Capítulo 11
Tengo unos segundos. Lo sé con la lucidez extraña de quien ya ha vivido esta escena, aunque no recuerde cuándo.
El cajón se desliza hacia fuera con un susurro de madera seca.
Debajo del fondo falso, forrado con una tela verde que se deshace entre los dedos, hay un solo objeto: un cuaderno de tapas azules, de los que se vendían en los estancos cuando yo era niña, con una goma elástica negra cruzada sobre la cubierta.
Lo cojo. Pesa menos de lo que debería. Lo meto dentro del abrigo, contra las costillas, y cierro el cajón sin el menor ruido.
Abajo suena el crujido de una puerta que se abre del todo.
—Buenas noches —dice la voz de Gonzalo, grave, afable, como si entrara en la sala de un juzgado—. Disculpe la hora. Vengo a buscar a mi mujer.
—Aquí no hay nadie, señor. —La voz de Nuria tiembla, pero no cede—. Yo solo he venido a airear la casa de la señora Carmen.
—Claro. Qué detalle.
Oigo los pasos de Gonzalo en las baldosas del recibidor. Son pasos tranquilos, medidos, los de un hombre que sabe adónde va. No explora, no mira alrededor. Se dirige a la escalera.
Me tiro al suelo. Entre la cama hecha y la pared hay un hueco de veinte centímetros, la altura exacta de un cuerpo delgado que se aplasta contra el parqué. Me meto debajo del somier, boca arriba, con el cuaderno en el pecho y la linterna apagada en la mano, y contengo el aliento.
La escalera cruje. Una vez. Dos. Tres.
Los pasos se detienen en el rellano. Una puerta se abre: la del baño. Se cierra. Otra: la del dormitorio de mis padres. Se cierra también. Luego, la tercera, la del fondo, la que yo he dejado entreabierta. El pomo gira sin el menor quejido.
Una luz tenue, la de la linterna de un móvil, barre la habitación y se pierde entre las flores amarillas del papel pintado. Veo sus zapatos. Mocasines de piel marrón, impecables, con un poco de barro pegado en la suela de la calle. Se acercan a la cama. Se detienen a un palmo de mi cara.
El somier se hunde de golpe sobre mí. Gonzalo se ha sentado.
Su peso me aplasta el esternón, y los muelles me rozan la nariz. Aprieto los dientes tan fuerte que me duelen las encías. Huelo su colonia, sándalo y cuero, el olor de la casa donde duermo desde hace veintidós años.
Durante un tiempo que no sé medir, no pasa nada. Solo su respiración, pausada, regular, y a lo lejos un reloj de pared, en alguna casa vecina, dando una hora que no alcanzo a contar.
—Siempre pensé que esta habitación era demasiado pequeña para dos —dice por fin.
Lo dice en voz baja, para sí, o para la habitación. No hay dirección en sus palabras. Pero la frase se cuela debajo del colchón como un frío.
—Demasiado pequeña. Demasiado sombría. —Hace una pausa—. Qué ideas se tienen a los veintidós años.
Se me para el pulso. Veintidós. En agosto de 2001 Gonzalo tenía veintidós años.
Silencio otra vez. El somier cruje cuando se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas. Oigo cómo se frota las manos despacio, una contra otra, con un roce de piel seca.
—Inés —dice, más alto, con una ternura que me revuelve el estómago—. Sé que estás aquí.
No me muevo. No respiro.
—No pasa nada. Estas cosas se hablan. —Hace otra pausa, de las que se hacen en los tribunales para dejar que el testigo se hunda solo—. Sea lo que sea lo que te haya dado ese chico, sea lo que sea lo que hayas encontrado, tráemelo. Lo hablamos en casa, con calma. No quiero que te hagas daño.
Suspira.
—Nunca se te ha dado bien esconderte, cariño.
El somier se alivia de golpe cuando se levanta. Los mocasines giran sobre el parqué. Se alejan hacia la puerta. Al llegar al umbral, se detienen una vez más.
—Cuando termines —dice a la habitación vacía—, cierra con llave. Esta casa lleva muchos años cerrada por algo.
Se va. Baja la escalera con la misma calma con la que ha subido. Oigo un intercambio breve en el vestíbulo, la voz de Nuria cortada y asustada, la de Gonzalo cortés y agradecida. La puerta de la calle se cierra. Un motor arranca a lo lejos y se desvanece.
Pasan cinco minutos antes de que me atreva a salir. Cuando por fin salgo reptando de debajo de la cama, tengo la camisa empapada de sudor y un temblor en las manos que no consigo parar. Nuria sube a trompicones, sin aliento, y se queda en la puerta con la linterna del móvil apuntando al suelo.
—Se ha ido, doctora. Se ha ido. —Se lleva una mano al pecho—. Yo no sabía qué hacer. Le he dicho que no había nadie. Me ha dado las gracias, ¡las gracias!, y se ha ido tan tranquilo. Como si ya lo supiera todo.
Como si ya lo supiera todo.
No contesto. Solo la miro y le doy las gracias con una sonrisa que me sale torcida, y le prometo que mañana la llamaré. Cerramos la casa con las tres llaves. Bajamos la cuesta de la Judería sin hablar, bajo las farolas amarillas de una ciudad que se acuesta temprano.
* * *
El último tren a Madrid sale a las diez y diez. Me acomodo en un asiento de ventanilla, en un vagón casi vacío, con el abrigo cerrado hasta el cuello, y espero a que el campo oscuro empiece a correr tras el cristal para sacar el cuaderno.
La goma negra está tan seca que se parte entre mis dedos. Las tapas azules, desteñidas en las esquinas, huelen a humedad y a lavanda. No pesa nada, y sin embargo mis manos lo sostienen como si fuera de plomo.
Abro la cubierta.
La primera página tiene un solo renglón, escrito con bolígrafo azul, con una letra redonda, inclinada hacia la izquierda, con la ese cerrada como un ojo.
Este diario pertenece a Marta Aldama Ferrer. Si lo encuentras, no lo leas. Si lo lees, perdóname.
Volver al índice