Capítulo 43 | Coralia
Coralia
—TENEMOS QUE LLEVARLO a casa —dijo Sunny—. Tiene el pulso débil. Necesita que lo curen.
Mientras tanto, Dax se envolvió la cintura con jirones de su ropa y sacó el mapa de sombras de la mochila. Pasó la mano por el pergamino vacío y en él apareció una representación sombría de la prisión en la que estábamos.
Entorné los ojos y examiné la escalera. —Vale —le dije a Sunny—. Espera. También hemos venido por otra razón, por si se te ha olvidado.
Subí los escalones de tres en tres. Aunque la alegría de haber recuperado a Quentin me recorría de pies a cabeza, el dolor de perder a Myria otra vez tiraba de mí hacia abajo.
No podía dejar que me consumiera. Al menos sabía que Myria estaba viva. Ya era oficial. Las Alas de cuero se la habían llevado, la habían secuestrado cuando estaba a punto de alcanzarla con los dedos...
Era algo que tardaría en superar.
Dax y Venn se reunieron conmigo en el nivel superior de la prisión. Recorrimos la plataforma en forma de panal y miramos dentro de las celdas. La mayoría estaban vacías.
Entonces llegamos a una ante la que Dax se detuvo, con el rostro desencajado al reconocer a alguien. Miró fijamente hacia la penumbra y se aferró a los barrotes. —¿Desmona?
Su voz sonó desconcertada.
La chica que se acercó a los barrotes iba envuelta en harapos sucios. Tenía la piel del rostro más clara que la de Dax, negra como la noche, pero seguía siendo oscura. Parecía de nuestra edad y era guapa.
¿Alguien a quien conocía de antes?
—A-ayuda —pidió cerca una voz reseca.
No podía detenerme a escuchar la conversación de Dax. Doblé la esquina a trompicones y llegué a otra celda.
Genevieve estaba sentada de lado y se frotaba la cabeza. Llevaba la misma ropa que cuando se la llevaron, aunque a esas alturas estaba arrugada y mugrienta. La camiseta se le había deslizado por el hombro y dejaba al descubierto medio pecho.
Estiró el cuello. —¿C-comida de gusanos?
—Hola, Vivi.
—Solo mis amigos pueden llamarme así.
Puse los ojos en blanco.
—Creo... creo que alguien me ha drogado —continuó—. Estoy muy mareada. ¿Dónde estoy?
—¿Puedes levantarte?
—Seguramente no.
—Vamos a sacarte de ahí. Golpeé los barrotes con la palma y me volví para salir corriendo en busca de ayuda.
Su voz me detuvo en seco. —¿Has... venido a rescatarme?
Tragué saliva. —No he venido sola, Genevieve.
—¿Por qué?
—Porque no todo el mundo es una... Dejé que se calmara mi irritación antes de decir alguna estupidez.
—¿Porque no todo el mundo es una zorra como yo?
—Porque nadie se merece esto, chica.
Se quedó inmóvil. Un segundo después, contuvo un sollozo. Tenía la cara bonita manchada de mugre y parecía agotada, joder. Tuve que acercar la cabeza a los barrotes para oír lo que dijo a continuación.
—Supongo que sí quedan algunos buenos.
—¿Algunos buenos, Genevieve?
—Humanos.
Apreté la mandíbula y me pasé la lengua por el interior de la mejilla. —Sí que quedan.
Me giré para marcharme.
—No siempre he odiado a los de tu especie, ¿sabes?
Volví a quedarme quieta. Me había picado la curiosidad.
—Era hija de una familia muy respetada, Coralia. Los Jade son famosos en toda la Seelie Court. Era una doncella con un futuro prometedor. Su rostro sucio se contrajo de rencor. —Entonces acogimos a aquella familia de humanos que pasaba apuros...
Como no continuó, me aclaré la garganta. —No tienes por qué contármelo, Genevieve.
—No —dijo mientras gateaba hacia los barrotes—. Me has salvado. Te mereces saber por qué te he tratado tan mal.
Asentí despacio. —¿Qué hicieron los humanos, Vivi?
Esta vez no me impidió llamarla por su apodo.
—Nos robaron algo de valor incalculable. Resultó que eran fugitivos de su mundo. De la Tierra. Como fui yo quien los acogió, mi familia me culpó. Los Seelie me dieron la espalda por haber permitido que ocurriera algo así. Me desterraron.
Solté el aire que había estado conteniendo mientras empezaba a comprenderlo. —Así que por eso no volverás a confiar en los humanos. Joder, no sabía que...
—Hasta que llegaste tú.
—¿Eh?
—Al venir aquí, me has demostrado que hay humanos de fiar. No sois todos escoria.
Le sonreí con toda la calidez de que fui capaz. —Solo somos personas, Vivi. Como cualquiera.
Un estrépito a mi derecha me hizo volver la cabeza. Venn venía corriendo hacia mí. —¡Genevieve!
Crucé la mirada con Vivi Jade una vez más y me pregunté si, por uno de esos extraños giros del destino, podríamos acabar siendo amigas después de todo aquello.
Después de todas las putadas que me había hecho.
Después de todas las putadas que le habían hecho los suyos.
Me aparté para dejar que Venn se ocupara de los barrotes.
Estaba aturdida, con la cabeza dándome vueltas: pensaba en Genevieve, en quién sería la prisionera a la que Dax había reconocido, en adónde se habían llevado a Myria, en cómo había logrado devolver el alma de Quentin a su cuerpo...
¿Sería eso lo «especial» que Dawn Rose había visto en mi interior?
Tantas preguntas.
Un olor a tubería de desagüe me golpeó la nariz y acabó de inmediato con mi buen ánimo. Me descubrí avanzando con cautela hacia la siguiente celda. Me acerqué a ella con vacilación y el hedor nauseabundo se intensificó.
Asomé la cabeza entre los barrotes para intentar ver algo en la oscuridad turbia del interior.
Un enjambre de moscas revoloteaba alrededor de un cadáver tendido en el suelo, con el cuerpo retorcido en una postura extraña y antinatural.
Cerré los ojos con fuerza y tomé aire de golpe. Una sucesión de imágenes me atravesó la mente como una macabra presentación de PowerPoint: evisceración. Montones de vísceras. Cortes negros. Una mujer desnuda. Las piernas abiertas. Piel pálida y escamada. Sangre.
Muchísima sangre.
La bilis me subió por la garganta. Empapada en sudor, me incliné y vomité. Me limpié la boca y me alejé de la celda respirando entrecortadamente, dando traspiés hacia atrás hasta que el trasero chocó contra la barandilla del balcón.
Venn me llamó: —¿Coralia? ¿Estás bien? ¿Qué pasa?
—Es que... J-joder. Y-yo no me acercaría por aquí si fuera tú, Venn.