Capítulo 6
Matías me espera con la persiana a medio bajar, como si ya supiera que no quiero testigos.
Sobre el mostrador, bajo la luz verde de una lámpara de trabajo, ha extendido cuatro rectángulos de papel fotográfico y, al lado, una tira de negativos metida en una funda transparente.
Huele a vinagre y a algo dulce, a revelador, a cuarto cerrado.
—Tres se han salvado bien —dice—. El cuarto está muy dañado, pero se distingue. Mire usted misma.
Tengo las manos en los bolsillos del abrigo, y las dejo allí un segundo más. Hay una vergüenza antigua en mirar una fotografía que otro ha visto antes que tú: es como leer una carta que ya ha pasado por manos ajenas.
La primera foto es el embalse al amanecer: agua lisa, niebla en los pinos, un cielo de un naranja enfermizo por el velado de los años.
Se distingue, a lo lejos, la silueta del club náutico con su letrero intacto, y el embarcadero entero, largo y limpio, que ahora es un esqueleto.
Alguien tuvo ojo para el encuadre. Alguien esperó la luz.
La segunda, un perro dormido sobre unas tablas, con el hocico entre las patas. Un perro viejo, de pelo rizado y manchas oscuras en el lomo. No lo conozco. Estoy casi segura de no conocerlo, aunque hay algo en la forma en que descansa la cabeza que me aprieta el pecho sin motivo.
La tercera es el embarcadero. Vacío, visto desde la orilla, con el sol bajo. Sobre las tablas, abandonadas, hay dos toallas. Una amarilla y otra a rayas azules.
Dos.
Me quedo mirándolas más tiempo del que necesito.
—Esta —dice Matías, y empuja con un solo dedo el último papel hacia mí.
Una chica sentada en el borde del embarcadero. Diecisiete años, quizá. Pelo mojado, pegado al cuello, un bañador amarillo, las rodillas pegadas al pecho. Mira al objetivo con una mueca que no llega a ser sonrisa, y la mandíbula, esa mandíbula, apretada como un puño.
Es mi cara.
No se parece a mi cara. Es mi cara, a los diecisiete años, con el lunar bajo el ojo izquierdo y las cejas rectas que mi madre decía que eran de mi abuela.
Pero hay algo que no encaja, algo que no consigo nombrar, y tardo un rato en dar con ello: no recuerdo esa foto.
No recuerdo haberme sentado así. No recuerdo ese día.
Recuerdo el bañador. Lo recuerdo con una nitidez que me da náuseas, el amarillo un poco desvaído, el elástico de la cintura que picaba. Pero lo recuerdo en otro cuerpo.
—Perdone que insista —murmura Matías—. ¿Es su hermana?
—No tengo hermanas.
La respuesta sale de mí con la misma rapidez con la que se retira la mano del fuego. Matías baja los ojos, y por un instante se le ve en la cara una especie de compasión de oficio, la de quien lleva cuarenta años viendo cómo la gente miente delante de sus propias fotografías.
—Disculpe.
Pago. Le pido los negativos y las cuatro copias. Los guardo en un sobre acolchado y el sobre en el bolsillo interior del abrigo, junto al corazón, que late demasiado deprisa para el tamaño de la calle del Pez.
Antes de irme, Matías me dice:
—Una cosa, señora. Las fotos las hizo alguien que sabía lo que hacía. Una persona joven, pero con buen pulso. —Se encoge de hombros—. Por si le sirve de algo. Fotografiar así es querer a lo que se fotografía.
Le doy las gracias. No me atrevo a preguntarle qué quiere decir.
* * *
Vuelvo andando al consultorio, por callejuelas que no he elegido.
En la Plaza del Dos de Mayo me siento diez minutos en un banco, entre palomas y adolescentes con monopatines, con el sobre sobre las rodillas, sin abrirlo.
Un niño pequeño pasa corriendo detrás de una pelota y se detiene a mirarme.
Tiene la cara muy seria. Le sonrío. No me devuelve la sonrisa.
Se limita a observarme, como se observa a alguien que está a punto de hacer algo que no debería, y luego se va.
Al llegar al consultorio subo los tres pisos sin contar.
La puerta está cerrada con llave, tal como la dejé.
En la sala, el aire huele a polvo y a café frío.
Compruebo la ventana, el pestillo, el cajón de las fichas delicadas, el reloj.
Todo en su sitio. Todo menos una cosa que no sabría explicar: la sensación de que he entrado en una habitación donde acaba de terminar una conversación.
Meto las fotografías en el cajón, junto al carrete vacío y al móvil apagado. Cierro con dos vueltas de llave.
* * *
Álex llega el jueves a las siete menos cinco.
Sin caramelos. Sin sonrisa. Se sienta en el sillón de la izquierda con las manos entrelazadas y los codos sobre las rodillas, y durante un rato largo no decimos nada.
Es un silencio distinto de los otros. No es de cálculo ni de pulso.
Es el silencio de dos personas que saben lo que se va a decir y esperan a que el otro se atreva.
—Hoy hablo yo —digo por fin.
—Adelante.
—La llave. ¿De dónde salió?
Asiente despacio, como si hubiera estado esperando esa pregunta y le diera pena que llegara.
—Me llegó hace un año, dentro de una caja, con otros papeles. —Se frota la nuca—. La conservaba la mujer que me crió, sin saber qué abría. No supe lo que era hasta que fui a Segovia y empecé a preguntar.
—¿Y usted ha abierto esa taquilla?
—Una vez. —Me mira—. Había un carrete. Lo dejé donde estaba. No me atreví a revelarlo.
—¿Por qué me la dio a mí?
—Porque quería ver qué hacía usted con ella.
Se me enfría la sangre. No es la primera vez que ese chico me observa como a un experimento, pero es la primera vez que lo confiesa.
—Lo ha hecho todo a propósito.
—Casi todo. —No sonríe—. ¿Qué había dentro, Inés?
—Nada. —Mantengo la voz firme. En el bolsillo interior de mi abrigo, colgado de la percha junto a la puerta, el sobre pesa como un yunque—. Un carrete velado. Basura.
Álex me mira durante un tiempo que se me hace eterno. Luego baja la vista y asiente, casi con tristeza.
—Qué raro —dice—. Esperaba que le doliera.
Lo que sigue es una sesión de cincuenta minutos que no recuerdo.
Hablamos. Él responde, yo escribo. Pero cuando se va, me doy cuenta de que mis notas son un garabato de líneas rectas, sin una sola palabra.
Hoja tras hoja de rayas paralelas, como los barrotes de una celda dibujada por alguien que no sabe dibujar.
* * *
Es ya de noche cuando, con el consultorio a oscuras y el edificio en silencio, saco las fotografías sobre la mesa y las ilumino con la lámpara.
Las miro en orden. El amanecer. El perro. La chica. Y otra vez el embarcadero con las dos toallas, la foto que he mirado menos, la que me ha parecido solo un paisaje.
Acerco la lupa de relojero que guardo para los marcos de las gafas. Y entonces lo veo.
Al fondo, casi fuera del encuadre, medio borrado por el velado del negativo, hay una figura. Un hombre joven, de espaldas, de pie junto al último pilote del embarcadero. Lleva una camisa clara y tiene el brazo izquierdo ligeramente levantado, como si se mirara la muñeca.
Hay un destello en el brazo, un punto de luz que el papel ha conservado. Un reloj. Un Seiko de acero con la esfera azul, tan viejo que el cristal está rayado en diagonal.
Conozco ese reloj. Lo conozco desde hace veintidós años.
Era de su padre y no se lo ha quitado ni una sola noche, ni en la ducha, ni en la cama, ni cuando le dije que me molestaba el tic-tac.
Recuerdo la primera vez que lo oí, en una habitación de hotel de Salamanca, con la cabeza apoyada en su pecho: un pulso pequeño y metálico que sonaba, pegado al suyo, como un segundo corazón más regular y más frío.
Gonzalo me contó que nos conocimos en una cena de Navidad de 2003, en casa de unos amigos comunes de Salamanca. Me lo ha contado cientos de veces. Con humor, con detalles, con la certeza de quien describe un recuerdo que él mismo ha pulido.
La foto está fechada por la luz, por la ropa, por el pelo de la chica, en agosto de 2001.
Dos años antes.
Me quedo sentada en la oscuridad con la lupa en la mano, y durante un rato muy largo, mientras el edificio cruje a mi alrededor y en la calle pasa un coche con la música alta, no pienso en nada.
Es un truco que aprendí hace mucho: cuando algo es demasiado grande para la cabeza, se le deja el cuerpo.
Mi cuerpo, ahora, solo sabe hacer una cosa. Aprieta la mandíbula.
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