La otra mitad Capítulo 3
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Capítulo 3

Escribo el correo para cancelar dos veces. La primera, a las diez de la mañana, con una excusa sobre una indisposición. La segunda, a las cinco, más honesta y más breve: Lamento informarle de que no puedo continuar con el proceso. Las dos veces lo borro antes de enviarlo.

Cancelar sería admitir que hay algo que ocultar. Y yo llevo mucho tiempo sin ocultar nada, en el sentido profesional de la palabra: nadie puede esconder lo que no ha permitido que exista.

A las cuatro tengo a Teresa, una paciente de cincuenta y cuatro años que lleva tres meses diciéndome que no puede perdonar a su hermana por algo que ocurrió hace tres décadas.

Hoy llora un poco, y yo le acerco la caja de pañuelos a la distancia exacta, y la escucho con una atención tan limpia que, cuando se va, me da las gracias por «haber entendido tanto».

No he entendido nada. He hecho lo que sé hacer: sostener la sala mientras otro se desmorona.

Es una destreza que me ha costado veinte años perfeccionar y que, esta tarde, me parece lo más parecido a una mentira que he hecho en mi vida.

Hermana. La palabra se queda flotando en la sala cuando Teresa cierra la puerta.

Me levanto. Abro la ventana. Respiro.

Álex llega a las siete en punto, ni un minuto antes. Hoy no lleva la chaqueta vaquera, sino un jersey gris de cuello alto que le favorece. Se sienta en el sillón de la izquierda, como si llevara años sentándose en él.

—¿Quiere uno? —pregunta.

Sobre la mesa, entre la jarra y los vasos, ha dejado un caramelo de menta envuelto en papel transparente.

Lo miro. Tardo en entender.

—Son los mismos que le lleva a mi madre.

—Son los que le gustan. —Se encoge de hombros—. Pensé que a lo mejor era de familia.

No lo toco. Abro el cuaderno, destapo el bolígrafo, y mi mano hace lo que lleva veinte años haciendo: anotar la fecha, como quien se ata a un mástil.

—He llamado a la residencia de Segovia.

—Lo suponía.

—Ha dicho que era sobrino.

—He dicho que era familia. —No hay desafío en su tono, solo cansancio educado—. Es lo más cerca de la verdad que me dejaron.

—No tiene derecho a visitar a mi madre.

—Tiene razón. Puede denunciarme. —Cruza una pierna sobre la otra—. ¿Va a hacerlo?

La pregunta cae en la sala como una piedra en un estanque.

Pienso en una denuncia. En los agentes que harían preguntas a la residencia, a Nuria, a mí.

En un expediente con mi nombre, mi fecha de nacimiento y mi historia, tan limpia, tan ordenada, tan fácil de tirar de un solo hilo hasta que se deshaga.

Pienso en Gonzalo leyendo ese expediente con los ojos de abogado.

Pienso en que hay preguntas a las que no quiero que nadie me obligue a responder, y que una denuncia sería, exactamente, un mecanismo para formular preguntas.

—No —digo.

—Entonces ya sabemos algo.

La frase me molesta más de lo que debería. Busco apoyo en el protocolo, que es lo único que tengo.

—Álex, la terapia no funciona así. Usted no me describe a mí. Yo le hago preguntas y usted responde.

—Pregunte.

—¿Qué quiere de esa mujer?

Lo piensa. Lo piensa de verdad, mirando la pared vacía junto a la ventana, y por un momento parece mucho más joven de lo que es.

—Una verdad. Una sola. No hace falta que sea bonita.

—¿Y si no es capaz de dársela?

—Entonces tendré que ayudarla.

Lo dice sin ninguna amenaza, con la misma ternura con la que se habla a un niño que no quiere ir al médico. Eso es lo que me eriza la nuca: no que me asuste, sino que parezca querer cuidarme.

—¿Puedo hacerle yo una pregunta, doctora? —continúa—. De las fáciles. Para romper el hielo.

—Las preguntas aquí las hago yo.

—Ya. Pero el hielo no se rompe solo.

El reloj de pared marca las siete y doce. En la calle alguien ríe, una risa de viernes por la noche, de gente que tiene adónde ir.

—Adelante —digo, porque no hacerlo sería peor.

—¿Cuántos hermanos tiene?

—Ninguno.

La respuesta sale sola. Es la que llevo veinticinco años dando, en cenas, en entrevistas de trabajo, en el formulario de la seguridad social, en la mesa de un notario.

La he dicho tantas veces que ha dejado de ser una mentira para convertirse en un reflejo, como retirar la mano de una plancha caliente.

Álex sonríe. No con maldad. Sonríe como el que acaba de oír el sonido que esperaba.

—Qué curioso —dice—. Yo habría dicho uno.

—Se ha terminado la sesión.

Me pongo en pie. Es un movimiento brusco, torpe, impropio de mí. El cuaderno resbala y cae al suelo con un golpe sordo.

—Quedan veinte minutos —dice Álex sin moverse.

—He decidido…

—Es la primera vez que usted termina una sesión antes de tiempo. En doce años. —Recoge mi cuaderno del suelo, con cuidado, y me lo tiende—. Siéntese, Inés. Por favor. Hoy no voy a decirle nada más. Se lo prometo.

No debería hacerlo. Lo sé. Me siento.

Los veinte minutos que siguen son los más extraños de mi carrera.

Me habla de su infancia con una naturalidad desconcertante: un piso en Alcalá de Henares, un padre que le enseñó a montar en bici en un parque con un quiosco de helados, una madre que murió hace dos años y a la que echa de menos todos los días.

Habla de ella con una dulzura tan limpia que, por un instante, me olvido de quién es.

Describe los domingos de su infancia: el olor a sofrito, el programa de radio que su madre escuchaba mientras planchaba, la manera en que cantaba mal las canciones, a propósito, para hacerlo reír.

Escribo. Pregunto. Él responde. Parece una sesión de verdad.

Y precisamente por eso empiezo a tener miedo.

Porque una sesión de verdad es una cosa que se hace entre dos personas que han decidido confiar. Y yo, a las siete y cuarenta, con una pierna cruzada y un bolígrafo en la mano, noto que estoy empezando a confiar en este chico sin que nadie me haya dado un motivo.

Cuando termina la hora, se levanta, me da la mano, y la suya está tan caliente y tan seca como las veces anteriores.

—Hasta el jueves —dice.

—El martes —corrijo, por reflejo.

—Hasta el jueves —repite, amablemente—. Los jueves los tengo ocupados en Segovia, pero haré una excepción.

Se va. Oigo sus pasos en la escalera. Esta vez no los cuento.

*   *   *

Cuando recojo los vasos, encuentro algo bajo el suyo, en la mesa baja: un sobre pequeño, de papel marrón, sin remitente. Lo abro con las yemas de los dedos, como si pudiera quemar.

Dentro hay una llave diminuta, de latón, de las que se usan en los candados de las taquillas. Atada a ella, con una cuerda de bramante, hay una etiqueta de cartón amarillento. Alguien escribió con bolígrafo azul, hace mucho tiempo: Casilla 14. No abrir.

Reconozco la letra.

Redonda, algo inclinada hacia la izquierda, con la ese cerrada como un ojo. La reconozco porque la veo cada mañana en mi cuaderno.

Porque es la mía.

Me siento en el suelo, con la espalda contra el sillón, y miro la etiqueta hasta que las letras pierden su forma y se convierten en una sucesión de líneas.

Sé escribir así. Sé cómo se mueve la mano para cerrar una ese de ese modo, cómo se aprieta el bolígrafo en la curva de la «a», cómo se deja una raya final un poco más larga de lo necesario.

Lo sé de memoria, como se sabe el camino a casa.

Lo que no sé, lo que me deja sin aire en el suelo de mi consultorio con una llave en la palma, es cuándo escribí eso.

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