5. Belleza #2
—Simplista —dijo ella, sonando más como una académica ahora que como una niña—.
La nigromancia, como cualquier ciencia, adopta muchas formas.
Muerte, vida. Solo dos caras de la misma moneda.
Con una nueva perspectiva, el propósito de una herramienta se puede cambiar.
Yo lo he cambiado. Y he creado vida nueva.
Un homúnculo, un monstruo de Frankenstein.
Y al hacerlo, me he convertido en un moderno Prometeo.
Me detuve, atónita.—¿Qué edad has dicho que tienes?
—Catorce. ¿Por qué?
—Sabes muchísimo para tener catorce años.
—Leo —dijo, mientras doblaba la esquina del pasillo. De repente, la oscuridad remitió, revelando un apartamento bien iluminado, adornado con un sofá, un sillón, una cocina americana, una estantería y una puerta que conducía a otra habitación, con un cartel que decía: «Candy 3»
Parecía... normal. No la morada retorcida de una nigromante, el ático de un líder de banda o el búnker infecto de un criminal escondido. Parecía cualquier apartamento normal, aunque pequeño. Podría haber sido perfectamente el mío, de no ser por la falta de ventanas.
—Estaré atento por si veo algún lugar para escapar —dijo Treth.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Candace, curiosa y emocionada.
—¿Qué te hace pensar que ha hablado?
—Miras hacia arriba, como si contemplaras el techo, cada vez que habla —dijo ella.
Pues vaya una mierda. Y yo que pensaba que lo tenía todo disimulado.
—¿Vives sola? —pregunté, intentando cambiar de tema.
—No... y sí. Tengo a mis sirvientes. Pero no es que estén exactamente viviendo conmigo.
—Desviviendo contigo, entonces —sonreí, incapaz de contenerme.
—¿Eso ha sido un juego de palabras?
No respondí.
Candace me dio la espalda, pero vi un conato de sonrisa. Se dirigió a la encimera de la cocina y encendió un hervidor eléctrico.
—¿Té? ¿Café?
—No tomes nada. Podría ser una trampa —dijo Treth.
Eso era una estupidez. Ya me había comido su comida anoche. Si hubiera querido lavarme el cerebro o mutarme, ya habría tenido todas las oportunidades del mundo.
—Café, por favor.
—¿Solo ?
—Sí.
—Yo prefiero el té —dijo ella—. Rooibos. Con miel. Irónico, ¿verdad?
—¿El qué lo es?
—Tú, una servidora de la luz, bebiendo café negro. Yo, una nigromante, a la que le gusta el té dulce.
—Los humanos son demasiado complejos para analizarlos por sus bebidas.
—Al contrario, Kat. Creo que se puede decir mucho de alguien por lo que prefiere beber.
Sirvió el agua caliente en las tazas correspondientes y preparó las bebidas, mientras yo esperaba torpemente a un lado. Finalmente, señaló el sofá y el sillón y la seguí mientras dejaba las bebidas en la mesa de centro.
Cerró los ojos mientras bebía. Parecía serena.
Yo bebí mi café, un poco escéptica sobre su seguridad debido a la paranoia de Treth.
Pero sabía normal, aunque mal hecho. Amargo.
Si se me podía juzgar por lo que bebía, ¿significaba eso que yo era amarga?
Como el café solo. Nada más que cafeína, calor y cinismo.
—El café es complejo, he leído —dijo Candace, todavía con los ojos cerrados—. Si se deja reposar demasiado tiempo, sale amargo y acre. Pero si es fresco, y se prepara bien, está lleno de una mezcla de sabores complejos.
Abrió los ojos.
—¿Qué dice eso de ti, Kat?
—Que en realidad no me importa el sabor de lo que bebo.
Di un sorbo largo y dejé la taza en la mesa.
—Si vas a pasar tiempo con ella, al menos intenta sacar algo de información —siseó Treth. No le gustaba esto.
—Ayer empezaste a hablar sobre el Consejo. De cómo trabajaste para ellos. También mencionaste que me he encontrado con... una parte del Consejo...
—Tres veces —terminó ella mi frase. Dejó su taza en la mesa de centro y levantó un solo dedo.
—Primera vez. Jeremiah Cox. Nigromante. Se hacía llamar La Pureza.
Lo recordaba demasiado bien. A veces, todavía sentía su sangre en mis manos.
—Fue financiado por un grupo que se hace llamar el Cónclave.
¿La razón? Por lo que averigüé: era un elemento desestabilizador.
Un señuelo, si se quiere. Ayudó a encubrir algo que el Cónclave quería que se encubriera.
¿Sabes? Operaciones de bandera falsa, cortinas de humo.
¿Qué importan unos cuantos cientos de muertos si eso mantiene otra cosa fuera de las noticias?
—Pero fuiste tú quien me guió hasta su guarida en North Road, ¿no es así?
—Sí. Y eso parece que fue hace siglos. Antes de tener mis posesiones locales. He crecido mucho desde entonces.
Tensé los puños y tuve que hablar entre dientes.
—Usaste tu magia negra conmigo.
—Tuve que hacerlo, Kat —suplicó ella—. Tenías espadas. Ibas a matarme. ¿Me habrías dejado sobrevivir si hubieras sabido que era una nigromante?
—¿Por aquel entonces? Probablemente. Jeremiah fue el primero para mí.
—Qué asco.
—Continúa. ¿Mi segundo encuentro con este... Cónclave?
—El Cartel de la Sangre. Vampiros decididos a destruir la ciudad y el mundo con la ayuda de su dios oscuro. El Cónclave los ayudó. A mí me contrataron para ayudarlos en sus propósitos.
—Ayudaste a que mataran a mucha gente.
Ella se encogió de hombros—. Un medio para un fin.
Casi me levanto, enfurecida, pero me tranquilicé.
—El Cartel de la Sangre —prosiguió ella— recibió ayuda del Cónclave. Con qué fin, no lo sé. Pero si el objetivo del Cartel de la Sangre era la destrucción, entonces es de suponer que el Cónclave se habría beneficiado de esa destrucción de alguna manera.
Levantó tres dedos en total.
—Cornelius Black y Joshua Digby. Cristianos convencidos de que debían provocar la segunda venida con fuego y muerte. Objetivo final: despertar al Titán bajo la Montaña. También habilitados por el Cónclave.
—Le oí hablar con alguien por teléfono. Antes de que lo mataran.
—¿Tú no lo mataste?
Negué con la cabeza.—Lo hizo un demonio.
—Los demonios son volubles. No como mis sirvientes.
Se miró el regazo. Sus dedos se agitaron.—O quizá similares, en algunas circunstancias.
—¿Por qué trabajaste para este Cónclave? —pregunté finalmente—. ¿Estabas de acuerdo con sus objetivos de destrucción total?
Negó con la cabeza.—Nunca me importó lo que quisieran. Para mí, se trataba de hacer lo que mi mentor me decía, y eso era solo por una razón.
Me miró con más severidad, y vi el destello de lucidez en sus ojos.
—Le dijiste a la Mariscala que no aceptas la muerte. Yo tampoco. Hago lo que hago para volver a ver a mis padres. Para traerlos de vuelta.
—¿Como túmulos?
—No. Tal como eran. Como los recuerdo. Vivos. Respirando. Y así, poder pedirles perdón. Por todo por lo que no pedí perdón antes, y por todo lo que he hecho desde entonces.
—La nigromancia no puede devolver la vida, Candace —negué con la cabeza, como si diera una lección a una niña. Pero, ¿podía considerarla realmente una niña?—. Solo puede imitar. Retorcer la muerte en una fachada. La nigromancia proporciona el simulacro, pero no serían tus padres.
—No, Kat. Te equivocas. Eso es lo que la oscuridad quiere que creamos.
Pero yo he visto la verdad. La oscuridad puede ser domada.
Puede ser usada para el bien. Y puedo traer de vuelta a mis padres con ella.
Y todo valdrá la pena. Valdrán la pena los gritos en la cabeza.
Los dolores dolorosos. Valdrá la pena convertirme en...
convertirme en... como... ¡como ÉL! La oscuridad me llama, Kat.
Pero ya se lo mostraré. Se lo mostraré a todos.
Y a ti. Todos volveremos a estar juntos con ellos.
Había estado gritando, pero se detuvo de repente. La lucidez regresó a sus ojos empañados por la locura, y se frotó la cabeza.
—El dolor significa que puedo ver —murmuró—. Puedo ver más allá. El dolor es bueno. No el dulzor.
Me miró de repente. Sentí el retroceso de Treth mientras yo consideraba hacerlo.
—Espero que lo entiendas —dijo en casi un susurro—. El Cónclave va tras de ti. Y va tras de mí. Pensó que nos mataríamos la una a la otra. Pero se equivoca. Él se equivoca. Ahora, podemos protegernos mutuamente.
Se levantó y se dirigió a la cocina, mientras yo intentaba asimilar lo que acababa de decir.
—¿Qué quieres para cenar? —preguntó.
—Ramen —respondí sin vacilar, incluso mientras me rascaba los vaqueros, sin saber cuál sería mi próximo movimiento.