Capítulo 2
Llego a casa a las nueve menos diez, después de dar tres vueltas innecesarias al barrio.
Tomo calles estrechas, giro sin intermitente, me detengo en un semáforo en ámbar para mirar el retrovisor.
Nadie. Un repartidor en bici, una pareja con un perro, un coche gris que dobla en Menéndez Pelayo y desaparece.
Me siento ridícula. Aparco en el garaje de todos modos y espero con el motor apagado hasta contar cien.
El número no es casual: cien es lo que tardo en convencerme de que el mundo ha vuelto a ser de tamaño razonable.
Cuando llego a noventa y siete me doy cuenta de que me he agarrado al volante con las dos manos, como si el coche pudiera salir despedido hacia alguna parte.
Vivimos en un ático de la calle Ibiza, con vistas al Retiro.
Lo elegimos hace años, o lo eligió Gonzalo y yo aprobé con la cabeza, que es una de las formas más cómodas de elegir.
Al abrir la puerta huele a ajo dorado y a vino abierto.
En la cocina, Gonzalo está descalzo, con la camisa remangada y una copa de rioja en la mano.
Tiene cuarenta y siete años y se mueve por la casa como si fuera una sala de vistas en la que él es el único juez. Me besa en la sien sin mirarme.
—Llegas tarde.
—Un paciente nuevo.
—¿Interesante?
Pienso en una mano caliente y seca. En el 14 de marzo.
—Raro —digo—. Nada más.
—Raro es tu especialidad. —Sonríe, y yo sonrío, y así se sostiene nuestro matrimonio: dos sonrisas que se apuntalan mutuamente.
Cenamos tortilla de patata, la suya, que le sale mejor que a mí.
Es lo único que cocina de verdad. Dice que es una cuestión de paciencia, de dar la vuelta en el momento exacto, ni antes ni después, y yo siempre pienso que esa podría ser la definición de toda su vida.
Me sirve vino. Me sirve también un vaso de agua, como siempre, y como siempre lo deja a la derecha del plato, y como siempre yo apoyo la mano sobre el borde sin llegar a beber.
—Pilar me ha escrito —dice—. Está preocupada. Dice que llevas semanas con mala cara.
—Pilar es mi supervisora, no mi madre.
—Tu madre ni siquiera te reconoce, Inés. Alguien tiene que preocuparse.
Lo dice sin crueldad. Es lo peor de Gonzalo: casi nunca la tiene. Solo exactitud.
Después de cenar recogemos los platos en silencio. Él friega; yo seco. Es un ritual de veintidós años que no ha cambiado ni cuando teníamos motivos para que cambiara. Mientras me pasa un plato mojado, me pregunta por el paciente nuevo con la naturalidad con la que se pregunta por el tiempo.
—¿Joven?
—Veinticinco.
—¿Qué quiere?
—No lo sé todavía.
—¿Y cómo ha llegado a ti?
—Por la web.
Asiente, como si esa respuesta cerrara un expediente. Frota con el estropajo un cacharro que ya estaba limpio.
—Ten cuidado con los que no saben lo que quieren —dice—. Son los que acaban queriéndolo todo.
Después de cenar me encierro en el despacho de casa y abro el portátil.
Álex Vidal, Madrid, 25 años. Hay cientos.
Un dentista de Alcobendas, un futbolista de tercera regional, un chico que sube vídeos de skate.
Ninguno tiene su cara, ni sus manos, ni esa forma de mirar la pared vacía junto a una ventana.
Pruebo con el correo con el que pidió cita, con el teléfono, con el nombre del formulario.
Nada. Ni una red social, ni una foto de grupo, ni un perfil laboral.
Un chico de veinticinco años sin rastro en internet no es un chico sin rastro. Es un chico que ha decidido no tenerlo.
—¿Qué buscas?
Gonzalo está en el umbral. No lo he oído llegar. Los suelos de este piso no crujen, y a veces creo que lo diseñó así a propósito, que es el único mueble que ha elegido él.
—Nada. Preparo una sesión.
Se acerca por detrás y mira la pantalla. Yo no cierro la ventana, porque cerrarla sería confesar. Siento su mano posarse en mi hombro. Pesa.
—No investigues a los pacientes —dice—. Es poco profesional. Y te hace daño.
—Es una costumbre.
—Es una manía. —Aprieta un poco, solo un poco—. Si algo te inquieta, me lo cuentas. Para eso estoy.
Asiento. Él se inclina, me besa el pelo y se va. Oigo cómo se cierra la puerta del dormitorio, con ese clic tan limpio que tienen las cosas bien hechas.
Me quedo sentada un rato en la penumbra del despacho.
Desde mi silla se ve el pasillo y, en el pasillo, la hilera de fotografías enmarcadas.
Gonzalo y yo en la boda, Gonzalo y yo en Lisboa, Gonzalo y yo en la nieve.
La primera es de hace veintidós años. Antes, nada.
Gonzalo dice que es elegante no vivir mirando atrás, y yo siempre le he dado la razón.
Nunca me he preguntado por qué le doy la razón. Esta noche, sin que yo se lo pida, la pregunta se sienta a mi lado y espera.
* * *
Me despierto a las seis y cuarto, como siempre. Esta mañana, la puntualidad me parece una acusación.
Hago el ritual completo. Me ducho, no me baño: la bañera lleva años siendo un mueble decorativo.
El café, sin azúcar, que odio. Me lo bebo de pie, mirando el Retiro, que a esa hora es una masa verde y húmeda con los primeros corredores como puntos de colores.
Gonzalo sale a las siete y media. Me besa la frente, me dice no te olvides de cenar , y cierra la puerta con una llave que gira dos veces.
Siempre dos veces. Antes me parecía una manía simpática.
Espero hasta las ocho para llamar. La residencia de Segovia tiene una centralita con música de espera, una sonata de piano que alguien eligió pensando en la serenidad de los ancianos y que a mí siempre me ha parecido una amenaza.
Contesta Nuria, la auxiliar de la planta de mi madre, que me llama doctora desde la primera visita aunque yo nunca se lo he pedido.
—¡Doctora! ¿Pasa algo? Su madre ha desayunado bien, si es por eso.
—No, no. Solo una pregunta. —Elijo el tono con el que hablo a un paciente que aún no sabe que va a recibir una mala noticia—. ¿Alguien la ha visitado últimamente? Aparte de mí.
—Pues… —La oigo teclear—. Alguien viene los jueves, desde mayo. Un chico joven, muy majo. Le lleva caramelos de menta, y a doña Carmen le encantan. Dice que es sobrino.
El teléfono pesa de repente el doble.
—Mi madre no tiene sobrinos.
—Ay. —Un silencio incómodo, de los que hay que rellenar—. Pues firmó como familiar. Está en el registro, espere… Vidal. Álex Vidal.
En algún lugar del pasillo, un reloj marca las ocho y diez.
Cuento los segundos hasta que mi pulso baja.
Desde mayo. Cinco meses. Veinte jueves, quizá más, en los que un desconocido se ha sentado junto a mi madre, le ha dado caramelos de menta y le ha sostenido las manos, y yo, que me creía una hija atenta, no me he enterado de nada.
—Nuria —digo—. ¿De qué hablan cuando él viene?
—Ah, de cosas de ella, ya sabe. Se pone cariñosa con él. —Se ríe, afectuosa, sin saber lo que acaba de decirme—. Hasta lo recibe por su nombre, mire usted. Lo ve entrar y dice: «Ya ha vuelto el niño de Marta».
No recuerdo haber colgado.
Solo recuerdo que, cuando por fin vuelvo a mirar el teléfono, la pantalla está apagada y tengo la mano cerrada con tanta fuerza que me han quedado cuatro marcas en forma de media luna en la palma.
Mi madre dice muchas cosas. Dice que mi padre ha ido a por el pan.
Dice que ayer fuimos al río. Dice nombres que no son de nadie.
Eso es lo que le he contestado a Nuria, antes de despedirme, con mi voz de consulta.
Y es lo que me repito en el baño, con el grifo abierto, mientras me lavo las manos una y otra vez, con el jabón que huele a almendra, hasta que advierto que el agua ha llegado al borde del lavabo y que no he sido capaz de cerrarla.
Me quedo mirándola. Es un círculo perfecto de agua quieta, con el techo reflejado dentro, y mi cara partida en dos por la línea del grifo. Está tan cerca del borde que un solo temblor la derramaría.
Cierro. Pero tarde. Y por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de haber llegado tarde a algo mucho más grande que un lavabo.
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