La otra mitad Capítulo 8
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Capítulo 8

Los sábados Gonzalo va al gimnasio a las nueve y vuelve a las once y media, con el pelo húmedo y la cabeza limpia. Es una de esas rutinas que he admirado durante años, la prueba de que un hombre puede organizar su vida como un contrato. Esta mañana, por primera vez, me parece una ventana.

Espero a que se cierre la puerta del ascensor.

Cuento hasta cien. Me pongo el abrigo y salgo a la calle sin teléfono, porque lo he dejado sobre la mesita del recibidor, cargándose, con una nota a medio escribir que dice Me he ido a comprar pan .

Es una frase que he escrito tantas veces en mi vida que ha dejado de significar pan.

El consultorio está a oscuras y huele a sábado: a polvo quieto, a madera que descansa. Cierro con llave por dentro, cosa que no hago nunca. Me quedo un rato de pie, en medio de la sala, mirándola como si la viera por primera vez.

Dos sillones. Una mesa baja. La jarra de agua. Las estanterías. La pared vacía junto a la ventana. El reloj.

Llevo toda la noche pensando en Alcalá. En cómo una palabra, dicha con descuido, puede ser un hilo que sale de un jersey.

Tengo cuatro explicaciones posibles, y las he ordenado de la menos a la más terrible.

Que Álex haya hablado con Gonzalo: improbable.

Que Gonzalo haya contratado a alguien para seguirlo: posible, pero no explicaría que sepa lo que se dijo en mi consulta.

Que Gonzalo lo haya oído él mismo. O que yo se lo haya contado, y no lo recuerde.

Esa última es la que me da más miedo, y por eso la he dejado para el final.

El reloj de pared es un modelo sencillo, de esfera blanca y números negros, que cuelga justo frente al sillón donde me siento, a la altura exacta de mis ojos.

Fue un regalo de Gonzalo cuando abrí el consultorio, hace doce años.

Vino un sábado como este, con un martillo y un clavo, y lo colgó él mismo mientras yo sujetaba la escalera.

Para que no te pases de hora con los pacientes , dijo.

Y para que lo veas siempre. Se tomó un cuarto de hora para dejarlo exactamente nivelado.

Yo le dije que no hacía falta tanto cuidado.

Él me contestó que las cosas que se hacen bien se hacen para que duren.

Siempre ha estado ahí. Siempre me ha parecido una forma de cuidarme.

Lo descuelgo con las dos manos, con cuidado de no hacer ruido, aunque no hay nadie que pueda oírme.

Es más pesado de lo que recordaba. No es un reloj de pilas, como yo creía: es eléctrico, con un cable fino y blanco que sale por detrás y se pierde en un enchufe disimulado junto al rodapié.

Le doy la vuelta. Cuatro tornillos pequeños sujetan la tapa trasera.

Busco en el cajón de las herramientas un destornillador de relojero. Los saco uno por uno y los dejo sobre la mesa en fila, como si fueran a declarar.

Levanto la tapa.

Dentro, junto a la maquinaria del reloj, hay algo que no debería estar.

Un rectángulo negro del tamaño de una cajita de cerillas, pegado con cinta de doble cara a la carcasa de plástico.

Un cable aún más fino lo conecta a la corriente del reloj.

Una luz minúscula, de un verde casi imperceptible, parpadea cada cuatro segundos.

No necesito que nadie me explique qué es. Llevo veinte años escuchando a la gente decir cosas que no se atreven a decir en ningún otro sitio. Sé perfectamente lo que es un micrófono.

Me siento en el suelo, con la espalda contra el sillón, y el reloj abierto sobre las rodillas.

Doce años. Mil quinientas sesiones, quizá más.

Los pacientes que lloraron aquí, los que confesaron infidelidades y despidos y deseos de morir, los que tartamudearon el nombre de sus padres.

Todo lo que hay de más íntimo y de más frágil en cientos de vidas, ofrecido bajo una promesa de secreto que yo hice y que yo, sin saberlo, he roto cada día.

Pienso en Teresa, en su hermana, en treinta años de rencor dichos en voz baja.

Pienso en un chico de diecinueve años que, hace dos veranos, me contó aquí que no se atrevía a decirle a su padre que era gay.

Pienso en una mujer que me dijo una vez, en este mismo sillón, que a veces fantaseaba con dejar de existir, y a quien pedí que me lo repitiera, despacio, porque yo no podía permitirme una frase equivocada.

Todos hablaban para mí. Todos hablaban, sin saberlo, para él.

Siento náuseas. Por ellos. Y, vergonzosamente, solo después, por mí.

Lo que me detiene no es el miedo. Es una idea fría y clara, que se abre paso entre la rabia como una raíz entre el cemento: si quito el micrófono, Gonzalo lo sabrá.

Si denuncio, Gonzalo lo sabrá. Si hablo con Pilar, con el Colegio, con un abogado, Gonzalo lo sabrá antes que nadie, porque este hombre que lo escucha todo se anticipa a todo.

Y en cambio, si lo dejo donde está…

Me levanto despacio. Vuelvo a colocar la tapa y a apretar los cuatro tornillos, uno a uno, con la meticulosidad de una cirujana. Cuelgo el reloj en su clavo, lo enderezo hasta que la esfera queda paralela al suelo. Doy un paso atrás. Está exactamente igual que cuando entré.

Ahora es otra cosa. Ya no es un testigo: es un teléfono sin hilos, y yo conozco el número de quien escucha al otro lado.

Me paso la lengua por los labios secos. Respiro. Elijo la voz más natural que tengo, la de las llamadas de trabajo, la de alguien que se habla a sí misma en un sitio vacío.

—Mañana tengo que acordarme de llamar a Segovia —digo, al aire, a la sala, a la esfera blanca—. Hay otra llave. No se lo he dicho a nadie, pero Álex me dio dos. La segunda abre otra casilla, la veintidós. Iré el lunes a primera hora, antes de que abran los pacientes.

Silencio. El reloj tictaquea. La luz verde parpadea cada cuatro segundos.

Es mentira. No hay otra llave, no hay casilla veintidós. Es un cebo, tan simple como un trozo de queso, y estoy segura de que tendría más sentido que me mordiera la lengua y dejara que el silencio hiciera su trabajo.

Pero llevo cinco semanas siendo la presa. Quiero saber qué hace un cazador cuando oye el ruido de una trampa.

*   *   *

El domingo pasa como un día de otra vida.

Gonzalo prepara arroz con bogavante, me habla de un caso de herencias que lo trae loco, me pregunta si me apetece ir al cine.

Respondo, sonrío, y en todo ese tiempo no me atrevo a mirarlo más de dos segundos seguidos.

Lo observo preparar el sofrito, cortar el ajo en láminas finísimas, probar el caldo con una cucharilla de madera.

Pienso: este hombre ha instalado un micrófono en mi consulta y hace un arroz de diez.

Las dos cosas son verdad. Esa es la parte más difícil de explicar a quien no ha vivido con alguien así: que la ternura y el control pueden compartir cocina.

Esa noche, mientras él duerme, repaso mentalmente la lista de cosas que he dicho en el consultorio durante las últimas semanas.

Todas las confesiones que le he hecho al aire.

Todas las veces que hablé sola. Álex. La llave.

El carrete. Me doy cuenta de que, si Gonzalo ha estado oyendo, sabe exactamente cuánto sé yo.

Y de que lo único que tengo, a mi favor, es que yo sé cuánto sabe él.

El lunes salgo de casa a las siete y cuarto, antes que él, con una excusa de papeles pendientes. A las ocho menos diez estoy en el consultorio, con la persiana a medio subir y un café que no quiero. Mi primer paciente no llega hasta las nueve y media.

Me acerco a la ventana.

La calle Zurbano, a esa hora, es una calle de gente que corre: oficinistas con auriculares, madres con carritos, un repartidor discutiendo con un portero.

Todo es normal. Todo está en su sitio. Hasta que mis ojos, sin querer, se detienen en la acera de enfrente, en un coche aparcado en doble fila, con las luces de emergencia puestas.

Un coche gris.

El cristal del conductor está bajado un palmo. Dentro, un hombre con abrigo de cachemir, las manos sobre el volante, mira hacia mi ventana. No se esconde. No hace nada por esconderse.

En doce años de consultorio, Gonzalo no ha venido nunca.

Levanta la mano izquierda, despacio. Se mira la muñeca. Y, con el pulgar, roza tres veces el cristal del reloj.

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