Capítulo 7
Dejo las fotografías en el consultorio, dentro del cajón de las fichas delicadas, y cierro con dos vueltas de llave. Vuelvo a casa andando, aunque son casi las once y hace frío, porque necesito que el aire me ordene la cabeza.
Madrid, a esas horas de un jueves de octubre, es una ciudad que se desabrocha.
Las terrazas recogen sus sillas, los camareros fuman en las puertas con los delantales sueltos, una pareja discute en voz baja bajo un portal.
Camino por Fuencarral hasta Alonso Martínez, por Génova, por el Paseo de Recoletos.
En cada esquina me detengo un segundo, sin saber por qué, a mirar atrás. Nadie me sigue. Nadie, salvo una idea.
La idea es esta: durante veintidós años he vivido con un hombre que estuvo en un embarcadero dos años antes de decirme que me había conocido. Y no me lo ha dicho. No hay forma de narrar esa frase con cuidado. Cada vez que la completo en mi cabeza, suena más fría.
Cuando entro en el ático, Gonzalo está en el sofá con el portátil sobre las rodillas y una copa de whisky al lado, apenas tocada.
—Has tardado.
—Ha sido una sesión larga.
—Siéntate. Te sirvo algo.
Me siento. Me sirve una copa de vino que no he pedido y que no voy a beber. Cierra el portátil con un clic suave y se vuelve hacia mí con esa atención total que desarma a jueces y a clientes y que durante años me pareció una forma de amor.
Lo he pensado durante todo el camino. Es una técnica simple, de manual, la primera que se aprende: no preguntes lo que quieres saber. Pide que te cuenten una historia que ya conoces y fíjate en lo que cambia.
—Cuéntame cómo nos conocimos —digo.
Gonzalo parpadea. Es la primera reacción que no controla.
—¿Ahora?
—Me apetece oírla. Hace mucho que no la cuentas.
Sonríe, entre desconcertado y complacido. Se acomoda, apoya un tobillo sobre la rodilla contraria, y empieza.
La cena de Nochebuena de 2003, en casa de los Ferrándiz, en Salamanca.
Un piso con techos de cuatro metros y un abeto de dos, demasiado alto, plantado con torpeza en la esquina.
Yo llevaba un vestido negro de cuello alto y no hablaba con nadie.
Me quedé mirando el ventanal durante toda la sopa.
Él me preguntó si estaba bien. Yo le contesté, sin volverme: «Estoy contando los coches que pasan» .
—Y fuiste la primera mujer que me ha hecho reír sin proponérselo —termina.
La historia es perfecta. Cada pausa está donde debe estar, cada gesto cae en su sitio. Es una historia que ha sido pulida por tantos años de uso que ya no tiene aristas. Lo que me inquieta no es lo que cuenta, sino lo bien que lo cuenta.
Me doy cuenta, mientras lo escucho, de que yo no la recuerdo.
Reconozco las palabras como se reconocen los versos de una canción que se ha oído demasiadas veces: sé en qué punto viene la risa, sé cuándo toca el ventanal.
Pero cuando intento ver la escena desde dentro, con mis ojos, lo único que veo es un decorado montado a base de repeticiones. Cuántas veces habré dicho que sí.
—Llevabas el reloj de tu padre —digo.
—Siempre lo llevo.
—¿Ya entonces?
—Desde que murió, en el noventa y nueve. —Su pulgar derecho se desliza sobre la esfera, una vez—. Es lo único que me quedó de él.
—Qué bonito.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Me gusta imaginarte allí. —Hago una pausa que parece casual—. ¿Habías estado antes en Segovia? Quiero decir, antes de conocerme.
Su pulgar se desliza otra vez sobre la esfera. Dos.
—Nunca. La primera vez fue cuando fuimos a conocer a tu madre.
Tres.
Gonzalo no miente con la cara. Hace décadas que su cara es una pared sin una grieta. Miente con las manos, y no lo sabe, porque nadie se lo ha dicho jamás. Un roce sobre el cristal del reloj, siempre el mismo, siempre tres veces, como alguien que comprueba una cerradura.
No se lo diré. Es lo único que tengo.
Lo observo con el mismo cuidado con el que observo a mis pacientes.
Veo sus hombros, ligeramente adelantados.
Veo cómo respira por la nariz, en tiempos regulares.
Veo las manos, que ahora sostienen la copa de whisky con una suavidad excesiva.
Cada gesto suyo es el de un hombre cómodo. Demasiado cómodo.
—Hoy fuiste a buscarme a Pontón Alto —continúo, en el tono más suave que me sale—. No me has dicho cómo me encontraste.
—Tu ubicación llevaba media hora quieta en mitad de un embalse. —Se encoge de hombros, y esta vez no toca el reloj—. Me asusté. Perdona. Es un vicio de abogado: imaginar siempre lo peor.
—¿Conocías el sitio?
—Por las fotos del mapa. —Hace una mueca—. Es un lugar horrible, Inés. Lo sabes.
Lo sabes.
No es una pregunta. Es una afirmación disfrazada de ternura. Un pequeño ladrillo colocado en la pared para que yo lo vea, o para que no lo vea, no sé cuál de las dos cosas pretende.
Bebe un sorbo de whisky. Deja el vaso sobre el posavasos de corcho, alineado con el borde de la mesa.
—Es por ese paciente, ¿verdad? —dice con una dulzura casi insoportable—. Por eso estás así. Lo noto desde hace semanas.
—Es un caso complicado.
—Siempre lo son. —Me coge la mano, y la suya está templada y firme—. Mira, no me cuentes nada si no quieres, pero prométeme una cosa. Si ese chico de Alcalá vuelve a acercarse a tu madre, me lo dices. Yo lo arreglo.
La palabra cae entre los dos con la naturalidad de una cucharilla sobre un platillo.
Alcalá.
Sigo sonriendo. Sigo sosteniendo su mano. Mi pulso, que en el consultorio golpeaba como un martillo, ahora es un goteo lento y frío, casi científico.
Nunca le he dicho a Gonzalo de dónde es Álex.
No lo sé por la ficha: en la ficha no hay ciudad de origen.
No lo sé por ninguna búsqueda en internet, donde Álex Vidal es un chico sin rastro.
Lo sé porque me lo contó él mismo, en mi consultorio, en una sesión de cincuenta minutos con la puerta cerrada: un piso en Alcalá de Henares, un padre que le enseñó a montar en bici, una madre que murió hace dos años.
Solo hay tres personas en el mundo que sabrían ese dato. Álex. Yo. Y quienquiera que le haya estado escuchando detrás de esa puerta.
—Te lo diré —murmuro.
—Buena chica.
Me da un beso en la sien. Se levanta, recoge su copa, apaga la lámpara del salón. Yo me quedo inmóvil en la penumbra, con la copa de vino intacta entre las manos, mirando la hilera de fotos enmarcadas del pasillo, desde la boda en adelante. Veintidós años de sonrisas posadas.
* * *
No duermo. Cuando el reloj de la mesilla marca las tres, me levanto sin hacer ruido y voy al despacho. Enciendo solo la lámpara pequeña del escritorio. Saco de un cajón una hoja en blanco y, por primera vez en mi vida, hago una lista que nunca pensé que haría.
Lo que sé de Gonzalo.
Nació en Salamanca. Es sobrino de Ignacio Beltrán, notario, con quien trabaja en el bufete. Su padre murió en 1999, y de él solo conserva un reloj. Estudió Derecho. Nos conocimos en 2003. Me ha dicho que nunca estuvo en Segovia antes de conocerme. Me ha dicho que me quiere.
Releo. Subrayo la última frase, y la tacho. No porque sea falsa, sino porque ya no sé qué clase de verdad es.
Lo que no sé de Gonzalo.
La lista tarda más en salir. Escribo despacio, con letra redonda, inclinada a la izquierda. Dónde estaba el verano de 2001. Qué hacía en un embarcadero de Pontón Alto. Por qué sabe lo de Alcalá. Por qué no me ha preguntado nada, en veintidós años, sobre mi infancia.
Esa última línea me detiene. Ni una pregunta. Ni una vez. Ni cómo eras de niña , ni qué te gustaba , ni quién era tu mejor amiga . Un hombre que había guardado cada historia mía como un coleccionista no me había pedido, jamás, que le contara la primera.
Lo que había hecho, en cambio, era contármela él. Con cuidado, con humor, con una exactitud de cartógrafo. Mi infancia, tal como Gonzalo la sabía, era un territorio que él mismo había dibujado.
Esta noche, por primera vez, me pregunto en qué día exacto empezó mi matrimonio. Y quién decidió que ese día sería el primero.
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