La otra mitad Capítulo 9
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Capítulo 9

Bajo a la calle sin abrigo. No sé por qué lo hago: quizá porque el frío me obliga a tener un cuerpo, y un cuerpo es lo único que no puede disimular nada.

Cruzo Zurbano entre dos coches, con las luces de emergencia del gris parpadeando delante de mí como un pulso lento, y me detengo junto a la ventanilla.

Gonzalo baja el cristal del todo.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días. —Mi voz sale mejor de lo que esperaba—. ¿Qué haces aquí?

—Pasaba por casualidad. Tenía una reunión a las nueve y he pensado que podíamos desayunar. —Sonríe—. Hace mucho que no desayunamos juntos.

La Castellana está en dirección contraria. Lo sabemos los dos. Y los dos sabemos que el otro lo sabe.

—Me encantaría —digo.

Aparca en un hueco imposible, a una manzana, y caminamos hasta una cafetería de esquina, de esas con las mesas de mármol y el camarero que te conoce de vista.

Gonzalo pide un café solo y una tostada con tomate.

Yo pido un té que no pienso beber. Él mira por la ventana, yo miro el cuaderno de notas que me he traído sin darme cuenta, y durante un par de minutos somos un matrimonio como cualquier otro.

Es una escena que he vivido cientos de veces. Él lee el periódico en el móvil, yo observo la calle. Entre nosotros hay una cestita de pan, un azucarero, un ramillete de servilletas dobladas en triángulo. Nadie, mirándonos desde otra mesa, imaginaría que uno de los dos sabe que el otro la escucha.

—Has madrugado —dice.

—Papeles pendientes.

—Siempre tienes papeles pendientes. —Parte la tostada en dos mitades exactas—. ¿Y cómo vas con eso de Segovia?

No me muevo. No parpadeo. No muevo ni un músculo de la cara, porque llevo veinte años enseñándole a la gente a no hacerlo.

—¿Qué de Segovia?

—Lo de tu madre. Los trámites de la residencia. Me comentaste algo… —Frunce un poco el ceño, con una vaguedad ensayada—. ¿O fue Pilar?

—No recuerdo haberte dicho nada.

—Entonces lo he soñado. —Se ríe, con esa risa corta que sabe a vino caro—. Estoy demasiado cansado, la verdad. Esta semana no he dormido.

Bebe un sorbo de café. Con el pulgar derecho se roza el reloj. Una vez. Dos veces.

Sé exactamente cuántas horas ha dormido Gonzalo esta semana: ocho, todas las noches, a mi lado, con la respiración de un hombre que no tiene remordimientos.

Sé también por qué está aquí. Me he oído decir en un consultorio vacío que el lunes a primera hora iría a Segovia a abrir una casilla inexistente, y a las siete y media de ese lunes él ha aparcado frente a mi ventana para comprobar si salía.

Ha mordido el cebo. No sabe que yo lo sé.

Por primera vez en cinco semanas, siento una especie de calma helada, parecida a la que debe de sentir un cirujano cuando por fin ve el tumor. No es alegría. Es la satisfacción oscura de tener, por una vez, la iniciativa.

—Cancela esta tarde —dice—. Te llevo a cenar. Hay un sitio nuevo en Chamberí que te gustaría.

—No puedo. Tengo pacientes hasta las nueve.

—Pues mañana.

—Mañana, quizá.

Nos miramos. Gonzalo es un hombre guapo, de rasgos sobrios y ojos castaños que ahora, bajo la luz cruda del bar, parecen hechos de un cristal sin fondo. Alarga la mano y la pone sobre la mía.

—Inés —dice con ternura—. Si hubiera algo que quisieras contarme, lo sabes, ¿verdad? Cualquier cosa.

—Lo sé.

—Cualquier cosa —repite.

Yo asiento, y lo dejo creer que lo he dicho en serio.

Cuando nos despedimos en la puerta del bar, me da un beso en la mejilla, y por un segundo, con su cara muy cerca de la mía, me parece verlo con una claridad insoportable: un hombre que ama a alguien y la vigila, que me cuida y me encierra, que ha pasado veintidós años construyendo una casa a mi alrededor sin preguntarse si yo quería vivir en ella.

No es un monstruo. Es peor. Es un hombre convencido de que lo que hace es amor.

*   *   *

El jueves, a las siete en punto, Álex entra en el consultorio con la misma cortesía de siempre. Esta vez soy yo quien se sienta primero, y antes de que él abra la boca, abro mi cuaderno por una hoja en blanco y escribo tres palabras con letra grande y clara.

NOS ESCUCHAN. EL RELOJ.

Giro el cuaderno hacia él.

Álex lee. No levanta la vista, no se vuelve hacia la pared, no hace ni la más mínima mueca. Solo asiente, muy despacio, y toma mi bolígrafo con dos dedos.

—Gracias por recibirme otra vez —dice en voz alta, con el tono más corriente del mundo, mientras su mano escribe—. Esta semana ha sido complicada en el trabajo.

Escribe: LO SÉ.

Se me seca la boca.

—Cuénteme —respondo, con mi voz profesional, mientras el bolígrafo cambia de manos—. ¿Qué ha ocurrido?

—Cosas pequeñas. —Y escribe otra vez, con letra apretada, casi caligráfica, mirando de reojo hacia la ventana—: Lo sé desde mayo. Me lo dijo la persona que me dio la llave.

Escribo yo: ¿QUIÉN?

—Hablaba de un compañero que me ha cambiado de turno —dice él en voz alta—. Y eso me ha puesto de mal humor, ya sabe.

Escribe: Ahora no. Aquí no. Pero tiene que ver lo que hay en la casa.

Me quedo helada con el bolígrafo en el aire. Álex, sin dejar de hablar de turnos y de compañeros inventados, mueve el cuaderno hacia mí y pasa la página con una mano segura. En la hoja siguiente ha escrito una dirección: Calle Judería Vieja, 9, Segovia.

Abajo, en otra línea:

Casa de su infancia. Cerrada desde 2001. Nuria tiene las llaves. Mañana, a las seis. Sin móvil.

Lo leo dos veces. Lo leo tres. Una calma fría me sube desde las rodillas hasta el pecho, la calma de quien lleva demasiado tiempo esperando una respuesta y descubre que la pregunta era más grande de lo que creía.

La conversación que sostenemos en voz alta, mientras escribimos, es una obra maestra de banalidad.

Hablamos del metro, del frío, de una receta de lentejas, del aburrimiento de ciertas reuniones.

Cada frase tiene la textura de lo dicho para ser grabado: neutra, trivial, inofensiva.

Y debajo de cada frase, sobre el papel, avanza el verdadero diálogo, en letras pequeñas, en una caligrafía que no podría oír ningún micrófono.

¿Qué sabes de Gonzalo?

Que estuvo allí.

¿Dónde?

Mañana.

¿Por qué yo?

Álex se queda mirando esa última pregunta durante mucho rato. Después, muy despacio, escribe una sola línea, que subraya dos veces:

Porque eres la única que puede abrir la casa.

Arranca la hoja con un movimiento limpio. La dobla en cuatro. Me la entrega bajo la mesa, en un gesto casi imperceptible, y yo la guardo en el puño.

La sesión dura cincuenta minutos exactos. Cuando se despide, me tiende la mano, y me doy cuenta de que ya no me parece caliente ni seca. Me parece la mano de alguien que ha cruzado un río conmigo.

Cuando se va, me quedo sola frente al reloj de pared. Marcan las ocho menos diez. Su segundero avanza con el mismo tictac plácido de siempre, y por primera vez en doce años lo miro de frente, sin miedo, como se mira a un viejo enemigo al que ya se le ha visto la cara.

Luego rompo la hoja en pedazos diminutos, los llevo al baño y los dejo caer en el inodoro. Tiro de la cadena. Los veo desaparecer con el agua, que sube, que sube, y que esta vez, por una vez, no me da miedo.

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