La otra mitad Capítulo 1
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La otra mitad

La otra mitad

Por Alexandra Nero

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Capítulo 1

Llego al consultorio a las seis y veinte de la tarde, una hora antes de que empiece a oscurecer del todo, y hago lo que hago siempre antes de recibir a un paciente nuevo: abro la ventana de par en par, aunque octubre ya trae un frío de piedra, y dejo que la sala respire.

Después coloco la jarra de agua sobre la mesa baja, con dos vasos, uno para cada sillón.

Después compruebo que la caja de pañuelos está a un brazo de distancia del sillón de la izquierda, ni más cerca ni más lejos.

La distancia importa. Una caja demasiado cerca dice te esperamos llorando . Demasiado lejos, aquí nadie llora .

Mi despacho es un tercero sin ascensor en la calle Zurbano, con un suelo de madera que cruje en los mismos tres sitios desde hace doce años.

Dos sillones, una mesa baja, estanterías con libros.

Ningún cuadro en el que se vea el cielo, ninguna foto mía, ningún espejo.

Los pacientes lo notan a veces: «Qué sobrio».

Les digo que así se concentran mejor. Es verdad, aunque no es la razón.

Sobre la mesa tengo la ficha de admisión que rellenó ayer por internet. La releo de pie, sin sentarme, como se relee un telegrama.

Es lo único que ha escrito en ese campo.

Dos palabras y un punto. Los pacientes suelen explayarse en el motivo de consulta; escriben párrafos enteros, piden disculpas por escribirlos, tachan, corrigen.

Él ha escrito dos palabras, con una limpieza de bisturí.

Me llama la atención, y me desagrada que me llame la atención.

Me acomodo en mi sillón, el de la derecha, el que queda frente al reloj de pared.

Es un modelo sencillo, de esfera blanca y números negros, a la altura exacta de mis ojos.

Gonzalo me lo regaló cuando abrí el consultorio.

Para que no te pases de hora con los pacientes , dijo. Y para que lo veas siempre.

A las siete menos once, suena el timbre.

*   *   *

Llega once minutos antes de la hora, y eso ya me dice algo. Veinte años de consulta me han enseñado que quien llega pronto no viene a pedir ayuda: viene a ganar ventaja.

Dejo pasar un minuto entero antes de levantarme —otra lección aprendida—, me aliso la falda frente a la puerta cerrada y abro.

—Álex Vidal —dice, y tiende la mano—. Gracias por recibirme.

Tiene veinticinco años, según la ficha. Aparenta menos. Delgado, pelo castaño demasiado corto, una chaqueta vaquera que le queda grande, como si la hubiera heredado. Le doy la mano. Está caliente y seca, la mano de alguien que no tiene miedo. Lo anoto.

—Pase, por favor. El sillón de la izquierda.

No se sienta enseguida. Recorre la sala con la mirada, despacio, como quien tasa un inmueble.

Se detiene en la pared vacía junto a la ventana, y se queda allí un segundo de más, como si faltara algo.

Luego mira el reloj. Una sola vez, con una atención que me parece excesiva para alguien que acaba de llegar con once minutos de adelanto.

—Bonita luz —dice.

—Gracias. ¿Quiere agua?

—No, gracias.

Sirvo igualmente un vaso para él y otro para mí. Es un gesto de oficio: poner algo entre los dos que se pueda mirar cuando es difícil mirarse. Yo no bebo nunca. Llevo años dejando el vaso lleno sobre la mesa, y nadie me lo ha preguntado.

Se sienta, por fin. Apoya las manos en las rodillas. No saca el móvil, no se desabrocha la chaqueta, no cruza las piernas. Un cuerpo muy quieto, de los que han aprendido a no regalar nada.

—¿Quiere contarme qué le trae por aquí? —pregunto.

—En el formulario puse «una obsesión». No era del todo exacto.

—¿Cuál sería la palabra exacta?

—Todavía no la tengo. —Sonríe un poco—. Por eso estoy aquí.

Es una buena respuesta. Demasiado buena. Los pacientes suelen llegar con frases a medias, con excusas, con enfados. Él llega con las frases ya pulidas, como alguien que las ha ensayado en voz alta delante de un espejo. Yo no tengo espejos, pero reconozco a quien los usa.

Abro mi cuaderno. Escribo la fecha: miércoles, 7 de octubre. Debajo: A. V., 25. Motivo: obsesión (¿de quién?). Subrayo la pregunta.

—Cuénteme desde el principio. ¿Cuándo empezó?

—Hace un año, más o menos. —Mira la jarra, no el vaso—. Descubrí una cosa sobre mí mismo que no sabía. Y desde entonces no puedo dejar de pensar en una persona.

—¿Una persona que conoce?

—Una persona que creo que conozco mejor que nadie. Y que no sabe que existo. —Hace una pausa—. O eso pensaba.

Mantengo la cara quieta. Ese es el oficio: ser una pared amable. Pero noto algo pequeño en la nuca, el vello que se alza, esa señal animal que se supone que una psicóloga aprende a ignorar.

—¿Es alguien de su entorno? ¿Una expareja, un familiar…?

—Es una mujer. —Ladea la cabeza—. Me gustaría contarle cosas sobre ella, si le parece bien. Para que me ayude a entenderla.

—Puede contarme lo que quiera. Aquí no se juzga.

—Perfecto. —Se inclina un poco hacia delante—.

Se levanta a las seis y cuarto, aunque no tenga que ir a ninguna parte.

Toma el café sin azúcar desde los dieciséis años, y lo odia, pero no se permite cambiar.

Cuando se da un baño, cierra el grifo antes de que el agua llegue al borde.

Siempre. Como si temiera lo que pasaría si la dejara subir.

Dejo de escribir.

No ha dicho nada extraordinario. Hay millones de mujeres que se levantan a las seis y cuarto.

Es solo que yo cierro el grifo antes de que el agua suba.

Siempre. Y nunca se lo he contado a nadie: ni a Gonzalo, ni a mi supervisora, ni a la psicóloga a la que fui durante dos años, cuando era lo bastante joven para creer que contarlo ayudaba.

Hago lo que me enseñaron a hacer cuando algo me desborda: lo convierto en un procedimiento.

Inventario. Un chico de veinticinco años, ropa heredada, sin teléfono a la vista.

Conoce hábitos privados de una mujer. Tiene dos explicaciones posibles: o ha tenido acceso a una persona cercana a ella, o ha tenido acceso a ella.

La segunda explicación me gusta menos, y por eso la escribo primero.

—Es una descripción muy concreta —digo. La voz me sale exactamente como quería. Tranquila, templada—. ¿Cómo sabe esas cosas?

—Hay cosas que se saben sin proponérselo. —Se encoge de hombros—. El 14 de marzo, por ejemplo. Estuvo tres horas en un coche frente a un edificio de ladrillo en Segovia. No entró. Se quedó con las manos en el volante hasta que oscureció y luego volvió a Madrid.

Bajo la mesa, mi pie derecho se queda inmóvil.

El 14 de marzo mi madre cumplió setenta y ocho años. Hace tiempo que ya no reconoce a nadie. Yo llevaba una tarta en el asiento del copiloto. La tiré en la primera gasolinera de la AP-6.

Nadie lo sabe. Nadie, que yo sepa, me vio.

—Álex —digo despacio—. Si la mujer que me describe soy yo, tengo que preguntarle si me ha estado siguiendo.

—No le he hecho ningún daño. —Lo dice con suavidad, casi con ternura—. Y no se lo haría, doctora. No he venido a eso.

—Entonces, ¿a qué ha venido?

Un silencio. Fuera, un autobús frena en Zurbano.

En la sala, el reloj de pared marca las siete y veinte.

Me doy cuenta de que llevo un buen rato sin respirar y me obligo a hacerlo por la nariz, despacio, como enseño a mis pacientes.

Cuatro tiempos dentro, seis fuera. La técnica funciona con todo el mundo, menos conmigo.

—Quería ver cómo se sentaba —dice por fin.

—¿Perdón?

—Usted. Cuando se pone nerviosa, aprieta la mandíbula. Así. —Lo imita, un gesto breve, exacto—. Es lo mismo que hacía ella.

—¿Quién?

Me sostiene la mirada, y por primera vez veo en sus ojos algo que no es amenaza ni curiosidad.

Es un cansancio antiguo, del tamaño de una vida entera.

Parece mayor que yo. Parece alguien que lleva mucho tiempo cargando un objeto muy pesado, y que de pronto ha decidido dejarlo en el suelo, delante de mí, para ver si sé levantarlo.

—La próxima sesión —dice—. Si me da otra cita.

Me levanto. Recojo mi vaso de agua intacto y lo dejo en la bandeja, y no sé por qué lo hago, salvo porque necesito que mis manos hagan algo normal. Una mujer que ordena. Una mujer que no tiene miedo.

—Tengo un hueco el viernes a las siete —digo.

—Gracias, Inés.

Se queda un segundo parado en medio de la sala, con una cortesía exquisita, esperando a que yo reaccione.

No le he dicho mi nombre de pila. En la placa de la puerta pone Dra. I. Aldama . Los pacientes me llaman doctora; mis colegas, Aldama. Solo Gonzalo me llama Inés, y hace años que ya no lo dice con cariño.

Lo acompaño hasta la puerta. Nos damos la mano otra vez. La suya sigue caliente y seca.

*   *   *

Cuando se va, cierro con llave, me apoyo de espaldas contra la madera y escucho cómo baja los tres pisos. Cuento los escalones, como hacía de niña, aunque ya nadie se acuerde de eso. Veintisiete.

La ventana sigue abierta. Entra el ruido de la calle, el olor a asfalto mojado, una radio lejana.

Me acerco a cerrarla y me detengo con la mano en la manilla.

Abajo, en la acera, Álex Vidal está de pie, con las manos en los bolsillos de la chaqueta vaquera, mirando hacia arriba. Hacia mi ventana. Hacia mí.

No levanta la mano. No sonríe. Solo me mira, quieto, como se mira desde el andén un tren que ya ha salido. Después se da la vuelta y echa a andar hacia la calle Santa Engracia sin apresurarse, y desaparece entre la gente.

Cierro la ventana. Echo el pestillo. Qué ridículo, pienso, un pestillo en un tercer piso.

Luego voy al baño del consultorio, abro el grifo del lavabo y me quedo mirando el agua, que sube, que sube, hasta que el borde está a un dedo de desbordarse. Cierro.

Me tiembla la mano.

Dime quién eres , pienso. Dime quién te lo ha contado.

Pero la pregunta de verdad, la que no me atrevo a pensar con palabras, es otra: ¿Desde cuándo lo sabe?

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