Capítulo 31
La primera llave gira sin esfuerzo. La puerta de la calle de la Judería Vieja se abre con el mismo quejido largo que la última vez, y el olor viene a nuestro encuentro: humedad, cera vieja, lavanda. Pero esta vez no me detengo en el umbral.
Entro. Cruzo el recibidor, paso junto al perchero, junto a la escalera de pasamanos tallado, junto a las sábanas blancas que cubren los muebles como la nieve de una casa abandonada. Voy directa a la primera ventana del salón. Aparto la tela que la tapa. Busco la manija del postigo.
Está atascada. Pesa. Tengo que apoyar el hombro.
Cuando por fin cede, la luz de la mañana entra de golpe en la sala, con una violencia casi física.
Sube por las paredes, atraviesa la nube de polvo, llega hasta el techo y lo ilumina entero.
Me quedo quieta, con los ojos entornados y las manos sobre el alféizar, respirando un aire que huele a piedra tibia y a invierno temprano.
Álex, detrás de mí, no se atreve a hablar.
Abro el segundo postigo. El tercero. Subo la escalera y abro los del dormitorio de mis padres, los del baño, los de la habitación del fondo, la pequeña, la de las flores amarillas.
Hay gorriones en el tejado. Hay una grieta en el cristal que nunca vi.
Hay, al otro lado, un cielo de un azul tan limpio que me da risa.
Cuando bajo, Álex ha retirado las sábanas del salón.
Ha doblado cada una con cuidado, con los codos pegados, como si fuera un asunto de importancia.
Los muebles aparecen uno a uno: un sofá de terciopelo verde, un piano vertical con la tapa cerrada, un armario de roble, una mesa camilla con faldones de ganchillo.
Al pie del piano hay un taburete. Me siento. Levanto la tapa. Las teclas, amarillas como dientes, huelen a marfil viejo. Pulso una. El Do central suena desafinado, alto, casi cómico, y nos hace reír a los dos.
—Inés tocaba —le digo—. Mal. Con mucha seriedad.
—¿Y tú?
—Yo la escuchaba desde el sofá, haciendo ver que leía.
Álex se sienta a mi lado, en el borde del taburete, con las manos entre las rodillas. Se queda mirando las teclas sin tocarlas.
—Me gustaría saber cómo era —dice.
—Callada. —Cierro los ojos—. Lista. Terca como una mula. Tenía un modo de ladear la cabeza cuando algo le parecía injusto, y yo sabía que se iba a meter en un lío. Se mordía el labio cuando mentía. —Sonrío—. Mentía fatal. Y aun así consiguió engañar a todos durante una tarde entera, por mí.
Se hace un silencio cálido, de los que no necesitan que nadie los rellene.
—¿Me llevarás a verla?
Abro los ojos.
—Pensaba que ya la visitabas.
—Visito la lápida. —Se encoge de hombros—. No sé si es lo mismo.
* * *
El cementerio del Salvador ocupa una ladera al norte de la ciudad, entre cipreses y tapias de piedra gris.
Entramos por una verja baja, junto a un puesto de flores.
Álex compra un ramillete de margaritas blancas, sin que yo le diga nada.
Camina por los senderos de grava con una seguridad que me duele: conoce el camino de memoria, a fuerza de domingos.
Se detiene delante de una lápida sencilla, de mármol gris, en una hilera cerca del muro. Hay un jarrón de cerámica con flores secas, restos de una vela, un guijarro blanco apoyado en la base.
Lo que está grabado en la piedra, con letras profundas y limpias, es un nombre que he pasado años sin leer.
MARTA ALDAMA FERRER. Segovia, 17 de febrero de 1984 – 14 de agosto de 2001. Descansa en paz.
Me quedo un buen rato sin moverme.
He estado muerta veinticinco años. Aquí. Con flores. Con velas. Con un joven que subía las colinas cada domingo para hablarle a una piedra que no era suya y que, sin saberlo, le hablaba a la persona exacta.
—Venías a ver a mi hermana —le digo en voz baja.
—Venía a ver a mi madre. —Se agacha, retira las flores secas con ternura, coloca las margaritas en el jarrón—. Pero ella no estaba. Y alguien, igual, tenía que cuidarla.
Me arrodillo. El suelo de grava me muerde las rodillas. Paso la mano por la lápida, por las letras. El mármol está frío y suave. Busco el rastro de las cosas que ya no están: el calor de un cuerpo, un ruido de pasos, una voz.
Saco del bolsillo del abrigo un rectángulo de papel fotográfico. El que me dejó Gonzalo aquel domingo, sobre el aparador, junto al móvil. La chica del embarcadero. El bañador amarillo. La mandíbula apretada. La única fotografía que sobrevive del 14 de agosto.
La miro por última vez. Antes pensaba que era mi cara.
Ahora sé que es la suya, aunque fuera idéntica a la mía, aunque durante veinticinco años me costara distinguirlas.
Es ella: el modo en que ladea la cabeza, la forma terca en que mira al objetivo, el gesto de quien decide ser valiente porque alguien tiene que serlo.
Apoyo la fotografía contra la lápida y la sujeto con el guijarro blanco.
—Hola, Inés —digo.
No me sale ningún otro nombre.
El viento mueve las ramas de los cipreses. En algún lugar de la ladera, una mujer llora en voz baja sobre otra tumba. Un reloj de iglesia da las doce.
—Te he traído a alguien —continúo, con una voz que no reconozco—. Es Álex. Es mi hijo. Es tu sobrino. Se parece más a ti que a mí, en lo que se calla.
Álex se arrodilla a mi lado. Se pone muy serio. Toca la lápida con dos dedos, como si pidiera permiso.
—Encantado —dice, y le tiembla un poco la voz.
Sonrío. Las lágrimas me corren por la cara sin molestarme.
—Te quité tu nombre —le digo a mi hermana—.
Lo llevé veinticinco años. Me quedaba grande y me quedaba pequeño.
Lo gasté en cosas que no eran tuyas: una carrera, un marido, una letra que no me salía.
Lo usé como se usa un abrigo de otra persona en una noche de frío.
Nunca lo pedí. Nunca supe cómo devolverlo.
Respiro.
—Hoy te lo devuelvo.
Me llevo la mano a la oreja izquierda, a la cicatriz fina. No la toco. Solo la recuerdo.
—Y quería decirte otra cosa. —La voz se me estrecha—. Se me quedó clavada. Llevo veinticinco años con ella. No pude moverme. Me quedé quieta, mirándote, veinte segundos. Veinte. Los conté. Y luego fui, pero tarde.
Álex apoya la mano en mi espalda. No dice nada. Está haciendo lo que hacen las personas que saben acompañar: estar.
En la lápida, sobre el mármol, un rayo de sol cruza el nombre equivocado, el que ya no es mío, el que no era de ella. Una abeja zumba entre las margaritas.
—Perdóname, Inés.
No contesta. No ocurre nada. No hay revelación, ni señal, ni música de fondo. Hay un cementerio al mediodía, un viento tibio, una piedra gris. Y sin embargo, por primera vez en un cuarto de siglo, siento que alguien al otro lado ha dejado de apretarme la mandíbula.
Nos quedamos allí hasta que el reloj de la iglesia da la media.
* * *
Al salir, pasando por la verja, recuerdo que el miércoles que viene irá al Registro Civil una carta con mi firma.
Marta Aldama Ferrer. Solicitud de rectificación de nombre.
Y que Mercedes ha prometido buscarme una cita con el juez, y que Ríos, al despedirse, me ha dicho que, con suerte, antes de Navidad el cementerio tendrá una orden de cambiar la piedra.
Pienso que tendré que elegir qué se escribe en ella. Que no podré dejar que pongan solo un nombre y dos fechas. Que Inés, mi hermana, merece al menos una línea.
Me vuelvo una última vez hacia la hilera de cipreses. La fotografía apoyada contra el mármol brilla un instante, como una moneda.
Bajamos a la ciudad por el camino de grava. Álex me da la mano, y yo se la dejo. Caminamos sin hablar, y tardo casi toda la cuesta en darme cuenta de lo que no estoy haciendo.
No estoy contando los pasos.
Volver al índice