Capítulo 4
El sábado por la mañana le digo que voy a ver a mi madre.
—Dale un beso de mi parte —responde sin levantar la vista del periódico.
Me detengo en esa última frase. Estudié en Madrid.
Es verdad. Y sin embargo, cuando intento recordar el primer día en la facultad, el primer aula, el primer profesor, lo que encuentro es una niebla amable, un decorado de cartón pintado con mucho cuidado.
No es que no recuerde. Es que lo que recuerdo no tiene peso.
La residencia es un edificio de ladrillo visto, con jardines bien cuidados y bancos donde nadie se sienta. Nuria me recibe en el vestíbulo con un abrazo que yo recibo con la espalda recta.
—Está buenísima hoy —dice—. Ha comido todo. Y se ha puesto la chaqueta rosa, la que le regaló usted.
No recuerdo haberle regalado ninguna chaqueta rosa.
Mi madre está sentada junto a la ventana de su habitación, con las manos sobre el regazo y una manta de cuadros en las rodillas.
Hace tres años era una mujer alta y dura que cortaba las flores del jardín con tijeras de podar.
Ahora es una cosa pequeña y luminosa, como una vela casi consumida.
Sobre la mesilla hay un cuenco de cristal lleno de caramelos de menta.
—Hola, mamá.
Me mira. Hay un momento, siempre hay un momento, en que sus ojos buscan algo en mi cara y no lo encuentran, y yo aprendo otra vez a no tomármelo como algo personal.
Pero hoy sonríe.
—Marta —dice—. Hija. ¿Tienes frío?
Nuria, desde la puerta, hace un gesto de ternura. Yo siento cómo se me cierra la garganta.
—Soy Inés, mamá.
—Inés —repite ella, y su sonrisa vacila—. ¿Dónde está Inés? Estaba aquí hace un momento. Se ha ido a nadar, ¿verdad? Os lo dije mil veces. Que no os metierais sola en el agua.
—Mamá, estoy aquí. Soy yo.
—No. —Me coge la mano entre las suyas, que son frías y ligeras como papel—. Tú eres Marta. Lo sé bien. Una madre sabe.
Se me escapa una risa corta, absurda.
—Me confunde con una vecina de cuando éramos pequeñas —le explico a Nuria, con mi voz de consulta, tranquila, cortés—. Pasa a menudo.
—Claro, doctora. Con la demencia se mezclan los nombres —contesta Nuria, y en su voz no hay duda ninguna, porque no tiene motivos para tenerla.
Mi madre me suelta la mano. Mira por la ventana, hacia el jardín donde un jardinero ordena hojas secas, y se queda un rato callada, como si hubiera olvidado que estoy aquí. Luego, sin volverse, dice en voz muy baja, con una claridad que me hiela:
—El niño vino el jueves. Es igualito a ti.
No contesto. Me quedo allí una hora más, hablándole del tiempo y de cosas pequeñas que no dejan ninguna huella.
Le peino el pelo con el cepillo de la mesilla, despacio, y ella cierra los ojos y ronronea un poco, como cuando yo era pequeña y era ella quien me peinaba.
Antes de irme le doy un beso de parte de Gonzalo, y ella sonríe y dice que qué buen chico es, que cómo la quiere.
—Siempre ha sido un buen chico —añade—. Siempre ha sabido lo que hay que hacer.
En el aparcamiento me tiemblan tanto las manos que no consigo meter la llave en el contacto.
* * *
El embalse de Pontón Alto está a veinte minutos de la residencia, por una carretera estrecha que serpentea entre pinos.
No he vuelto desde los diecisiete años. En realidad, no he vuelto desde un día concreto de agosto, y no pienso en él con palabras, porque las palabras son demasiado pequeñas y demasiado precisas.
Dejo el coche en un apartadero y camino el último tramo.
El camino de tierra tiene las mismas piedras, o eso me parece.
Hay un olor que no he olido en veinticinco años y que mi cuerpo reconoce antes que mi cabeza: pino mojado, barro, algo dulce de agua estancada.
Me paro dos veces. Una a tomar aire, otra porque me parece oír, entre los árboles, risas de niñas que se llaman a gritos.
No hay nadie. Es solo el viento.
El club náutico sigue donde estaba, pero parece otra cosa. El letrero de madera está caído, el embarcadero medio podrido, y un candado oxidado cierra la verja. La salto. Es más fácil de lo que esperaba: mi cuerpo recuerda un camino que mi cabeza juró haber olvidado.
Los vestuarios están detrás del edificio principal, bajo unos sauces que han crecido hasta convertirse en una cortina.
Dentro huele a humedad y a cloro viejo. Hay filas de taquillas metálicas, verdes, comidas por el óxido, con números pintados en blanco.
Paso la mano por ellas, sin pensar, como se pasa la mano por una verja de la infancia.
Catorce.
La llave de latón entra con un chasquido suave y gira sin esfuerzo, como si alguien la hubiera engrasado la semana pasada. La puerta se abre con un quejido.
Dentro no hay una carta, ni un diario, ni nada que yo hubiera sabido esperar.
Solo un pequeño cilindro de plástico negro, con una tapa gris, depositado con cuidado en la balda de abajo.
Un carrete de fotos de treinta y cinco milímetros.
Alrededor, con un rotulador que se ha ido desvaneciendo, alguien escribió una sola palabra:
VERANO.
Lo cojo. Pesa lo que pesan los objetos que han esperado mucho tiempo. Lo aprieto en el puño, y la palabra se me clava en la mano como una espina.
Es entonces cuando oigo el motor.
Se acerca por el camino de tierra, despacio, sin prisa. Me quedo inmóvil entre las taquillas, con el corazón aporreando las costillas. Un coche se detiene. Una puerta se abre y se cierra con un clic limpio.
Guardo el carrete en el bolsillo interior del abrigo. Cierro la taquilla. Me guardo la llave en el sujetador, como cuando era niña y escondía cosas que no quería que nadie me quitara. Y salgo, con las manos vacías y la cara en calma.
Gonzalo está de pie junto a la verja, apoyado en el capó de un coche gris, con las manos en los bolsillos de su abrigo de cachemir.
Mira el agua del embalse, quieta como un cristal, y el cielo que se le refleja encima.
No se ha dado la vuelta. No necesita hacerlo.
Sabe que estoy aquí del mismo modo que sabe qué hora es.
—Vámonos a casa, Inés —dice sin volverse—. Aquí no hay nada.
Subo al coche. Él arranca. Durante todo el camino de regreso a Madrid no vuelve a hablar, ni yo tampoco.
El carrete me quema en el pecho, como un segundo corazón.
Miro el paisaje que pasa por la ventanilla, las encinas, los muros de piedra, un rebaño inmóvil sobre un cerro, y pienso que he vivido veintidós años con este hombre sin saber que podía aparecer de repente en el único lugar del mundo donde yo no le había dicho que estaba.
Hasta que llegamos a la calle Ibiza no me doy cuenta.
No me ha preguntado qué hacía allí. No me ha preguntado cómo sabía yo dónde estaba el club, ni por qué había saltado la verja. Ha dicho aquí no hay nada.
Y Gonzalo nunca afirma lo que no ha comprobado.
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