gritaba y gritaba. «¡Inés! ¡Inés!» Un nombre solo.
Se me para el aire en los pulmones.
—Y luego llegó el señor. Tu padre, y don Ignacio, y el muchacho aquel del reloj, que ya andaba por la casa.
Te levantaron y te taparon con una toalla.
La de rayas. Y don Ignacio se agachó delante de ti y te dijo: «A partir de este momento eres Inés.
¿Me oyes? Inés». —Abre los ojos, y están llenos de lágrimas, pero no lloran—.
Y tú dejaste de gritar. Como si te hubieran apagado.
Lourdes, a mi espalda, ha dejado de respirar.
—Hizo bien, ¿verdad? —pregunta Remedios con una voz de niña pequeña—. ¿Verdad que hicieron bien? Era lo mejor. Para todos. Para el niño también.
—¿Qué niño?
—El tuyo, hija. El que te quitaron en noviembre.
—Se inclina hacia mí con una lentitud cómplice—.
¿Lo has visto? ¿Ha vuelto? Vino a verme un chico, dos veces.
Con unos ojos… Tenía los ojos de don Ignacio, tal cual, tal cual.
Yo lo reconocí al momento, y no se lo dije, porque me habían hecho jurar sobre la Virgen que no hablaría nunca.
Se incorpora. Mira por el ventanal las murallas doradas por el sol, y sus manos se aflojan lentamente, como si le hubieran quitado de golpe el hilo que las sostenía.
—¿Quién es usted? —pregunta de pronto, con una cortesía perfecta, mirándome sin reconocerme—. Qué amable, haber venido a verme. Qué tarde tan bonita.
Se ha ido. Lo sé con la certeza de quien lleva veinte años leyendo la ausencia en las caras. Lourdes se acerca y le coloca la manta sobre las rodillas, sin mirarme. Yo me quedo mucho rato sentada, sin soltar sus manos, hasta que me doy cuenta de que ya no me las aprietan.
* * *
De vuelta en el tren, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas y la frente apoyada en el cristal, me llevo la mano a la oreja izquierda sin darme cuenta. El dedo encuentra la cicatriz, una línea fina, apenas un pliegue de piel.
Siempre me ha parecido pequeña. Hoy me parece enorme.
Remedios Calvo tiene ochenta y siete años y alzhéimer. Mezcla nombres, fechas, rostros. Es lo que me repito mientras el tren atraviesa la meseta, una y otra vez, como una oración.
No es cierto. Lo sé, y no lo digo.
No tengo hijos. Nunca los he tenido. Eso también lo sé.
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