Capítulo 12
Hay una cosa que debería haber dicho hace mucho.
No hablo de ella. No he hablado de ella en veinticinco años: no con Gonzalo, no con mis pacientes, no con la psicóloga a la que fui durante dos años, y a la que le conté tantas cosas, salvo esa.
Cuando alguien me pregunta cuántos hermanos tengo, respondo ninguno con una rapidez que a veces me avergüenza.
No es mentira, exactamente. Es el único modo que he encontrado de seguir viva.
Lo digo ahora porque el cuaderno que llevo sobre las rodillas es el suyo, y porque el tren acaba de atravesar un túnel y su nombre ha dejado de ser una palabra que no se pronuncia para convertirse en una cosa que me mira desde la página.
La letra es la suya. Era también la mía: éramos idénticas en todo, hasta en la forma de cerrar la ese como un ojo. Nuestra madre decía que no había maestro capaz de distinguir nuestros deberes. Yo le daba la razón.
Paso la hoja de guarda. No es un diario con fechas ordenadas, sino un cuaderno escrito a ráfagas: páginas enteras, líneas sueltas, tachaduras, un dibujo a medias de un pájaro.
Elijo una entrada al azar y la leo con las dos manos agarradas al cuaderno, como se lee una carta de alguien que ya ha muerto.
* * *
28 de junio.
Mamá nos ha traído a la casa de la Judería para «pasar el verano en familia». Traducción: dos meses de rosario por las tardes y de embalse por las mañanas. Inés dice que soy una dramática. Inés tiene razón casi siempre; es lo único que le perdono.
Somos la misma persona dos veces. Eso dice papá cuando está contento. Cuando está de mal humor dice que somos una sola persona mal repartida: ella se llevó la cabeza y yo el corazón. Prefiero no preguntar quién se llevó lo demás.
* * *
He leído «Inés» y he sentido un mareo. El nombre en esa letra, que es la mía, me ha parecido un nombre que alguien lleva puesto.
Sigo.
* * *
15 de julio.
Ha llegado G. a pasar el mes con papá. Estudia Derecho en Salamanca, dice que es becario del bufete del tío Ignacio, y tiene un reloj demasiado viejo para sus veintidós años. Mira a Inés cuando cree que yo no miro. Pero a veces me mira a mí, y no sabe a cuál de las dos está mirando.
Nos confunde. Nos divierte. A mi hermana, no.
* * *
Un pellizco en la nuca. G. Un reloj viejo. Salamanca.
Doy la vuelta a la hoja con cuidado, porque el papel es tan quebradizo que temo que se deshaga.
* * *
3 de agosto.
Hoy hemos jugado a nuestro juego de siempre. Yo me he puesto su bañador y ella el mío, y hemos salido las dos al embarcadero haciéndonos pasar la una por la otra. G. ha tardado una hora en darse cuenta. Cuando nos ha descubierto se ha reído, pero ha sido una risa rara.
Luego ya no se ha reído.
Inés dice que no volvamos a hacerlo. Dice que hay juegos que se acaban solos y que este lleva años acabado. Yo le digo que los juegos no se acaban, que se heredan.
* * *
El tren frena. Alguien, en algún lugar del vagón, tose. Yo sigo inmóvil, con el cuaderno abierto, en una especie de calma anestesiada. No es dolor. El dolor vendrá después. Es la calma de la persona que ha tirado de un hilo durante semanas y de pronto ve cómo se mueve la tela entera.
Hojeo. Hay páginas con garabatos, con listas, con letras de canciones.
Hay una página dedicada a la lista de la compra de la casa, escrita con una caligrafía infantil, probablemente de Marta bromeando.
Hay una línea suelta, subrayada tres veces: «No es justo que solo una de las dos pueda irse».
Y otra, más abajo, que no entiendo: «Cuando se entere de lo del niño, dejará de mirarme así».
Paso a la siguiente entrada con el pulso desbocado.
* * *
10 de agosto.
He decidido contárselo todo a Inés. Lo que sé de G., lo que me dijo en julio, lo que él cree que yo no recuerdo. Y lo otro. Lo que mamá ha escondido en el armario de nuestra habitación, y por qué.
Voy a esperar a un día tranquilo. El 14 llevaremos las dos toallas al embarcadero, la amarilla y la de rayas, y hablaremos hasta que se ponga el sol. Quiero que sea la última vez que me mire como si yo fuera una desconocida.
* * *
La cuarta hoja que sigue está en blanco. La quinta también. Paso el pulgar por el lomo del cuaderno y encuentro lo que temía: un borde irregular, de papel arrancado con mucho cuidado, a ras de costura. Faltan páginas. Cuatro o cinco, no más. Las que habrían contado el 11, el 12, el 13.
Únicamente queda una, la última, pegada al reverso de la contraportada con cinta amarilla desteñida, como si la hubieran guardado ahí a propósito. Una sola línea, escrita deprisa, con una letra más torcida que las anteriores:
14 de agosto, por la mañana. Mañana, cuando Inés se meta en el agua, se lo diré todo.
Lo leo una vez. Lo leo dos.
El tren entra en la estación de Chamartín con un chirrido largo. Los pasajeros se levantan, descuelgan sus maletas, se abrochan los abrigos. Yo no me muevo.
Marta era la que nadaba. Marta fue la que se ahogó. Yo no sabía nadar. Lo he dicho a todo el mundo, durante veinticinco años, sin una sola vacilación.
Pero esta letra, redonda, inclinada hacia la izquierda, con la ese cerrada como un ojo, ha escrito la noche del 14 de agosto una frase que no tiene sentido.
Cuando Inés se meta en el agua.
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