La otra mitad Capítulo 10
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Capítulo 10

Le digo a Gonzalo que ceno con Pilar. Es una mentira tan sencilla que casi me ofende. Él me besa en la mejilla, me dice que me abrigue, que va a haber helada, y me da las buenas noches con un cariño tan perfecto que me hace querer gritar.

Dejo el móvil en el cajón del consultorio, apagado, junto a las fotografías.

Compro el billete de tren en efectivo, en la ventanilla de Chamartín, y viajo en el vagón de cola con el cuello del abrigo subido.

Segovia-Guiomar, treinta minutos de campo oscuro y luces lejanas.

Un autobús casi vacío me deja en el Azoguejo cuando ya ha anochecido del todo.

El Acueducto está iluminado, enorme, de un naranja cálido que sube por los arcos y se pierde en la noche.

Hay turistas que se hacen fotos, una pareja que se besa bajo un pilar, un vendedor de castañas que recoge su puesto.

Me detengo un segundo. Es la primera vez en veinticinco años que miro este monumento sin apartar la vista, y siento un vértigo parecido al que sentiría un viajero que regresa a un país del que tuvo que huir de niño y descubre que lo recuerda todo, hasta el olor de las piedras.

Nuria me espera en la terraza cerrada de un café, con un abrigo rojo y una bolsa de tela colgada del hombro. Sin el uniforme de la residencia parece más joven y más asustada.

—Doctora. —Me abraza otra vez, con brazos cortos y apresurados—. No sé si hago bien.

—Gracias por venir.

—Ese chico me pidió que no hiciera preguntas, y yo no las hago. Pero esa casa… —Se muerde el labio—. Nunca me ha gustado, y eso que solo la he visto por fuera.

Saca de la bolsa un llavero con tres llaves antiguas, de hierro, atadas con un cordel.

—Me las dio su madre hace dos años, un día que estaba muy lúcida. Me cogió las manos y me dijo: «Cuando vuelva la niña, que las abra ella» . Yo creí que hablaba de usted.

—Es lo que debe de haber sido.

Nuria me mira un segundo más de lo necesario. Luego asiente, me aprieta la mano y se ofrece a acompañarme hasta la puerta.

Caminamos por calles empedradas, subiendo hacia el barrio de la Judería, entre casas bajas de piedra y balcones de hierro forjado.

Nuria me va contando cosas pequeñas, como si el silencio le pesara: que su marido trabaja de camionero, que su sobrina estudia Enfermería en el hospital, que su gato se llama Churrito.

Yo la escucho a medias. Cada paso hacia la casa de mi infancia es un paso por un territorio que mi cuerpo conoce mejor que yo.

*   *   *

La calle de la Judería Vieja baja en cuesta entre muros de piedra, estrecha como una grieta.

El número nueve es una casa de tres plantas con los postigos cerrados, el yeso desconchado y una hiedra negra que sube hasta el alero, como si la fachada estuviera siendo devorada despacio.

La placa de la puerta está tan oxidada que no se lee el apellido. No hace falta.

La segunda llave entra sin resistencia. La puerta cede con un quejido largo, y el olor me golpea antes que la oscuridad: humedad, cera vieja, algo dulce y rancio, como la ropa guardada demasiado tiempo en un baúl.

—Yo me quedo fuera —dice Nuria, sin que yo se lo pida—. Si necesita algo, grite.

Enciendo la linterna pequeña que he traído del consultorio, de las que uso para mirar la garganta a los niños que no llegan a abrir la boca.

El haz de luz recorre un recibidor de baldosas hidráulicas, un perchero de roble, una escalera de madera con pasamanos tallado.

Todo está cubierto por sábanas blancas, como los muebles de una casa en la que alguien ha muerto.

Avanzo despacio. Mis pasos levantan un polvo que flota en el haz de luz como una nevada diminuta.

Lo primero que advierto es lo que falta.

En las paredes del pasillo hay marcas más claras, rectángulos de pintura intacta, de distintos tamaños, donde antes colgaban cuadros y fotografías.

Decenas. Los clavos siguen allí, oxidados, como dientes de un animal pequeño.

No queda un solo marco. Alguien se llevó todo lo que había en esas paredes, con cuidado, con prisa o con ambas cosas, hace mucho tiempo.

Únicamente en la sala, sobre la chimenea, sobrevive una fotografía: la boda de mis padres, en blanco y negro, mi madre joven con un velo que le cae hasta los codos, mi padre mirando a cámara con el gesto serio de los hombres de su época. Ni una foto más. Ni una sola imagen de mí.

Sube por mi garganta una cosa pequeña y dura. La trago.

En el salón hay un piano. Cubierto con una sábana, entre un sofá de terciopelo y un armario de roble.

Levanto una esquina de la tela y toco una tecla, sin pensarlo.

El Do suena desafinado, hueco, como una nota dicha en sueños.

Y de pronto, sin aviso, estoy viendo unas manos sobre ese mismo teclado: unas manos pequeñas, de uñas cortas, que tocan con mucha seriedad una pieza fácil, equivocándose siempre en el mismo compás.

No son mis manos. Lo sé con la misma certeza con la que sé mi nombre. Pero no sé de quién son.

La cocina, al fondo, huele a gas viejo. Hay una mesa de formica con dos sillas, y sobre la mesa, dos tazas de loza descascarillada, boca abajo, secándose desde hace un cuarto de siglo.

Dos.

Paso de largo.

Subo la escalera tocando solo el pasamanos. En el rellano de la primera planta hay tres puertas: un baño cerrado, un dormitorio grande que debe de haber sido el de mis padres, y al fondo, entreabierta, una habitación más pequeña. Mi mano sabe qué puerta es antes de que yo se lo ordene.

Empujo con los dedos.

Es una habitación infantil, aunque ya no es una habitación de niñas: un papel pintado de flores amarillas, desteñido; una ventana con los postigos echados; un armario de madera clara, empotrado en la pared. Y dos camas. Estrechas, de hierro, pegadas a paredes opuestas, con una mesilla entre ambas.

Una está desnuda, con el colchón enrollado a los pies. La otra está hecha, con la colcha blanca tirante, como si alguien hubiera venido a arreglarla esta misma mañana.

Decido que una de las camas es para las visitas. Es una decisión rápida, razonable y sin la menor importancia.

Sobre la colcha hay un bulto pequeño. Me acerco.

Un bañador amarillo, doblado en cuadrado perfecto.

Lo cojo. La tela está seca, quebradiza, y huele a cloro viejo y a lavanda. El elástico de la cintura me pica en la yema de los dedos, y por un instante tengo seis años, once, diecisiete, y alguien me aprieta el cuello con las dos manos y no sé por qué.

Me siento en el borde de la cama hecha con el bañador sobre las rodillas.

Respiro hasta que se me pasa el mareo. Entonces veo, bajo la mesilla de noche, algo que ha estado ahí todo el tiempo: un par de chanclas azules, de goma, de talla pequeña.

Una pareja casi nueva, no gastada, como si su dueña no hubiera tenido tiempo de usarlas.

Entre los pliegues del bañador asoma una esquina de papel. La saco. Es una hoja de cuaderno cuadriculada, doblada en cuatro, con una caligrafía apretada que ya conozco.

Gracias por venir. En el armario hay un cajón con doble fondo. Está en la balda de abajo, a la izquierda. La llave es la tercera del llavero. No se lo cuente a Nuria. —A.

Me arrodillo frente al armario. La tercera llave entra en una cerradura casi invisible, escondida detrás de la moldura. Giro.

En ese mismo instante, abajo, la puerta de la casa se cierra con un golpe seco.

Se me para el corazón. Apago la linterna. Oigo unos pasos rápidos en el vestíbulo, y luego la voz de Nuria, muy baja, entrecortada, que sube por el hueco de la escalera como un hilo de humo:

—Doctora. Hay un coche gris en la esquina. Y un señor de abrigo largo que viene hacia aquí. Dice que es su marido.

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