La Oscuridad Llama (Serie Kat Drummond 5) 16. Venganza
71%

16. Venganza

Venganza

—Quítame el ojo —dije sin dudarlo mientras me tumbaba en la fría mesa de operaciones de metal que dominaba el centro del laboratorio.

—¡¿Qué?! —gritó Treth.

—Es sencillo —le expliqué en voz alta a Candace, más para beneficio de Treth que para el de ella—.

Toma mi ojo y dame el tuyo. Te permitirá crear un vínculo visual.

Sentirás mi presencia y verás lo que yo vea.

Si el hecho de que esté cerca mantiene a raya la locura, esto debería ser más que suficiente para contenerla.

También significa que podrás ver que estoy bien.

Candace reflexionó sobre mis palabras mientras tiraba de los puños de su sudadera negra con capucha y se los frotaba. Respiraba con rapidez. Con ansiedad.

Treth continuó lamentándose ante mí.

—Tienes la mente alterada. ¡Libérate! Tú no eres así, Kat. Nosotros matamos nigromantes. No intercambiamos ojos con ellos.

—¡Cállate, Treth! —le grité, y luego miré a Candace. Mi mirada no pretendía ser intimidante, pero su intensidad hizo que la chica diera un paso atrás.

—Tengo que hacer esto, Candace. Y si lo que hace falta es dejar que me saques el ojo, lo haré. Me importa un bledo esa estúpida venganza contra la necromancia. Al menos por ahora. Tengo que matarlo. Y si para ello tengo que hacer un trato con la oscuridad, lo haré.

—No merece la pena —susurró Treth. Sentí que sus lágrimas caían sobre mi regazo.

Levanté la vista y capté un destello de su rostro, tal como lo había visto meses antes, cuando el archidemonio estuvo a un palmo de matarme.

Era tan joven. Tenía la misma edad que yo tenía cuando nos conocimos.

Pero yo había envejecido y él no. Y yo había crecido lo suficiente como para saber que hay que hacer sacrificios.

—Habrías sido una poderosa nigromante —dijo Candace, con un tono erudito dominando en su voz, aunque pude percibir inquietud—. Mucho más poderosa que yo. ¿Entiendes lo que supondrá intercambiar nuestros ojos?

—Verás lo que yo vea.

Ella asintió.

—Principalmente. Pero puede que tú también veas lo que yo veo. Destellos de mi psique. Y debo advertirte, Kat… amiga mía… lo que yo veo no es algo de lo que puedas desprenderte sin más. Estoy rota y, al intentar levantarme, corres el riesgo de cortarte con los cristales rotos.

—Yo ya estoy dañada. Quizá no de la misma forma que tú, pero me he enfrentado a la muerte tantas veces que me ha dejado cicatrices. Muchas. Pero cada vez… cada vez…

Se me cortó la respiración y sentí que Treth me miraba. Desesperación. Derrota. Amor. No lo entendía. No entendía por lo que yo había pasado. Ni lo que tenía que hacer.

—Me levanté —terminé—. Y lo maté. Fuera lo que fuese. Y maté a lo siguiente. Y a lo siguiente. Y cada vez que no moría, me rompía en más y más pedazos. No sé lo que has visto tú, Candace, pero yo he visto mis propios horrores. Y si tengo que ver los tuyos también, simplemente volveré a levantarme.

Se apoyó en la encimera para mantener el equilibrio. Nunca la había visto tan nerviosa. No era como su miedo infantil ni como sus brotes de locura paranoica. Esta era la Candace inteligente. La que tuvo que crecer demasiado rápido. Y estaba asustada.

—Con ojo o sin él, es peligroso. No es solo un hombre lobo, ¿sabes? Es un alfa. Con una manada.

—¿Más peligroso que un dios vampiro o un archinigromante?

Hizo una pausa.

—Supongo que no… pero tuviste ayuda en ambas ocasiones.

—Tú puedes ayudarme.

La idea de luchar junto a los no muertos me repugnaba, pero si eso significaba enterrar a Andy…

Ella negó con la cabeza.

—No puedo. Mi imperio se ha desmoronado.

—¿Qué? Pensaba que eras la Necroseñora. Poseías lo que parecía ser la mitad de los barrios bajos.

—Ni de lejos —dijo ella—. Y ahora solo poseo esta fortaleza. Y ni siquiera es mía. La mantengo mientras mi Mentor siga desaparecido. No estoy segura de si podría impedirle la entrada si alguna vez regresara.

—¿Pero… pero qué pasó con tus fá bricas de carne? ¿Tus otras fortalezas? ¿Tus abominaciones y ejércitos?

—Se han reducido a unos pocos —dijo, y sonrió débilmente—. Sin la Mariscala, no podía hacer nada más. Y contigo, recuperé parte de mi consciencia perdida. Ya no me parecía bien seguir haciendo lo que hacía.

—¡Por el amor de Atenea! Eres una nigromante.

—Y tú odias a los nigromantes, Kat. Y yo no quería disgustarte más. Dejé de crear nuevos esbirros solo una semana después de que llegaras. Y me ha dolido. Tanto la oscuridad como la locura me dicen que necesito más. Más esbirros. Más y más…

Se detuvo cuando la voz de la locura acudió a ella. Respiró hondo y recuperó la lucidez.

—Ya no necesitaba mi imperio. Después de que llegaras, me di cuenta de ello. Solo te necesitaba a ti. Para completar el equilibrio. Para contener la locura. Para mostrarme el poder de la luz.

—Pero si no consigues tu ingrediente final, no podrás traer de vuelta a tus padres —dije.

—¿Crees que puedo? ¿Que es posible que vuelva a verlos?

¿Lo creía? Sentí la duda de Treth. Él estaba seguro de que fallaría. Estaba tan convencido de que sería así que ni siquiera se planteaba si quería que tuviera éxito o no. Pero, ¿qué sentía yo?

Aquello violaba todas las reglas. La necromancia no devolvía la vida.

Controlaba a los muertos. Pero las reglas se rompían a menudo.

Candace era un testimonio de ello. Una niña forjada en la oscuridad.

Devuelta a la luz. Y oscilando constantemente entre magias incompatibles.

¿Y qué pasaba con Treth? Un espíritu, o algo más, vinculado a mí desde reinos lejanos y unido por un sufrimiento compartido.

Nosotros rompíamos las reglas.

Así que, ¿quién era yo para dudar de Candace?

Pero era algo más que eso. Quería que Candace tuviera razón. Quería que volviera a ver a sus padres. Que fuera feliz. Que tuviera la oportunidad que yo no tuve de volver a ser una niña.

Pero más aún, quería que estuviera equivocada.

Porque si tenía razón, y si traía de vuelta a sus padres, y estaban vivos y eran capaces de una felicidad verdaderamente humana con su hija, significaría que yo había elegido el bando equivocado.

Y que yo podría haber visto a mis padres de nuevo. Que podría haberlos traído de vuelta.

—No lo sé —respondí finalmente.

Candace asintió. Y pareció recuperar la compostura y la confianza .

—¿Estás segura de esto?

—Sí —respondí, y lo decía de verdad.

—Seguirás pudiendo ver a través de mi ojo en tu cuenca, pero podrías captar destellos de lo que tu ojo vea en la mía.

—Lo sé.

—Debes contactar con tus aliados cuando estés fuera —dijo ella.

Brett.

—Lo haré.

Oí a Treth gimotear, pero no gritó. Se retiró a su cámara.

Me tumbé en la mesa y cerré los ojos. Sentí que el calor del miasma me envolvía y percibí el aroma distintivo de las rosas, justo cuando mi consciencia se desvanecía.