La otra mitad Capítulo 13
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Capítulo 13

En Chamartín no salgo directamente a la calle. Me quedo de pie en el andén hasta que el tren se vacía, y luego bajo, en vez de a los taxis, a la zona de consignas automáticas, un pasillo de taquillas metálicas de colores chillones donde la gente deja maletas antes de decidir si se queda o se va.

Escojo la treinta y uno, a la altura de los ojos.

Meto el cuaderno de tapas azules envuelto en mi bufanda, pago con monedas, y la puerta se cierra con un pitido de plástico.

Me guardo el resguardo en el zapato. Es una precaución absurda, un eco de otra taquilla, de otra llave, de otra época, y aun así es lo único que me tranquiliza.

Llego a casa a las doce y veinte.

Gonzalo está sentado en la penumbra del salón, con una taza de leche caliente entre las manos y una manta sobre las rodillas, como un hombre que ha pasado la tarde esperando a que le llegue una noticia. Cuando abro la puerta, levanta la cabeza. No parece enfadado. Parece cansado.

—Ya estás aquí.

—Pilar quiso tomar algo más —digo, y cuelgo el abrigo.

—Claro.

No me pregunta dónde he estado. No me pregunta por qué huelo a tren y a humedad, ni por qué tengo las uñas negras de polvo. Se levanta, deja la taza sobre la mesa y me abraza. Es un abrazo largo y firme, que me hace sentir, durante un instante, que alguien me sostiene de verdad.

Sus manos bajan por mi espalda. Se detienen un segundo en los costados, en el forro del abrigo que ya no cuelga de mis hombros, en las costillas donde hace unas horas llevaba un cuaderno. No hay nada. Lo sabe, porque lo ha comprobado.

—Estás helada.

—Hace frío en la calle.

—Hay cosas que es mejor dejar enterradas, Inés. —Lo dice con la boca pegada a mi pelo, como si me contara un secreto doméstico—. Las que hizo tu madre, las que hice yo, las que hiciste tú. Todas tienen derecho a descansar.

Las que hiciste tú.

Me separo de él con suavidad. Le sonrío con la sonrisa que solo uso en las sesiones difíciles.

—Voy a acostarme.

—Buenas noches, cariño.

En el dormitorio me desnudo a oscuras, me meto en la cama y miro el techo hasta que el sueño llega a las cinco, con un ruido de motor en la calle que podría ser un coche gris o podría no serlo.

*   *   *

Solo tengo una forma de ponerme en contacto con Álex fuera del consultorio: el correo con el que pidió cita, que apunté la primera noche y que aún guardo en la cabeza como se guarda una dirección que no se piensa visitar.

Escribo desde un locutorio de la calle Bravo Murillo, en un ordenador que huele a café frío, pagando por horas, con un nombre falso en el registro.

Sábado, 11:00. Palacio de Cristal, Retiro. Sola.

No firmo. Dejo el mensaje en la bandeja de enviados, junto a los pocos que he escrito en mi vida sin firma, y me voy sin esperar respuesta.

El Palacio de Cristal, a esa hora de un sábado de octubre, está lleno de niños con patinetes, parejas con termos y fotógrafos aficionados que persiguen la luz sobre el estanque.

Entro, me siento en un banco del fondo, bajo la bóveda de vidrio, y espero.

Mi teléfono está apagado en el cajón del consultorio, a tres kilómetros de aquí.

Llevo gafas de sol que no necesito y un pañuelo que me tapa media cara.

Álex aparece a las once y cinco. Sin chaqueta vaquera, sin jersey de cuello alto: un anorak azul marino, la capucha puesta, las manos hundidas en los bolsillos. Se sienta a mi lado y no dice nada.

—He leído el cuaderno —digo.

Asiente despacio.

—¿Hasta dónde?

—Hasta el final. —Mis dedos se enredan en las asas del bolso—. Faltan páginas.

—Cinco. —Mira al frente, hacia el agua inmóvil—. Lo supe cuando abrí el cajón por primera vez, en mayo. Alguien las arrancó con una cuchilla. Con mucho cuidado.

—¿Quién?

—Alguien que sabía lo que ponía. Y que quería que lo que ponía no se supiera.

El rumor de un niño que corre detrás de una paloma llena el silencio entre los dos. Respiro. Pienso en cómo pronunciar la pregunta sin que me tiemble la voz.

—Álex, ¿qué relación tiene usted con mi hermana?

Tarda en contestar. Cuando lo hace, su voz es muy suave.

—Ya le dije que busco una verdad. Una verdad sobre alguien que desapareció en agosto de 2001. —Gira por fin la cabeza hacia mí—. Y que no sé si desapareció del todo.

—Marta se ahogó.

—Eso dice la lápida. Eso dicen los periódicos de Segovia, el parte del juzgado y el certificado de defunción que he conseguido. —Una pausa breve—. Todos dicen que se ahogó Marta. Pero hay una persona que lleva veinticinco años contando una versión distinta, y nadie la ha escuchado.

—¿Quién?

—Remedios Calvo. Cuidó de la casa de la Judería desde antes de que usted naciera hasta el verano de 2001. Ahora tiene ochenta y siete años, vive en una residencia de Ávila y, según su sobrina, a veces cuenta cosas que nadie cree porque tiene alzhéimer.

Siento el frío del cristal en la espalda.

—Entonces nadie debería creerla.

—Quizá. —Se encoge de hombros—. Pero yo fui a verla.

Dos veces. Una mañana, mientras desayunaba, me cogió de la muñeca y me dijo, sin que yo le preguntara nada, que aquel día en el embarcadero vio salir del agua a una sola de las dos.

Y que esa niña, empapada, de rodillas, no gritaba su propio nombre. Gritaba el de la otra.

El aire en el Palacio de Cristal se hace pesado.

—Eso no significa nada.

—Quizá no. —Vuelve a mirar al frente—. Pero hay algo más.

En su expediente de la Facultad de Psicología, el que consta en la Complutense desde 2002, usted entró con un doce con ocho en el examen de Ciencias.

Marta sacaba matrículas en Letras. Su diario está lleno de poemas.

Quería ser escritora. Ni una sola línea habla de neurología.

Se queda callado un instante.

—Y usted lleva veinte años siendo la mejor psicóloga clínica que conozco.

El corazón me late tan fuerte que casi no lo oigo.

Estoy a punto de decir basta . Estoy a punto de levantarme, de marcharme, de no volver nunca.

Pero en ese momento, entre los árboles, al otro lado del cristal, veo a un hombre de abrigo largo que se detiene junto a un puesto de globos y mira, con exagerada atención, un reloj que lleva en la muñeca.

No es Gonzalo. Es más bajo, más joven. Pero lleva el mismo gesto, el mismo rodeo cuidadoso de quien finge no mirar.

—Álex —murmuro—. Nos siguen.

—Lo sé. Lleva cuarenta minutos detrás de mí. —Se levanta sin prisa, se sube la capucha, y por primera vez me sonríe, una sonrisa pequeña y triste—. Vaya a Ávila, Inés. Hable con Remedios. Pregúntele cómo se llamaba la niña que salió del agua.

—¿Y usted?

—Yo tengo que desaparecer una temporada. Si quiere encontrarme, deje una nota en la casilla 14. —Duda—. Ya sabe cuál.

Se aleja por el lateral del palacio, mezclándose con un grupo de turistas, y en dos minutos ya no queda de él más que el eco de una cremallera.

Me quedo sentada en el banco. Bajo los pies, entre las baldosas, se ha colado una raíz fina y oscura que busca la luz. La miro durante mucho rato.

Luego me levanto, salgo a la calle por la puerta opuesta y, sin volver la cabeza, camino hacia el metro.

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