Capítulo 5
El domingo escondo el carrete en el último cajón de mi mesa del consultorio, el que cierro con llave y donde guardo las fichas más delicadas.
Es la única precaución que se me ocurre y me parece, a la vez, exagerada e insuficiente.
Gonzalo pasa el día en la casa de un cliente en La Moraleja, jugando al pádel, y me manda un mensaje a las cinco: ¿Cenamos fuera?
Respondo que sí. Cenamos fuera. Hablamos de un viaje a Oporto y de una reforma en la cocina que nunca haremos.
Al volver, me da las buenas noches con un beso en la frente que no huele a nada.
Me acuesto pensando en el carrete. Pienso en su peso, en el plástico negro, en la palabra VERANO escrita con mi letra.
Pienso que alguien lo guardó veinticinco años en una taquilla de un club náutico abandonado, y que ese alguien, o bien soy yo, o bien quiere que yo crea que lo soy.
No sé cuál de las dos posibilidades me asusta más.
El lunes tengo supervisión a las diez.
Pilar Quesada tiene sesenta y un años, el pelo plateado cortado a lo paje y una forma de escuchar que me ha hecho confesar, en quince años, más de lo que me gustaría.
Se sienta frente a mí con una carpeta de cartón bajo el brazo y el té que ella misma se trae en un termo, porque dice que el mío sabe a «tristeza de oficina».
—Estoy preparando la auditoría del Colegio —dice—. He tenido que revisar archivos antiguos. Los míos, los tuyos. —Abre la carpeta—. ¿Te importa si te enseño una cosa curiosa?
Desliza hacia mí una ficha amarillenta. Reconozco mi nombre en la esquina, mi primera consulta compartida, 2006. La letra es alta, inclinada hacia la derecha, con las eses abiertas y un trazo dubitativo que ya no es el mío.
—Hasta 2009 escribes así —dice Pilar, señalando—. Y a partir de entonces, así. —Saca otra ficha—. Redonda, a la izquierda, con la ese cerrada. Un cambio de letra a los veinticinco años es raro, Inés. Parece de otra persona.
Mantengo el rostro sereno. Tomo un sorbo de mi té triste.
—Me lesioné la muñeca —miento—. Tuve que reaprender a escribir.
—Ah, claro. —Pilar asiente, sin discutir, y eso es lo que más me inquieta: Pilar no discute nunca lo que no cree—. Qué cosas tiene el cuerpo.
Guarda las fichas. Se queda mirándome un instante más largo que el que dura una conversación cortés.
—Gonzalo me escribió el otro día.
—Lo sé.
—Dice que duermes mal. Que te ha visto buscando cosas en internet a las tantas. —Se inclina un poco hacia delante—. Y yo, que te conozco, creo que hay algo que no me has contado. ¿Un paciente?
La tentación es casi física. Quiero contárselo todo. Álex, el caramelo de menta, la casilla, la voz de mi madre diciendo un nombre. Quiero que alguien me diga con autoridad profesional que es un caso de manual, que existe un protocolo, que alguien ya lo ha vivido antes y salió bien.
—Uno que me inquieta —digo—. Todavía no puedo hablar de él.
—Cuando quieras. —Pilar apura el té y cierra el termo—. Pero no tardes. La supervisión solo sirve cuando se hace a tiempo.
Después de que se va, me quedo mucho rato mirando la puerta cerrada. Luego, casi sin pensarlo, saco el móvil. Es una costumbre antigua, esa de buscar el refugio de la pantalla. Abro los ajustes. Compartir ubicación.
Compartiendo con: G. Beltrán. Desde: hace 3 años.
Lo había olvidado. O, mejor dicho: lo había aceptado tantas veces que ya no lo veía. Gonzalo lo configuró una noche después de que yo tardara dos horas en volver de un congreso en Sevilla. Por seguridad , dijo. Por si te pasa algo. Y yo le di las gracias.
El sábado, mi teléfono estuvo en el bolsillo de mi abrigo durante todo el camino hasta Pontón Alto.
Lo dejo en el cajón de la mesa, apagado, junto al carrete. Es un gesto ridículo. Es lo único razonable que tengo.
* * *
El laboratorio está en la calle del Pez, en un bajo con una persiana medio echada y un cartel de Kodak descolorido por el sol.
Hace años que nadie revela carretes con tanta devoción como Matías, un hombre de unos setenta años con gafas de culo de vaso y un delantal de cuero que huele a fijador.
Dentro hay un mostrador de madera, un cuarto oscuro con cortina roja, y en las paredes, cientos de fotografías de desconocidos que nunca vinieron a recogerlas: bodas, bautizos, un perro con sombrero, una mujer riendo bajo la lluvia.
—¿Treinta y cinco milímetros? —Sostiene el cilindro a contraluz, con el respeto de quien examina una joya—. Esto es de principios de los dos mil. Color. Estará velado, señora. Seguramente muy velado.
—¿Se puede hacer algo?
—Revelado forzado. Salvo tres o cuatro fotogramas, y gracias. Dos días. —Me mira por encima de las gafas—. ¿A nombre de quién?
—Ana García.
No sé de dónde ha salido. Es el nombre de una compañera de la facultad que no he visto en quince años. Matías anota sin levantar la cabeza.
—¿Teléfono?
Doy el fijo del consultorio. Pago en efectivo, por adelantado, un precio que Matías no discute. Antes de salir, me detengo en la puerta.
—¿Puede imprimir todo lo que salga? Aunque sea… —busco la palabra— …raro.
—Señora —sonríe, y le asoman unos dientes demasiado grandes y demasiado amarillos—, llevo cuarenta años revelando lo que la gente no quiere ver. Lo raro es lo único que me hace gracia.
Salgo a la calle con la sensación de haber dejado algo vivo sobre un mostrador.
* * *
Pasan dos días. El martes tengo cinco pacientes, y escucho a los cinco con una atención de cristal.
Entre uno y otro me lavo las manos, miro el reloj, respiro.
Durante un descanso, me sorprendo escribiendo en el margen de mi cuaderno una ese, una y otra vez, cerrándola como un ojo. Tacho la página entera.
El miércoles, Álex no viene: me manda un correo de tres líneas, correctísimo, diciendo que se retrasará hasta el jueves y que lamenta las molestias.
No menciona la llave. No menciona nada. Leo el correo tres veces buscando una grieta, una palabra de más, y no la encuentro.
Es un texto escrito por alguien que sabe que está siendo leído con lupa.
Al mediodía suena el teléfono fijo del consultorio.
—¿Doctora Aldama? —pregunto, por costumbre, como si fuera yo quien llama.
—Perdone, creo que me he equivocado. Busco a la señora García. —La voz de Matías suena más grave que en la tienda, algo ahogada—. Me han dado este número.
Tardo un segundo en recordar.
—Soy yo. Soy… Ana García.
—Ah. —Una pausa en la que oigo cómo remueve papeles—. Ya están. Han salido cuatro. Más de lo que esperaba, sinceramente.
—Voy ahora mismo.
—Señora. —Su tono cambia, se vuelve lento, casi paternal—. Antes de que venga. Hay una de las cuatro que no he querido imprimir. La he dejado en el negativo. Me parece que hay que verla con cuidado.
—¿Por qué?
Oigo cómo traga saliva al otro lado de la línea.
—Porque lleva usted razón en lo de raro. Y porque la persona que aparece en ella… —Duda—. Perdone que me meta, pero le juro que se parece muchísimo a usted.
Cuelgo. Me quedo sentada, con la mano todavía sobre el auricular, mirando el reloj de la pared.
Marca las doce y cuarto. Hay un detalle en el que no había reparado hasta este momento: el segundero se mueve con una regularidad perfecta, sin un solo titubeo, como si alguien lo hubiera puesto a punto con mucho esmero y lo vigilara.
Me levanto, cojo el abrigo y salgo. Bajo las escaleras de dos en dos. En la calle, sin saber por qué, vuelvo la cabeza hacia la ventana de mi consultorio, en el tercer piso, y la veo cerrada, con la persiana a medias, exactamente como la dejé.
Pero me parece, por un instante, que detrás del cristal hay alguien que acaba de apartarse.
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