La Oscuridad Llama (Serie Kat Drummond 5) 5. Belleza
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5. Belleza

Belleza

Me desperté en la cama de la celda al día siguiente de mi charla con Candace...

o Candy. Me había costado conciliar el sueño mientras asimilaba mi situación y seguía recordando los últimos momentos de Colin.

Cuando aquello se volvía demasiado insoportable, cavilaba sobre qué les habría pasado a mis amigos.

Cavilaba sobre qué sería de mí. Esto último era lo menos ofensivo de todos mis pensamientos.

Me había enfrentado a la muerte muchas veces antes. Pero perder a Colin...

Finalmente, el agotamiento me venció y me quedé dormida. Por suerte, por la mañana no recordaba mis sueños. Pero sí me desperté con un sudor frío, el corazón a mil por hora y sintiendo una intensa culpa que no sabía explicar.

—¿Despierta? —preguntó Treth. Abrí los ojos y asintí.

—Bien. Deberíamos empezar a planear nuestra huida.

—De acuerdo —le susurré de vuelta, agradecida de que estuviera desviando mis pensamientos hacia otra cosa—. Pero hay algo más...

—¿El qué?

—Ella sabe cosas. Necesitamos averiguar más.

—Eso parte de la base de que se puede confiar en ella —replicó Treth.

—Es extraño...

—Sí, lo es.

—Quiero decir... confiar en ella es extraño. Es una nigromante, y está loca, pero...

—Pero nada —interrumpió Treth—. Ha abrazado la oscuridad. Salimos de aquí. Matamos a Andy. La matamos a ella. El orden no importa. Con tal de que ambos mueran.

Normalmente habría asentido, pero algo me detuvo.

—No creo que sea tan sencillo. Y pese a su locura, pese a la oscuridad... no creo que nos esté mintiendo .

—¿Por qué? —Treth sonaba incrédulo, y un poco acusador.

—Ya sospechábamos del Consejo. ¿Y qué ganaría ella mintiendo sobre su relación con ellos?

—Quiere que le sirvas. Lo ha dicho abiertamente. Quiere que confíes en ella para que le sirvas...

—Sabes que eso no va a ocurrir. Yo no sirvo a nadie. Y mucho menos a una nigromante...

Treth hizo una pausa y luego susurró, aunque solo yo pudiera oírle: —Lo siento, Kat. Es que... ya conoces mi pasado. Lo que le ocurrió a mi hermano. Cuando la oscuridad llama, pocos rechazan su invitación. Confío en ti, Kat. Te quiero. Pero también quería a mi hermano. Y él abrazó la oscuridad.

—¿Quererme? —pregunté, justo cuando oí otra voz al otro lado de la puerta metálica de la celda.

—¿Con quién estás hablando? —preguntó Candace en voz baja, con la voz amortiguada por la puerta.

No la oí acercarse. Debía de llevar junto a la puerta desde que me desperté.

Muy inquietante. Pero, en cierto modo, algo triste.

Que pasara tanto tiempo, ociosa junto a la puerta de una celda, esperando a que otra persona viva hablara.

—Tengo el espíritu de un caballero de otro reino viviendo dentro de mi cabeza —respondí con la verdad. Por lo general, la gente pensaba que solo estaba siendo sarcástica cuando daba esta respuesta.

—¡Qué guay! ¿Está muerto? ¿De qué reino es? ¿Desde cuándo lo tienes? ¿Cómo se llama? Espera... ¿es un «él»?

Candace me creyó.

—Buen trabajo, Kat... —se quejó Treth, siendo él ahora el sarcástico.

—¿De verdad importa que sepa de ti? —respondí en voz alta.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Candace, con la voz llena de una excitación infantil.

—No se lo digas —rezongó Treth.

—Piensa que no debería haberte hablado de él.

—¿Entonces es un «él»? —su tono sugería una sonrisa traviesa—. ¿Cómo se llama?

Esperé al consentimiento de Treth, aunque antes no lo hubiera hecho. Él puso los ojos en blanco.—Ya es tarde.

—Se llama Treth. Es de Avathor.

—¿El mundo muerto?

Sentí que Treth se estremecía.

—No lo sé. No le gusta hablar de ello.

Silencio .

—Lo siento, Treth —dijo Candace, sonando avergonzada.

—¿Lo sientes por qué? —respondió él, como si le hablara directamente a ella. Repetí sus palabras.

—Leer sobre los mundos muertos —empezó ella, con voz triste— y saber que son y fueron reales es muy diferente. He sido desconsiderada.

Treth no respondió. Sentí su asombro. Yo también estaba asombrada. Demasiado a menudo había pensado en los nigromantes como seres equiparables a los monstruos que creaban. Olvidaba que eran humanos, con vergüenza humana y, al parecer, simpatía humana.

—¿Kat? —preguntó Candace.

—¿Qué?

—Si os dejo salir a los dos, ¿me mataréis?

Consideré la pregunta. ¿Lo haría? Había hecho el juramento de que lo haría. Los nigromantes eran el enemigo. Humanos o no. Por todo lo que había hecho y lo que haría, debía morir. Pero... necesitaba salir de esta celda.

—No te mataré si me dejas salir de esta celda.

No sabía si estaba mintiendo o no.

—¿Lo prometes?

Vacilé. Solo tenía que mentir. Ganar tiempo. Era así de sencillo. Pero, ¿por qué entonces las palabras se volvieron tan difíciles de pronunciar?

—Lo prometo.

—¿Promesa de meñique?

—¿Qué? —No supe qué más decir a eso.

—¡Promesa de meñique! —dijo ella, emocionada. Oí que se ponía de pie. Había estado apoyada contra la puerta de la celda, sentada en el suelo. Abrió la trampilla y pasó la mano a través. Una mano pequeña y pálida, con las uñas cortadas y limadas para el trabajo práctico.

—¿Qué es lo de la promesa de meñique? —preguntó Treth—. ¿Es algún tipo de ritual vinculante?

—Se podría decir que sí —dije, incrédula—. Pero no es mágico.

—Entonces hazlo —dijo él—. Y luego la aniquilamos.

Me levanté de la cama y me dirigí hacia la mano expectante de Candace que asomaba por la trampilla.

Me detuve justo delante de la puerta y respiré hondo. Entrelacé mi meñique con el de Candace. Su mano tenía callos, pero sentí una suavidad juvenil debajo. Me soltó y retiró la mano. Oí unos clics y la puerta se abrió sobre raíles chirriantes.

Candace era bastante más baja que yo; la coronilla solo me llegaba a la barbilla. Llevaba una túnica negra que le llegaba hasta los muslos. Debajo, unos vaqueros azules. Calzaba zapatillas blancas y llevaba una horquilla rosa que mantenía su flequillo rubio fuera de sus ojos.

En ese momento, consideré matarla. Sería fácil.

Más fácil que un zombi. Podría alargar las manos y ponerlas alrededor de su garganta.

Ni siquiera tendría que esperar a que se quedara sin aire.

Podría romper su frágil y joven cuello antes de que pudiera pronunciar un solo conjuro de corrupción.

Podría matarla y mi juramento se habría cumplido. Otro monstruo muerto.

Pero, ¿era ella un monstruo?

Con sus ojos ansiosos, mirándome como si fuera una hermana mayor perdida hace mucho tiempo. Con su sonrisa inocente. Y con la sangre salpicada en sus zapatillas blancas...

No levanté las manos. Solo crucé el umbral hacia un pasillo de hormigón oscuro, con suelos de baldosas y una bombilla parpadeante.

Había puertas como la mía a mi izquierda y a mi derecha, con una oscuridad antinatural justo tras ellas.

Sentí una intensa inquietud ante esa oscuridad, que me impedía ver más allá de lo que debería.

Igual que en la fortaleza donde Hammond había perdido el brazo.

Treth no me dijo que la matara. Bien porque quería que esperara mi oportunidad, o porque, como yo, empezaba a ver la humanidad en esta niña. Pero para mí no era solo eso. Al verla, dando saltitos sobre sus talones, incapaz de estarse quieta, sentí curiosidad por este monstruo con forma humana.

—Esta puede seguir siendo tu habitación, pero haré que instalen una cerradura para que puedas entrar o salir cuando quieras. Ahora tienes permiso total para explorar la fortaleza. Pero no puedo dejar que te marches.

—¿Como la Bella y la Bestia? —murmuré, intentando escudriñar a través de la oscuridad.

—¿Cuál eres tú? —preguntó Candace, sonriendo.

Fruncí el ceño.—Esto... la Bella.

—Oh —pareció decepcionada, y luego se movió para que yo pudiera adentrarme más en el pasillo. Empezó a caminar y la seguí.

—La fortaleza es grande —comenzó Candace—. Así que asegúrate de fijarte bien en dónde estás. No es peligroso si te pierdes, pero la oscuridad hará que sea difícil encontrar el camino de vuelta.

Di un respingo cuando pasamos junto a una marioneta de carne, inmóvil como una estatua. Llevaba la armadura de un policía antidisturbios.

—Los no muertos no te harán daño. No guardo zombis en este nivel de la fortaleza. Solo marionetas de carne.

Me incliné más cerca para examinar a la marioneta de carne. No mostró ninguna señal de reconocimiento.

—¿Cómo mantienes a tantos? Especialmente sin tu túmulo.

—¿La Mariscala? Ella nunca controló a ninguna de las marionetas de carne. Solo lo hacía yo.

—¿Cómo? —No pude evitar sonar y sentirme asombrada.

Los nigromantes eran mis enemigos, pero sabía un poco sobre sus sistemas.

Controlar a tantas marionetas de carne...

requeriría un poder inmenso y una habilidad inmensa.

¿Quién era Candace? ¿Y cómo había llegado a este punto en su vida?

¿Cómo era tan poderosa siendo tan joven?

Me giré para mirarla y me encontré cara a cara con una criatura sucia de tinte amarillento, con pelo negro en rastas y unos locos ojos amarillos. Salté hacia atrás, buscando unas espadas que no estaban allí.

La criatura soltó una risita, y recordé dónde había oído ese sonido antes. La fortaleza. Parecía que hubiera pasado una eternidad.

—¿Qué es esa cosa? —pregunté, incapaz de ocultar los nervios en mi voz.

—No es una cosa —respondió Candace, sonando ofendida—. Es Petunia. Yo la hice.

—¿La hiciste? Querrás decir que la reanimaste.

El ente —Petunia— ladeó la cabeza, como si intentara entender lo que decíamos. Evidentemente aburrida, se escabulló hacia la oscuridad, encorvada y tocando el suelo con las manos, como si fuera una bestia salvaje.

—No, Kat —dijo Candace, y siguió caminando. La seguí rápido. Nigromante o no, no quería estar sola en estos pasillos.

—Petunia está viva. No muerta. Está fabricada a partir de materia de carne y órganos, así que técnicamente es humana, pero se le dio la chispa de vida.

—Imposible. La nigromancia no trata con la vida. Retuerce la muerte. Nada más.