La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 41 | Coralia #2
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Capítulo 41 | Coralia #2

Venn salió de las sombras antes de que se alejara demasiado. Echó a correr tras él y, al oír sus pasos, la bestia empezó a volverse...

La espada de Venn se hundió en su vientre. Las esporas verdes del moho comenzaron a extenderse por su cuerpo.

El Ala de cuero alzó una mano y lanzó un zarpazo contra Venn. Él esquivó el golpe hacia la izquierda, pero las garras le abrieron un corte en el brazo y soltó un gemido.

—¡Venn! —grité, y mis manos empezaron a trazar círculos en el aire. No sabía qué hechizo estaba invocando, pero tenía claro que sería potente. Ver a Venn tambalearse a un lado desató algo en mi interior.

Supongo que, después de todo, ese cabezota mentiroso todavía me importa mucho.

De las yemas de mis dedos brotaron zarcillos negros que se retorcieron en el aire como hebras de ADN. No estaba manipulando las sombras de mi entorno: aquellas sombras tangibles se manifestaban desde mi interior.

Nunca había hecho nada parecido y abrí los ojos de par en par al verlo.

Cuando los finos zarcillos alcanzaron al Ala de cuero, penetraron en su cuerpo y el demonio empezó a convulsionar como si sufriera un ataque. Instantes después, las hebras salieron disparadas de sus hombros, brazos, piernas y polla.

La criatura cayó sobre una rodilla y se esforzó por mantenerse erguida. El verde de su piel adquiría un tono azulado y cadavérico; el pellejo empezaba a crepitar y a desprender un hedor espantoso.

Aun así, el Ala de cuero siguió luchando mientras mi hechizo de sombras se desvanecía. Se incorporó de golpe y cargó directamente contra mí.

Solté una exclamación y retrocedí a trompicones. No esperaba ni de coña que el muy cabrón a) siguiera vivo y b) todavía pudiera luchar.

De sus labios agrietados brotaba una saliva amarilla. Los ojos rojos se le habían hundido hasta convertirse en rendijas anaranjadas e inyectadas en sangre. Me preparé para lanzar otro hechizo, pero sabía que no me daría tiempo. Había reaccionado demasiado tarde.

En vez de eso, eché mano de mi espada, aunque tampoco pintaba bien: el monstruo estaba ya a menos de un par de metros.

Sus garras se tendieron hacia mí.

Un rugido bestial...

Apreté los ojos.

Solté un chillido cuando algo cálido y viscoso me cayó encima.

Al abrir los ojos de golpe, el Ala de cuero ya no tenía cabeza.

El asqueroso plof que hizo al caer me provocó un escalofrío.

Miré hacia abajo y la encontré a mis pies, decapitada, con los ojos muy abiertos y la mirada clavada en mí.

De mi pelo y mi cuerpo goteaba la sangre oscura que había brotado a chorros de su cuello.

Venn estaba detrás del monstruo, con la espada todavía inclinada tras el tajo feroz con el que, de algún modo, le había cercenado la cabeza. El cuerpo fue lo último en caer; el impulso lo llevó hasta mis pies.

Aunque Venn adoptaba una pose impresionante y acababa de salvarme la vida, por encima de su hombro vi que Sunny y Dax seguían forcejeando con su adversario.

No habíamos seguido el plan. Nos habíamos separado, pero solo porque Sunny era un arrogante, iba de sobrado y tenía que hacerse el héroe lanzándose al ataque como un loco.

Esquivé al Ala de cuero decapitado y pasé corriendo junto a Venn, al que hice girar con un golpe de hombro. Echamos a correr hacia el demonio que había al otro lado de la sala. Me di cuenta de que Venn no avanzaba tan deprisa. Cojeaba.

Justo cuando llegamos hasta el Ala de cuero, Dax le clavó los colmillos en el carnoso cuello. El monstruo se sacudió como un poseso, con la pantera colgando y balanceándose en el aire sin aflojar las mandíbulas.

Sunny le clavó la espada en el torso una vez, dos, tres.

Me acerqué con la espada desenvainada. Sunny se apartó, jadeante, y se limpió la sangre de los labios. Vi un hueco y lo aproveché para colocarme a su lado.

Eché el brazo hacia atrás y, con un grito feroz, hundí la espada en la bestia.

Soltó un chillido. Ya no podía sacudir a Dax a su antojo.

Venn se acercó por un lado y acabó con él atravesándole la columna vertebral.

Cuando el monstruo cayó, me doblé sobre mí misma. Me dio un vahído y el mareo se apoderó de mí. Mis compañeros de Guante resoplaban y jadeaban. Todos estaban salpicados de sangre, negra en su mayor parte: la de los monstruos.

Unos arañazos en lo alto llamaron mi atención. Alcé la cabeza y me volví de golpe...

Al otro lado de la sala, desde la pasarela de arriba, un rostro pálido y asustado me miraba fijamente. Sin parpadear. Un cabello negro enmarcaba una cara que conocía tan bien como la mía.

Se me cerró la garganta. —¡Myria!

Alargué una mano y avancé dando traspiés.

Un Ala de cuero apareció a su lado desde detrás de una esquina que yo no había visto. Luego apareció otro; entre los dos, sus cuatro alas ocuparon todo el espacio y me impidieron ver a Myria.

Se me escapó un grito ahogado. —¡No!

Uno de los Alas de cuero la agarró del brazo y tiró de ella por la pasarela.

El otro abrió un portal con un gesto de sus manos provistas de garras.

—¡NO!

Los monstruos empujaron a mi hermana a través del portal y este se cerró enseguida tras ellos.

Me detuve en seco. El pavor me recorrió el cuerpo. Incapaz de pensar con claridad, me di la vuelta y pasé a empujones entre mis compañeros hacia la escalera, con la esperanza de acercarme al portal y quizá localizarlo para seguirlos.

—¡Espera, Coralia! —gritó Venn.

Algo pesado aterrizó en el suelo de rejilla detrás de nosotros, justo donde yo había estado, como si hubiera saltado desde el balcón. Me detuve a mitad de la escalera y miré por encima del hombro.

Mis compañeros se volvieron conmigo hacia el recién llegado.

—¿Qué... coño? —farfulló Sunny.

Dax dio un paso adelante. —¿Q-Quentin?

Abrí los ojos como platos. Un momento... ¿¡QUÉ!?