La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 42 | Coralia
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Capítulo 42 | Coralia

Coralia

NO DEBERÍA HABERME sorprendido. Pero me sorprendió.

El pelo revuelto hasta los hombros. El rostro de facciones marcadas y el cuerpo atlético. Sacudí la cabeza para asegurarme de que era real y parpadeé varias veces. —¡¿Vigilante de Sueños?!

Mis compañeros de Guante me miraron como si estuviera loca.

El hombre de mis sueños, al que había visitado dos veces, era Quentin Argyle. El quinto Nudillo del Guante de Hudson.

¿Cómo no había atado cabos? ¿Cómo no me había dado cuenta antes de que eran la misma persona? ¿Y cómo me había encontrado Quentin en el Reino Espectral? ¿Sabía siquiera que me había unido a sus viejos amigos del Guante de Hudson?

Había demasiadas preguntas sin respuesta.

Le sonreí al Vigilante de Sueños, pero la sonrisa se me desdibujó enseguida. Se apagó hasta desaparecer por completo.

Porque aquel hombre que tenía delante... no se parecía al Vigilante de Sueños que yo conocía. Algo no encajaba.

En lugar del saludable bronceado de antes, tenía una palidez cerosa. La piel tirante y enfermiza. Sus ojos, negros como el azabache, nos miraban con expresión vacía. Y había algo más...

Cuando dio un paso hacia nosotros y nos sobresaltó con sus andares de criatura de Frankenstein, lo vi con mayor claridad.

—No tiene sombra —dije con un jadeo.

Levantó las manos y en sus palmas se formaron remolinos de energía oscura. Apuntó hacia nosotros con las manos resplandecientes.

—¡Ese no es Quentin! —gritó Dax. Estaba desnudo: había recuperado su forma humana tras la encarnizada pelea con el Ala de cuero, pero yo estaba demasiado absorta en Quentin para fijarme en lo que me perdía.

De las palmas de Quentin salieron disparados látigos de energía.

Nos dispersamos en todas direcciones mientras los látigos restallaban contra el suelo y levantaban nubes de polvo a nuestro alrededor.

Nos pusimos en pie, nos situamos cada uno a un lado y rodeamos al hombre con las espadas de Oblyx desenvainadas.

Miré nerviosa a mis compañeros, sin saber qué hacer. Todos parecían tan indecisos como yo.

Quentin giró sobre sí mismo, vio que estaba rodeado y se abalanzó sobre el hombre más cercano: Sunny.

Sunny retrocedió mientras mantenía a raya a aquel hombre de aspecto zombi. Dolía verlo. Ni Dax ni Venn acudieron en su ayuda.

Porque Sunny no la necesitaba.

Aquella criatura lenta y torpe no podía competir con la velocidad fulgurante de Sunny Conway. Si nos hubiera atacado junto a sus compinches Alas de cuero, nos habría puesto en un aprieto. Pero así, no.

—¡Joder, joder, joder! —gruñía Sunny con cada parada y cada esquiva—. ¡¿Qué hago?!

—Ese monstruo no es Quentin Argyle —repitió Dax—. Tenemos órdenes.

Fruncí el ceño, indignada por su insensibilidad. A veces Dax Kilmeade parecía un auténtico sociópata.

—¡A la mierda las órdenes! —dijo Venn—. N-Nosotros... ¡No! Parecía a punto de echarse a llorar.

—No voy a matar a Quentin —gruñó Sunny—. No quiero cargar con eso.

El monstruo crujía con cada movimiento. Lanzaba puñetazos, manotazos y patadas. A decir verdad, daba pena verlo.

Me devanaba los sesos en busca de una solución.

—Si desobedecemos las órdenes, suspenderemos —dijo Dax sin inmutarse—. Todo este trabajo final no habrá servido de nada. Nos dijeron que elimináramos a todos los enemigos.

—También nos dijeron que encontráramos a Genevieve, y eso tampoco lo hemos hecho aún —replicó Venn. Desvió la mirada hacia el piso superior de la prisión.

Sunny acabó tirando la espada al suelo, frustrado. Cuando Quentin volvió a lanzarle un puñetazo, giró, se colocó detrás de él y le inmovilizó los brazos a la espalda con una presa.

El hombre zombi se retorcía entre los brazos de Sunny, enseñando los dientes amarillentos. Agitaba inútilmente los brazos a los lados, intentando librarse de él.

Sunny lo hizo girar hasta dejarlo de cara a Dax. —Si quieres cumplir las órdenes, hazlo tú . ¡Clávale esa espada en el pecho a tu compañero de Guante, Dax!

Aquello hizo vacilar a Dax. Ni siquiera él era capaz de hacerlo cuando llegaba la hora de la verdad. No tratándose de alguien a quien todos querían tanto.

Aun así, dio un paso vacilante hacia delante, reuniendo el valor necesario para asestar el golpe mortal.

—¡Espera! —grité—. Tengo una idea.

Por algún motivo, tenía sentido. Todo parecía encajar. Además, era lo único que se me ocurría hacer.

—¿Qué idea, princesa? —preguntó Sunny con apremio, sin soltar a Quentin.

Busqué la zona de sombra más cercana, me preparé y apreté los puños.

—Tengo que volver a Deslizarme.

LA MANCHA PÚRPURA DEL Reino de las Sombras lo invadió todo y alteró mis sentidos. Localicé la zona oscura más cercana, a lo lejos, escaleras arriba, y me dirigí hacia ella.

Mis pies avanzaban pesadamente por voluntad propia. Algo me arrastraba hacia la sombra; mi cuerpo ansiaba encontrar un lugar por el que caminar por las sombras y salir al otro lado.

Fue entonces cuando miré por encima de la barandilla de la escalera. La trayectoria me llevaba hacia delante...

Así que salté la barandilla y me salí de ella.

Todo se quebró y se puso patas arriba mientras se me nublaba la vista.

No aterricé sobre el suelo de tablones que había bajo la escalera, sino que lo atravesé y caí dando tumbos en la oscuridad.

Un grito mudo escapó de mis labios mientras daba volteretas por el limbo...

Y entonces aparecí en el sofá rojo.

El Vigilante de Sueños —Quentin— estaba de espaldas a mí.

—¡Vigilante de Sueños! —grité mientras me levantaba del sofá.

Se volvió, con una expresión curiosa y divertida. —Caminante Lunar.

—No.

Soltó un resoplido.

—He encontrado tu cuerpo —dije, iluminándoseme el rostro.

—Has... ¿qué?

—Tienes que venir conmigo.

—¿Adónde?

—¡No lo sé!

Tenía la cabeza hecha un lío. Algo se removió dentro de mí y, por alguna razón que no sabía explicar, supe lo que tenía que hacer. La respuesta me vino de golpe, por pura intuición.

—Dame la mano —dije, tendiéndosela.

Entornó los ojos, suspicaz. —¿Eres de verdad quien dices ser?

No sabía qué responder. —¡Rápido, antes de que te maten! ¡Otra vez!

—Por los Espíritus, mujer, eso no tiene ningún maldito sentido.

—Lo sé. Solo... por favor, confía en mí. Recuerda que aquí puedes sentir cuando te toco. Ya lo comprobamos.

—Sí, y llevo todo este tiempo intentando averiguar cómo . Nunca he conocido a otro espíritu en el Reino Espectral al que pudiera tocar.

—Creo que es porque no soy un espíritu. Creo que estoy aquí de visita. Hice un gesto circular con la mano, buscando una forma de explicárselo. —Mi alma no se ha separado de mi cuerpo, Quentin.

La inquietud asomó a sus ojos, abiertos de par en par. —¿Cómo sabes mi nombre de verdad? ¿Quién eres tú, muchacha?

—Me llamo Coralia Hargrave. Soy la hermana de Myria Hargrave...

—Su hermana. Sí. Ahora veo el parecido. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

—¿Ahora confías en mí?

Alargó la mano y tomó la mía, entrelazando nuestros dedos. Al tocarse, una chispa me atravesó el cuerpo, me recorrió la columna y se extendió hasta las extremidades.

Una oleada de poder me inundó el vientre.

Las dos veces que había venido no había pasado de la sala principal. Pero abrí la puerta que había junto a Quentin y avancé, tirando de él.

Entramos al trote en un pasillo tenebroso y mal iluminado. En las paredes danzaban sombras que se movían solas, sin que nada las proyectara.

—Ten cuidado con este lugar...

—Lo sé. No sé cómo, pero lo sé.

Me dejé llevar y eché a correr por aquel pasillo inquietante, cuyas paredes parecían tener sombras atrapadas. Llegamos a otra sala de trazado sinuoso. Y luego a otra.

Tenía la sensación de deslizarme por un laberinto, cada vez más hondo en las profundidades de un abismo. Las sombras que se agitaban por todas partes tenían formas vagamente humanas.

No podían ser fruto de mi imaginación. Supuse que eran espíritus perdidos que intentaban encontrar una salida sin conseguirlo. No tenían ningún cuerpo al que regresar.

Llegamos a una puerta y el manto púrpura del Reino de las Sombras empezó a insinuarse de nuevo en mi campo de visión.

Nos acercábamos a una especie de punto culminante del Reino Espectral en el que Quentin había estado atrapado, un lugar donde ambos mundos se fundían y entrelazaban.

Me guié por un sentido arcano e innato que llevaba dentro, como si fuera una luz que nos mostrara el camino. Que me permitiera liberarlo.

Al cruzar la puerta, me encontré de pie sobre la plataforma, por encima de mis compañeros. A mi alrededor se arremolinaron formas púrpuras y negras que anunciaban mi regreso al Reino de las Sombras.

—Ahí están —dije.

—Ahí... están todos. La voz de Quentin sonaba perdida, a la deriva, mientras contemplábamos desde arriba a aquellos hombres que eran como hermanos para él.

—Y ahí estás tú . Señalé al monstruo que Sunny mantenía sujeto y que forcejeaba por liberarse.

Quentin me siguió escaleras abajo. Al llegar al pie, pasé por detrás de Sunny y me coloqué delante de él. Nadie podía verme porque el Reino de las Sombras me envolvía como una colcha.

Nadie excepto el zombi. Dejó de retorcerse. Me miró directamente con sus ojos negros y vacíos e inclinó la cabeza con curiosidad.

Estiré el brazo hacia atrás y tomé la mano del Vigilante de Sueños. Sentí su alma en la palma y, cuando el espíritu tomó aire de golpe, una chispa electrizante me recorrió el cuerpo.

Los Alas de cuero «no tienen alma», dijo Dawn. Tal vez a Quentin le pase lo mismo, sea lo que sea en este estado.

Sin soltar la mano del Vigilante de Sueños, apoyé la palma libre en el pecho de la criatura zombi que tenía delante.

Los tres quedamos conectados, conmigo como conducto. Pero, como el zombi estaba en otro reino, mi mano se hundió en su pecho hasta la muñeca.

Sus ojos negros cobraron brillo. Cerró la boca, que hasta entonces había tenido entreabierta.

El Quentin zombi emitió un gorgoteo y mis compañeros empezaron a gritar todos a la vez, aunque desde el Reino de las Sombras no podía distinguir sus palabras.

Sonreí de oreja a oreja y empecé a volverme. —Vigilante de Sueños, creo que está funcion...

Había desaparecido.

Ya nadie me sujetaba la mano.

La palidez enfermiza del zombi empezó a desvanecerse.

El color volvió a las mejillas del hombre.

Sus ojos negros adquirieron un verde suave, como los del Vigilante de Sueños que yo conocía del Reino Espectral.

Entonces se le pusieron en blanco, se cerraron y Quentin se desplomó entre los brazos de Sunny.

El vampiro lo tendió con cuidado en el suelo. Dax y Venn se arrodillaron junto a él; los tres tenían el rostro marcado por la preocupación y el desconcierto.

Encontré una sombra detrás de mí y salté a través de ella. Un minuto después, salí al mundo humano.

Al oírme regresar, cuando mis pies golpearon el suelo, mis compañeros de Guante se volvieron hacia mí.

—¿Q-Qué has hecho? —preguntó Venn.

Negué con la cabeza. —Creo que... eh... le he devuelto el alma al cuerpo.