La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 44 | Coralia
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Capítulo 44 | Coralia

Coralia

VOLVIMOS A SHADOWBLADE Academy maltrechos, pero victoriosos. No nos recibieron como a héroes, ni mucho menos. Por cómo funcionaba la Academia, nadie sabía siquiera qué habíamos estado haciendo.

Llevamos a Genevieve y a Quentin a la enfermería para que se recuperaran. Venn también pasó allí una breve temporada por la herida que había sufrido durante nuestro enfrentamiento con el Ala de cuero.

Habíamos regresado con dos estudiantes de Shadowblade Academy. Solo que no eran los que esperábamos traer de vuelta.

Myria seguía desaparecida. Se me había escapado de las manos justo al final. Me prometí encontrarla de nuevo y traerla de vuelta de una vez por todas.

Aunque pensar en haber perdido a Myria me deprimía, estar con los chicos me ayudaba. Charli se puso eufórica al verme regresar, y hasta Bruce Kittenson me dio un merecido lametón en la cara el primer día que volví.

No dejaba de acordarme de aquella visión espantosa en la celda contigua a la de Vivi. ¿Quién era aquella chica? ¿Qué historia suya se ha perdido para siempre con su espantosa muerte?

Corrieron rumores. Al parecer, los mandamases de la Academia habían vuelto al lugar y recuperado el cadáver de la chica. También habían acudido a la Academia algunos expertos en la materia —aunque no Dawn Rose— para analizar la situación. Como siempre, todo se mantenía bajo el más estricto secreto.

La amiga de Dax de la prisión —¿Desmona, creo que se llamaba?— desapareció sin más poco después de volver de Asberald City. Él no volvió a hablar de ella, salvo para decir que se había marchado antes de que pudieran «convertirla en otra conejilla de Indias para esos científicos».

Me pareció raro, pero no era asunto mío. Supuse que tal vez fuese una antigua amante de Dax. Y, como no estaba matriculada en Shadowblade Academy, tampoco habría podido quedarse aunque hubiese querido.

Jugué al Shadowball para mantener la mente ocupada.

Dax y Sunny empezaron a caerme bien. Venn volvió de la enfermería y volvimos a ser cuatro.

Genevieve tardó en curarse, así que durante un tiempo jugamos partidos de entrenamiento de cuatro contra cinco y nos dieron unas palizas tremendas. Pero nos lo pasábamos bien.

Pensé en Vivi y en lo que había sufrido a manos de los suyos. ¿Cómo había podido repudiarla su propia familia por mostrarse amable con los humanos y confiar en ellos?

Cuanto más averiguaba sobre la Seelie Court, tan perversa me parecía como la Corte Unseelie. Venn, de la Corte Unseelie, era, en cambio, la mar de amable y respetable. Y, aun así, también lo habían desterrado.

Me prometí no pasar tiempo en el Reino Feérico si podía evitarlo. Todos me parecían demasiado turbios. Demasiado estirados.

Una semana después de nuestro regreso, las cosas se fueron calmando y volvieron poco a poco a ser como antes del desastre del examen parcial en el bosque. Aquello parecía haber desencadenado todo lo que me había ocurrido.

¿Qué fue lo que dije? Ah, sí: ¿qué podía salir terriblemente mal en una fiesta en el bosque?

Se reanudaron mis clases. Me costaba aprobarlas. Pero sabía que tenía un as en la manga, porque ya había aprobado el examen final. Chupaos esa, Fantasmas.

Jace Hudson me convocó a una reunión formal. Me felicitó por el trabajo bien hecho y me dijo que ya era oficialmente una Fantasma. Qué alegría.

No podía quitarme de la cabeza a la chica muerta. Quería saber más sobre ella. ¿Qué habían estado haciendo aquellas Alas de cuero en aquel lugar olvidado de los Espíritus?

El profesor Hudson no pensaba contármelo.

Cuando salí del dojo al que Jace Hudson llamaba hogar, Sunny, Dax y Venn me recibieron con una ronda de aplausos. Me ruboricé y negué con la cabeza mientras les decía que se fueran a la mierda. Odiaba ser el centro de atención.

Intenté disimular mi sonrisa y pasar junto a Sunny, pero se plantó ante mí como un roble de lo más sexy y me cerró el paso.

Alcé la mirada hasta sus iris ambarinos. —¿Qué?

—Hemos estado hablando.

—¿Hemos?

—Los chicos. El Guante de Hudson.

—Ah. Me rasqué la cabeza; los nervios me atenazaban los brazos. —¿Y de qué? ¿Por fin habéis decidido meteros a curas y renunciar a todas vuestras posesiones terrenales?

—¿Eh?

—Olvídalo.

Inclinó la cabeza y resopló. Cuando volvió a mirarme, tenía el rostro serio. —Queremos invitarte a unirte al Guante. Oficialmente.

Entorné los ojos y apreté los dientes. —Myria sigue ahí fuera, Sunny. Tú la viste.

—Ya. Puedes considerarte una sustituta provisional, si eso te hace sentir mejor.

—No me hace sentir mejor.

—¿Quieres unirte o no? Mostró los dientes, frustrado. Se volvió hacia los otros y preguntó: —¿Por qué siempre tengo que encargarme yo de estas mierdas?

—Porque eres un capullo —respondió Venn.

—Te viene bien practicar —apostilló Dax.

Me lo pensé un momento. —Dadle el puesto a Vivi. Se le da mejor que a mí esto de la manipulación de sombras.

Sunny se puso las manos en las caderas. —Princesa, le devolviste el alma a un hombre al cuerpo.

No me vengas con esa excusa de mierda. Además, Vivi aún se está recuperando.

Quiere alejarse de todo mientras pone en orden sus ideas.

Por lo visto, aquellas drogas le pasaron factura. No recuerda nada de la prisión.

—Joder.

—Y puede que contigo haya hecho las paces, pero a mí sigue odiándome.

—Vaya, me pregunto por qué.

Sunny miró por encima de mi cabeza, hacia el cielo. —Sí, yo también.

No se me escapó su sarcasmo. Tampoco podía negar la euforia que se me arremolinaba en el vientre y amenazaba con estallar. Por fin los chicos me consideraban digna de ser una de ellos. Pasé la mirada de uno a otro y vi la expectación brillando en todos sus rostros. —¿De verdad queréis esto?

Venn y Dax asintieron con firmeza. Sunny gimió, apartó la vista y, por fin, hizo un levísimo gesto afirmativo con la cabeza.

—Está bien. Me uno.

Sunny me dedicó una sonrisa ardiente que me hizo temblar las piernas. —Entonces, bienvenida al Guante de Hudson. Princesa.

DESPUÉS DE CELEbrAR mi ascenso a Fantasma y mi incorporación al Guante de Hudson, Venn me llevó aparte mientras iba al comedor con Charli.

Charli le siseó a Venn como una serpiente. Le dirigí una mirada elocuente y asentí levemente para indicarle que no pasaba nada y que podía adelantarse. Así lo hizo, pero no sin antes lanzarle una mirada de «te vigilo» mientras se señalaba los ojos con dos dedos.

Cuando nos quedamos solos, Venn preguntó: —¿Ya ha pasado suficiente tiempo, Coralia?

Vaya, sí que tenía ganas. —¿Suficiente tiempo? —pregunté, haciéndome la tonta.

—Para que me perdones.

Suspiré y me incliné hacia él, aspirando su aroma fresco a lluvia. —Venn, cariño, te perdoné cuando arriesgaste la vida por mí en la prisión.

—¿De verdad?

—Me salvaste.

—Tú habrías hecho lo mismo.

Hice una mueca. —Mmm... ¿Seguro? ¿En aquel momento?

Soltó una risita. —Qué borde. Luego miró a ambos lados del pasillo, comprobó que no venía nadie y me atrajo hacia él. Me levantó la barbilla y estampó sus labios contra los míos, adueñándose de mi boca.

Dejé que nuestras lenguas hablaran por nosotros durante un rato, danzando y enroscándose. Le rodeé el cuerpo firme con los brazos y palpé sus músculos a través de la camisa.

Se apartó con un suspiro entrecortado. —Siento como si llevara años esperando para volver a hacer eso.

Busqué su mirada lavanda, que centelleaba como si ocultara un cosmos entero. Entonces me vino algo a la cabeza: un recuerdo de todo lo que había vivido con cada uno de los compañeros de Guante.

—Venn, no sé cómo decirte esto...

—Oh, no. Se le ensombreció el rostro. —¿Qué pasa, cariño? ¿Te lo has pensado mejor?

Negué con la cabeza enérgicamente. —No. No podía ignorar la presión en el vientre, que exigía una salida. Que ansiaba sentirlo dentro de mí. —Yo... no quiero que seamos exclusivos.

Ladeó la cabeza, intrigado, con una sonrisa incipiente en los labios. No parecía enfadado , solo... curioso. —¿Le has echado el ojo a otro, Cor?

Me encogí de hombros, notando cómo me ardían las mejillas. —Puede. No es asunto tuyo.

—Es Dax.

—¡No! —solté demasiado deprisa. La cara me ardió aún más.

—Y Sunny.

—¡Por supuesto que no!

Joder, no debería haber dicho nada.

No se equivocaba. Sencillamente, yo no pensaba reconocerlo. Aquellos dos me intrigaban tanto como Venn. Era cierto que, desde que nos habíamos acostado, sentía como si llevara una parte de Venn dentro de mí, pero quería averiguar si podía ocurrirme lo mismo con Dax Kilmeade y Sunder Conway.

Quería descubrir si podía atravesar la misteriosa barrera del cambiapieles de pantera y el muro arrogante y agresivo del vampiro. Los dos me atraían.

—Por mí, bien, cariño —dijo Venn—. No me importa compartir. Una sonrisa lasciva le entornó los ojos. —De hecho, suena bastante morboso.

Fruncí el ceño, entre sorprendida y avergonzada. —¡Qué dices! Yo nunca he dicho que todos jun... ¿Sabes qué? Respiré hondo. —Déjalo. Sin más. Déjalo.

—Vale, entonces, ¿ya hemos dejado eso claro?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque no puedo seguir sin tocarte ni un segundo más.

—¿Ah, sí? —Enarqué las cejas un par de veces.

—Sí. Y ahora... Volvió a mirar a ambos lados, con aire conspirador. —¿Dónde está ese maldito cuarto de la limpieza del que me hablaste...?

EL GUANTE DE HUDSON ESTABA ante el director Cane en su sala de reuniones.

Los cuatro permanecíamos hombro con hombro, con las manos entrelazadas a la espalda.

Nos faltaba un integrante porque Quentin seguía rehabilitándose en la enfermería.

Llevaba allí un mes, aunque esperábamos que se reincorporase pronto.

Nos alegraba, sencillamente, que siguiera vivo. Los chicos nunca habían estado tan contentos: por fin veían que su Guante volvía a prosperar.

Jace Hudson estaba de pie delante de nosotros, también con las manos a la espalda. Parecíamos una unidad militar recibiendo instrucciones de nuestro sargento instructor, Alaric Cane.

Al director Cane le bastaron unas pocas frases para cambiar el ambiente y hacer que los cuatro nos mirásemos de reojo.