La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 40 | Coralia
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Capítulo 40 | Coralia

Coralia

EL CORAZÓN ME LATÍA CON FUERZA en el pecho mientras seguía a Sunny desde lejos. Serpenteaba por calles y callejones estrechos sin salir en ningún momento de las sombras, donde más a gusto se encontraba.

A la luz del día, Asberald City resultaba, por algún motivo, aún más sombría y desolada que de noche. En el aire flotaba un desasosiego cargado de desesperanza y abandono que hacía palpable el carácter distópico de la ciudad.

Los edificios estaban ruinosos, oxidados, desmoronándose sobre sí mismos.

Todo estaba cubierto de enredaderas, maleza y musgo: la naturaleza se había adueñado de la ciudad sin encontrar resistencia.

El cemento estaba agrietado por todas partes y, de las grietas, brotaban malas hierbas que a veces formaban enormes manchas extendidas a lo largo de varias manzanas.

Resultaba casi antinatural ver una metrópolis reducida a un cascarón abandonado de lo que había sido.

Si cerraba los ojos, podía imaginar las calles llenas de gente camino del trabajo y de corredores matutinos paseando a sus perros.

En uno de los edificios distinguí el descolorido logotipo verde de Starbucks.

Me costaba creer que Asberald llevara desierta apenas un año, más o menos. Se había deteriorado demasiado deprisa, como si una podredumbre antinatural estuviera asfixiando el lugar.

Los edificios de varias plantas nos encajonaban a ambos lados de la calle y daban a nuestro recorrido un aire claustrofóbico.

El sol de la mañana apenas nos daba en la espalda.

Su luz llegaba tenue y a retazos, salpicando las sombras por las que avanzábamos: las que proyectaban los edificios, los postes telefónicos, las farolas desguazadas y la vegetación.

Como shadowblades en formación, teníamos mucho espacio para movernos.

Por un instante me pregunté qué pasaría si ninguno de nosotros regresaba. Si cuatro alumnos, tres de ellos respetados y bastante conocidos entre el resto del alumnado, sencillamente morían en su examen final.

No había ninguna oficina de defensa del consumidor a la que acudir ni forma de presentar una demanda por homicidio negligente contra una academia de magia cuya existencia los humanos ni siquiera conocían.

¿Se celebraría alguna clase de juicio? ¿Una demanda mágica contra Jace Hudson por habernos conducido a la muerte?

¿Sancionarían a la Academia? Y, en tal caso, ¿respondería esta con toda su fuerza?

Supongo que, en el fondo, lo que de verdad me preguntaba era: Si esta misión es tan importante para el director Cane y los benefactores de la escuela, ¿por qué no envían a más gente ?

Solo somos cuatro cadetes de poca monta.

He oído mencionar en voz baja el nombre de Finley Winston por el campus. ¿Por qué no mandan a esa persona?

Suspiré. Tenía que hacer acopio de valor y quitarme esas ideas de la cabeza. Nos han enviado aquí porque Myria y Genevieve son de los nuestros . Nos guste o no, esta es nuestra misión y, como dijo Jace, cuidamos de los nuestros.

Quería pensar que, si de algún modo teníamos éxito y todo salía según lo previsto, nos elogiarían por nuestra lealtad, pericia y habilidad.

La alternativa era desoladora.

Solo tenemos que conseguirlo. Por el bien de todos los implicados. No hay más.

Sunny dobló una esquina y lo perdí de vista momentáneamente. Se me hizo un nudo en la garganta y me apresuré por un callejón contiguo a la calle que había tomado, manteniéndome a la izquierda. Durante un minuto me sentí completamente sola, sin ver a ninguno de mis compañeros de Guante.

Al salir del callejón, alcancé a ver por el rabillo del ojo cómo su capa ondeaba al viento. La llevaba del revés, con el lado negro mate hacia fuera en lugar del rojo brillante de siempre, para pasar inadvertido.

Tuve la intensa sensación de que me observaban, y la presencia de mis compañeros de Guante me reconfortó profundamente.

Venn estaba en algún lugar a mi espalda y mantenía el contacto con Jace Hudson y con el resto de nosotros a través del vínculo mental feérico.

No tenía ni idea de cómo funcionaba aquella habilidad; solo sabía que había sentido una especie de pulso en la mente cuando me puso la palma de la mano en la frente por primera vez.

Dax iba mucho más adelantado que Sunny, fuera de nuestra vista, explorando el terreno. Su voz irrumpió en mi mente: —Me acerco al primer círculo rojo. Evito la calle del este. Un segundo después: —Espera, no. Es un callejón sin salida. Voy por la calle del noreste. Hay un cruce de cuatro calles.

Fruncí el ceño y aceleré el paso para intentar acercarme a Sunny.

Cuanto más nos adentrábamos en la ciudad, más parecían aglutinarse las sombras. La oscuridad se extendía y cada vez llegaba menos luz del sol desde lo alto. Tuve que entornar los ojos para distinguir a Sunny a lo lejos y, por un momento, deseé que llevara la capa con el lado rojo hacia fuera.

Oí un ruido de forcejeo en mi cabeza.

—Dax, ¿qué pasa? —preguntó Sunny.

Yo no sabía hablar a través del vínculo mental, así que me limité a escuchar.

Creía que estaba acortando distancias con Sunny, pero entonces él aceleró de golpe y tuve que echar a correr por una calle abierta para alcanzarlo, lo que me dio un miedo de cojones.

Mis botas golpeaban el suelo y sus pisadas resonaban huecas entre las paredes de los edificios a ambos lados.

—Coralia, más despacio —me apremió Venn, que me vigilaba desde atrás—. Vas demasiado deprisa y sin cuidado.

—Mierda —gruñó Dax.

Las voces me daban vueltas en la cabeza y me desorientaban. Tuve que aminorar la marcha, no por la advertencia de Venn, sino porque aquellas voces superpuestas, que parecían flotar a mi alrededor, me estaban mareando.

—¿Qué ocurre, Dax? —gruñó Sunny—. Informa.

—Un olor. A podredumbre y aguas residuales. No lo detecté al pasar antes por culpa de la maleza y del fuerte olor a petróleo.

—¿De dónde viene exactamente , Dax...?

—¡Coralia! ¡Al callejón! ¡A las tres! ¡Ahora!

La voz de Venn se impuso a las demás. Se me subió el corazón a la garganta; miré a la derecha y me lancé a la entrada de un callejón, donde caí de manos y rodillas. Gateé hasta un asqueroso contenedor de basura industrial y me escondí detrás. Luego asomé la cabeza.

Un segundo después, un fiuuu sobre mi cabeza llamó mi atención. Un Ala de cuero volaba sin prisa calle abajo, por donde yo acababa de correr.

Aterrizó en la calzada y alzó el rostro ennegrecido para olfatear el aire.

Sus enormes alas se plegaron de golpe contra la espalda.

Aquella cosa era gigantesca, musculosa y grotesca.

Las alas parecían supurar una especie de pringue, y sabía que nunca me acostumbraría a su presencia masculina y putrefacta.

Avanzaba pesadamente, desnudo, con el pellejo correoso cubierto de pelaje negro y los genitales a la vista; una imagen que me hizo torcer el gesto de asco.

La adrenalina me corría por las venas.

No se movía.

Entonces se volvió hacia el callejón y sus ojos refulgieron de rojo, atravesando la oscuridad.

Inspiré bruscamente.

Durante un instante intenté quedarme inmóvil como una estatua, pero el miedo y la adrenalina me hacían temblar. Di un traspié hacia atrás y pisé algo que crujió. Un trozo de basura.

—Joder —murmuré.

El Ala de cuero se puso alerta, desplegó las alas y cargó contra mí. Alcé las manos para invocar un hechizo mientras el terror me atenazaba.

Un gruñido atravesó la calle y rebotó contra las paredes.

El Ala de cuero soltó un chillido en el que se mezclaban voces agudas y graves y se volvió hacia un lado. Desde donde estaba no alcanzaba a ver qué había pasado, qué le había llamado la atención, así que salí de detrás del contenedor.

Sunny estaba agazapado a su espalda, con la espada de Oblyx clavada en el muslo del demonio. Tiraba del arma para liberarla y asestarle otro golpe.

El Ala de cuero se revolvió y lanzó un manotazo contra Sunny que lo hizo salir despedido varios metros. La espada de Sunny cayó al suelo con un estrépito metálico.

El demonio se volvió y avanzó pesadamente hacia Sunny, que yacía en el suelo, con las garras extendidas.

Una mancha negra cruzó como un rayo la entrada del callejón. Dax embistió a la bestia a toda velocidad y derribó al Ala de cuero.

Aunque era mucho más pequeño que el monstruo, el cambiapieles de pantera logró mantenerse encima de él gracias a su bajo centro de gravedad. Le lanzó un par de feroces zarpazos a la cara.

El Ala de cuero siseó y alzó los brazos para defenderse.

Venn apareció de la nada a toda velocidad justo cuando yo llegaba a la entrada del callejón.

Sunny se puso en pie tambaleándose y se unió a Dax en el preciso momento en que el Ala de cuero lograba quitárselo de encima. Antes de que el demonio pudiera incorporarse, Sunny le descargó un tajo en el pecho.

Los ojos rojos se abrieron de par en par. Las alas se desplegaron y batieron con fuerza, levantando polvo y suciedad del suelo mientras intentaba alzar el vuelo.

Recurrí a mis poderes y extendí los brazos. Las sombras brotaron del suelo y se enroscaron alrededor de las alas del demonio, inmovilizándolas contra su cuerpo.

Venn cargó detrás de Sunny justo cuando Dax le arrancaba un bocado del hombro desde el otro lado.

Los tres se le echaron encima a la vez, coordinados casi a la perfección.

La espada de Oblyx de Venn se hundió en el cuello del demonio. De inmediato comenzó a extenderse por su cuello, su cara y sus clavículas una tonalidad verde corrosiva que olía a huevos podridos. Sus venas oscuras se iluminaron de azul.

Los chillidos del Ala de cuero se convirtieron en un gorgoteo mientras el veneno de Venn parecía hacer estragos en su organismo.

Dejé de ejercer la manipulación de sombras y me quedé boquiabierta viendo cómo el monstruo se retorcía, enseñaba los dientes chorreantes a Venn, Dax y Sunny en un gesto de furia y acababa desplomándose de lado.

No se movió.

Los compañeros de Guante, jadeantes, se apartaron de la bestia. La observaron unos instantes para asegurarse de que no volviera a levantarse.

El espantoso tono verdoso dejó de extenderse por su cuerpo, lo que parecía indicar que el veneno había surtido efecto: el monstruo estaba muerto y su sangre ya no circulaba.

—Joder —dije en voz baja—. Lo hemos conseguido. Hemos matado a uno de ellos.

—El veneno ha funcionado de maravilla —añadió Venn, mirando su espada—. Mejor de lo que esperaba, la verdad. Voy a untarle un poco más de esta mierda, ahora mismo.

Dax merodeaba alrededor del cadáver; sus músculos fibrosos se ondulaban bajo el lustroso pelaje negro.

—Joder, sí —gruñó Sunny mientras envainaba la espada—. Se los puede matar.

—Dawn dijo que eran difíciles de matar, pero no imposibles —señalé.

—La clave es trabajar en equipo —dijo Venn.

Tenía razón. Habíamos funcionado como una máquina bien engrasada y habíamos acabado con aquel cabrón. Bueno, no del todo bien engrasada: las cosas no habían salido exactamente según lo previsto. Pero, limpio o chapucero, lo único que importaba era el resultado.

Los ojos ambarinos de Sunny se clavaron en mi cara, brillantes de una sombría excitación. —Vamos a por esos hijos de puta.