La Oscuridad Llama (Serie Kat Drummond 5) 21. Familia
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21. Familia

Familia

Soñé que mis padres morían. Pero no eran mis padres.

Eran un hombre y una mujer a los que no había visto nunca, pero que sabía que eran mi padre y mi madre.

Sin embargo, el hombre que los mató no era el que mató a mis padres.

Era otro vestido de la misma forma. Y mientras yo estaba en una habitación oscura, gritando y llorando, un hombre vestido de negro me ofreció la oportunidad de traerlos de vuelta.

De traerlos a todos de vuelta. Pero yo sabía que él ya me lo había arrebatado todo.

Me desperté ante un par de ojos amarillos.

No eran animales, como los de un hombre lobo, sino que tenían esa artificialidad enfermiza de un homúnculo.

Rebosantes de algo antinatural. Petunia me observaba como solo una niña curiosa podría hacerlo.

Retrocedió un poco, apoyándose en los nudillos mientras yo jadeaba y me incorporaba.

Candace sostenía una jeringuilla y un frasco de un líquido ambarino. No sabía qué era, y no quería saberlo. Sus guantes de goma blancos estaban cubiertos de rojo.

—¿Sientes dolor? —preguntó.

—¿El fuego? ¿La explosión? ¿Whiteshield? —Solté las palabras de golpe y miré alrededor de la habitación. Solo estábamos nosotras. En el laboratorio de Candace.— ¿Dónde están mis amigos?

—Te salvé del fuego. Tu abrigo absorbió gran parte, pero aun así tenías quemaduras demasiado graves para que un humano normal sobreviviera.

Apreté los dientes y, con una ira renovada, me encaré a la nigromante.

—¿Dónde están mis amigos?

—Por ahí, en alguna parte... —Se encogió de hombros—. No importa. Lo que importa es que volvemos a estar juntas. Y por fin podemos empezar...

Negué con la cabeza, todavía aturdida.

—¿Empezar qué?

Sus ojos se iluminaron; dejó los instrumentos y se quitó los guantes ensangrentados.

—Empezar el fin, Kat. El fin de la locura. El fin de la oscuridad. Y estaremos con ellos. Y por fin podré volver a ver.

Su tono me hizo sentir claramente incómoda, pero vi el temblor de su labio. La incertidumbre asomando tras el temblor de su mano. Era humana. Era una niña.

—Yo empecé esto —le susurré a Treth y a mí misma—. Más vale que llegue hasta el final.

Sentí que Treth sopesaba mis palabras. Asintió, aunque percibí su reticencia. Eso es todo lo que podía pedirle. No que aceptara mis decisiones, todavía no. Sino que me escuchara. Cuando todo esto terminara.

Inspiré profundamente. Aparté los pensamientos sobre las llamas.

Sobre mis amigos mirándome mientras el fuego estallaba.

E intenté olvidar la idea de mi venganza.

Pero me di cuenta de que ya no quedaba nada por lo que atormentarse.

Andy estaba muerto. Colin había sido vengado. ¿Por qué entonces me sentía tan vacía?

Solo me quedaba esto.

Candace. Y una pregunta que necesitaba respuesta:

¿Me equivocaba? ¿Estaba todo mal?

—¿Estás lista? —pregunté, justo cuando Candace palideció, mirando fijamente hacia el abismo.

—¿Qué pasa? —pregunté. No había ni rastro de locura en ella.

—No puede ser —murmuró—. El sol saldrá en solo una hora o dos. No se arriesgarían.

—¿Qué pasa? —repetí, aunque podía imaginármelo.

—Vampiros —dijo simplemente.

—Vienen a por mí. Los mantendré a raya.

—¡No! Necesito que estés allí... conmigo.

La tomé por los brazos.

—Lo estaré. Pero tienes que ver si tienes razón. Yo los he traído aquí. Yo lucharé contra ellos. Y cuando estés lista, llámame a través del ojo para que vaya al lugar del ritual.

Candace sollozó, pero asintió. La solté y le apreté el hombro.

—Es el principio del fin —dije—. Pero pase lo que pase, eres mi amiga.

—No. —Ella sonrió—. Hermanas.

Le devolví la sonrisa. —Sí. Hermanas.

El sonido de los explosivos de demolición marcó el final de nuestro encuentro sentimental.

—¡Ve! Trae de vuelta a tus padres —le dije.

Se dio la vuelta y se dirigió al lugar del ritual.

—Y Candy...

Se detuvo.

—Ahora estoy lista para luchar al lado de tu ejército.

Hizo una pausa y asintió. Al instante, oí un rugido desgarrador y el estruendo de un centenar de no muertos. Quizá más. Candace se había ido a terminar su ritual.

—Nunca pensé que lucharía codo con codo con los no muertos —dijo Treth.

—Yo tampoco.

—¿Sigues estando segura de ella, Kat?

—Más de lo que lo he estado nunca de nada. Porque necesito saberlo. Y porque se merece intentarlo.

—No estoy de acuerdo con esto... —murmuró—. No estoy de acuerdo con la forma en que invadió tu mente y puso esas palabras en tu boca.

—Nos salvó.

—Lo sé.

¿Pero a qué precio? , fue lo que quedó sin decir.

—Ya nos ocuparemos de todo eso —dije, colocándome el abrigo sobre los hombros.

Se calentó a modo de saludo. ¿Y se sentía un poco más cálido de lo habitual?

Debió de disfrutar del infierno que casi me mata.

Me abroché el cinturón de las espadas y las envainé.

Mi wakizashi todavía estaba ensangrentada.

La miré, costrosa de sangre de hombre lobo.

Y luego miré mi dusack. Limpio. Hacía una eternidad que no lo usaba.

Ninguno de los dos sería tan efectivo contra los vampiros.

A largo plazo, al menos. Sin plata, su carne se regeneraría.

Pero aún podía decapitarlos. Frenarlos. Mantenerlos alejados de Candace.

Cinco balas de plata más para Voidshot. Ojalá Candace hubiera conseguido más, pero se había quedado sin recursos. Ya no le quedaba dinero. Solo su última guarnición de cadáveres vivientes. Ya no era la Necroseñora. Otra razón para no matarla.

—Podemos hacerlo, Kat —dijo Treth, notando mi inquietud.

Envainé ambas espadas y alcé mi pistola. Froté la inscripción, en alemán. No la entendía. No me hacía falta. La guardé en la funda.

—Siempre lo hemos hecho, Treth. Y lo haremos de nuevo. Y otra vez. Juntos. Por el mismo camino, hacia la oscuridad y hacia el abismo del caos.

—Esperemos que no tan lejos.

Sonreí y caminé hacia el fragor de la batalla. Parecía un lugar al que pertenecía.

Quedan tres balas. La primera falló. La segunda inmovilizó a un vampiro el tiempo suficiente para que yo le separara la cabeza.

Su cuerpo aún se movía. Dejé que los zombis se ocuparan de él.

Los retorcidos pasillos de la fortaleza de Candace, esos que antes tanto temía y en los que sentía tanta claustrofobia, eran ahora mi dominio.

Los no muertos se desplazaban con facilidad en la oscuridad.

Con tanta facilidad como los vampiros. Pero tenían una ventaja clara.

No podían sentir miedo. Ni conmoción. Conocían el dominio de su maestra tan bien como ella.

Y yo solo tenía que seguirlos a la matanza.

Los necrófagos lideraron el asalto. Hombres y mujeres bestiales de piel gris chocaron contra una marea de cadáveres putrefactos y retorcidos.

Mordían. Arañaban. La sangre no salpicaba.

Pero la carne volaba. Y se oían mordiscos.

Y huesos rompiéndose. Me mantuve alejada de la melé, buscando mi propia presa, más inteligente.

Al final, los zombis arrollaron a sus homólogos vampíricos.

Los necrófagos necesitaban sangre para medrar, y los zombis solo podían proporcionarles sangre tóxica.

Los zombis solo necesitaban carne. Los necrófagos, a pesar de su maldición, tenían carne más que suficiente para los voraces muertos.

La batalla continuó por todo el complejo. Y yo luché codo con codo con mi enemigo jurado.

Un vampiro era fuerte. Veinte zombis eran más fuertes.

No me alegró darme cuenta de esto. Porque no sabía a cuál odiaba más.

Pero los zombis estaban de mi lado, al menos esta vez.

Me movía justo detrás de ellos, dejando que recibieran el grueso de los ataques de los vampiros.

Cuando no podían con ello, yo intervenía y atacaba.

—¿Tienes sed, sanguijuela? —provoqué al vampiro que tenía delante, empuñando mi wakizashi y mi humeante Voidshot. El vampiro se agarraba el hombro herido. El humo salía del agujero de la bala y la carne no se estaba cerrando.

Gruñó, justo cuando un zombi le mordió la pierna. Él levantó su espada y paró el ataque de otro. Dejé que los zombis se divirtieran, dándome un respiro.

—Techo —advirtió Treth.

Disparé Voidshot directamente hacia arriba y recibí como recompensa unas gotas de sangre.

Retrocedí cuando el vampiro cayó al suelo.

Dos zombis se lanzaron sobre él, pero era rápido y consiguió decapitarlos a ambos con sus hachas de carnicero dobles.

De forma limpia, en una media pirueta. Tenía que admitir que me gustaba la forma de luchar del vampiro. Era parecida a la mía.

Ignoró los gritos de dolor de su camarada mientras este era asediado por los no muertos y se enfrentó a mí. Mantuvo una de sus hojas en alto, apuntándome en señal de desafío.

—Has matado a los de mi estirpe —dijo simplemente. Sus palabras sonaban forzadas. Ensayadas. Su acento era muy diferente a su elección de palabras.

—¿Es propio de la cultura vampírica ser tan pretencioso?

Gruñó y, en un destello blanco y negro, cargó contra mí.

Vi mechones de mi pelo cortados al agacharme y hundir mi espada en su vientre.

Su cara estaba justo encima de mi abrigo e incluso sin mi voluntad consciente, el abrigo se prendió y escupió llamas hacia su rostro.

Retorcí la hoja mientras los chorros de fuego lo quemaban, y luego lo empujé fuera de mi acero.

Cayó al suelo. El agujero de su vientre empezó a cerrarse de inmediato, pero el agujero de bala de su muslo seguía humeando. Su cara se estaba llenando de ampollas, con pústulas negras que escupían sangre. Sus labios y todo su pelo habían desaparecido por la quemadura. Aún se movía.

Antes de que pudiera levantarse, cargué y tracé un arco con mi hoja para cortarle la cabeza.

Su hacha se alzó y desvió mi golpe. Mi brazo vibró por el impacto y retrocedí.

Él se levantó, como los no muertos. Me di cuenta de que sus ojos no estaban cerrados.

Sus párpados habían sido incinerados, junto con los ojos que había debajo. Parecía un zombi.