La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 39 | Coralia
89%

Capítulo 39 | Coralia

Coralia

AQUELLA NOCHE PRACTIQUÉ un poco de esgrima con los chicos para familiarizarme con las espadas de Oblyx. Entrenamos en el dojo mientras Jace estudiaba su mapa de sombras y trazaba una estrategia. Como era de esperar, los chicos manejaban las espadas mejor que yo.

—Están perfectamente equilibradas —dijo Sunny mientras examinaba su reluciente hoja—. Un trabajo de artesanía excepcional. Quien las fabricó sabía lo que hacía.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te convierte en un experto en espadas, Sunny? —Su constante actitud sarcástica y mordaz me hacía responderle en el mismo tono, incluso cuando él no estaba siendo mordaz.

Me dedicó una sonrisa burlona, con su habitual arrogancia asomándole al rostro de facciones suaves. —Llevo vivo mucho más tiempo que cualquiera de vosotros. He visto armas de combate cuerpo a cuerpo de todas clases.

Puse los ojos en blanco. —Hablas como si hubieras vivido en la Edad Media.

Soltó una risita. Entonces le brillaron los ojos y se abalanzó sobre mí, obligándome a cerrar la boca y alzar la espada para defenderme.

Después de que Sunny me diera un pequeño repaso, Dax me recordó que podía recurrir a mi magia. —Si no llegan a acercarse lo suficiente para que tengas que usar la espada, mejor que mejor —dijo—. Intenta aplicar los conceptos que has aprendido en Intención Física .

—¿Quién me enseñó esos conceptos, recuérdame? Porque yo recuerdo a cierto cambiapieles que desapareció cuando se suponía que tenía que darme clases particulares...

Sunny soltó una carcajada ante mi pulla. Yo estaba un poco irritable e inquieta.

Dax suspiró. —No vas a dejar que lo olvide nunca, ¿verdad?

—No —respondí con una sonrisa.

—Esta guarda más rencor que su hermana —resopló Sunny.

Le saqué la lengua. —Ya te digo. Así que más te vale no caerme mal. —Acto seguido me lancé contra él y resonó el choque del acero contra el acero. Y siguió resonando hasta bien entrada la noche.

Venn fue el único que permaneció callado durante el entrenamiento. Siendo el más afable y hablador del grupo, daba pena verlo así. Apenas podía mirarme y pasó casi todo el tiempo batiéndose con Dax. Sabía que nuestra disputa aún lo atormentaba.

De vez en cuando sorprendía al feérico mirándome de reojo, pero, en cuanto se daba cuenta, apartaba la vista.

Por fin, hacia el final de la noche, cuando todos estábamos sudados y doloridos, se acercó a mí. Su paso comedido y vacilante casi me hizo retroceder: no estaba acostumbrada a verlo andar con tantos remilgos. Era como si temiera mi enfado.

—Nunca quise caer en desgracia contigo, Coralia —dijo, en alusión a la pulla que le había lanzado a Sunny antes.

—Lo sé, Venn.

Se retorció las manos, nervioso, mientras sus ojos iban de un lado a otro sin posarse en mí. La tristeza le teñía la voz cuando dijo: —Solo quería volver a pedirte perdón por...

—Lo sé. Venn, no tienes que seguir disculpándote.

Levantó la cabeza de golpe. —¿Qué tengo que hacer para que me perdones?

Lo pensé un momento, ladeando la cabeza. —¿Dejar pasar el tiempo? Puede. Ya veremos. Traicionaste mi confianza, Venn.

Se le hundieron los hombros. —Lo sé...

—Pero también me confesaste que me espiabas. Podrías haberlo mantenido en secreto. ¿Por qué no lo hiciste?

Se encogió de hombros. —Supongo que ya no soportaba la idea de no ser sincero contigo. No después de lo que compartimos.

Sentí que se me encendían las mejillas. —Entonces, ¿lo decías en serio? ¿Lo que pasó entre nosotros en el bosque fue... de verdad?

—Cada palabra. Coralia, si tuviera que volver atrás y repetirlo todo, lo haría. Si la única forma de acercarme a ti fuera que me encargasen vigilarte, aceptaría encantado volver a ser un espía. Si es que tiene sentido.

Resultaba enternecedor, aunque también un poco raro. Me pregunté si habría ensayado aquel discurso delante del espejo, o quién le habría dado el visto bueno. Preferiría ser un espía y conocerme a no serlo y no conocerme. Entendido.

Intenté mantener mis emociones a raya. Al contemplar su rostro lila, surcado de arrugas de preocupación, me entraron ganas de abrazarlo. Quería apoyar la mejilla en su pecho, sentir los latidos de su corazón y aspirar aquel aroma embriagador suyo que recordaba a una tormenta.

Pero nos jugábamos demasiado en lo que estaba por venir. Había demasiado en juego para permitir que mis emociones se interpusieran. Los dos días siguientes decidirían gran parte de mi futuro en Shadowblade Academy.

Si sobrevivía a ellos.

Adopté una expresión seria. —Tenemos que estar preparados para mañana, Venn. Veamos cómo salen las cosas y quizá después podamos retomar esta conversación. ¿De acuerdo?

En su rostro apareció el primer atisbo de alegría que le había visto en toda la noche. Con una leve sonrisa, dijo: —De acuerdo, cielo.

APENAS PEGUÉ OJO aquella noche. Los pensamientos sobre Venn, Genevieve y Myria campaban a sus anchas por mi cabeza, instalados allí sin pagar alquiler. No dejé de dar vueltas en la cama.

Cuando por fin empecé a notar que me quedaba dormida, la claridad gris de la mañana entraba ya por la ventana. Charli seguía durmiendo cuando me levanté y me puse el equipo. Desayuné algo rápido y en silencio, yo sola, besé a Bruce Kittenson en la coronilla y salí de mi habitación.

Fui hacia el Centro de Entrenamiento Gable con la cabeza gacha, atravesando un banco de niebla que se extendía por el campus.

Dentro del dojo, la Muñeca Hudson bebía café de una taza y hablaba con los otros tres compañeros de Guante. Bueno, suponía que yo no era una «compañera de Guante», porque no pertenecía oficialmente al Guante de Hudson..., pero aquel día, a efectos prácticos, sí lo era.

Me acerqué a ellos, preguntándome cómo se las apañaban aquellos tíos para llegar siempre antes que yo.

Los tres llevaban aquellas carísimas prendas de tecnología feérica que parecían trajes de neopreno y que habíamos usado en los entrenamientos.

Jace me dijo que me pusiera una en el vestuario de mujeres y que después me explicaría el plan.

—Creía que no podíamos sacar estas cosas del dojo porque son carísimas.

—Hoy haremos una excepción, señorita Hargrave. Procuramos no perder a ningún alumno más .

Asentí y fui al vestuario. Frente a mi taquilla, recordé cómo Vivi había chocado conmigo y se había metido con la figura de Charli la primera vez que vine aquí.

Cómo le había plantado cara. Cómo Vivi nos había acosado junto con su pandilla.

Cómo empezó aquella reacción en cadena de nuestra rivalidad, todo por un pequeño accidente en clase de Alquimia , cuando mi gato le derramó encima unos líquidos.

Y ahora allí estaba yo, arriesgando la vida para salvarla.

Vivimos en un mundo de locos.

Una vez equipada, me estiré para aflojar un poco el tejido.

Al tacto parecía una mezcla de kevlar y lino, una combinación de lo más disparatada.

Tenía la impresión de que nunca me acostumbraría a aquella extraña ropa de tecnología feérica.

Y, por los dioses , cómo se me ceñía al cuerpo.

Me miré con el ceño fruncido en el espejo del vestuario, esperando que llevar aquel maldito traje no le costara la vida a ninguno de los chicos por estar demasiado ocupado mirándome el culo en vez de luchar.

Regresé al dojo y me reuní con los cuatro sobre la colchoneta azul.

Jace tenía delante, encima de una mesa, su mapa de sombras, que ahora estaba en blanco.

Parecía una pizarra mágica diabólica. Junto a la mesa estaba el tablón de anuncios donde tiempo atrás había visto mi nombre entre los de los posibles integrantes del equipo de Shadowball.

Habían borrado todos los nombres y los campos de Shadowball y los habían sustituido por un boceto de la ciudad de Asberald.

Había varios puntos rodeados con círculos de distintos colores. Dos círculos naranjas. Cuatro rojos. Dos morados. Todos se distribuían por las afueras de Asberald, sin adentrarse en el centro.

—Puntos de entrada —explicó Jace, recorriendo el dibujo con los dedos—. Pasadizos que, según mi mapa de sombras, deberían conducir a la instalación central. Os llevaréis el mapa, que debería serviros como una especie de GPS.

—Supongo que los colores corresponden a los portales de sombras, ¿no? —preguntó Sunny.

—Más o menos. Tendrás que trazar tu propia ruta para caminar por las sombras, Sunny. No conoces las zonas de sombra de esta ciudad, así que, en la práctica, no te sirven de nada. De poco valdría indicarte qué sombras tomar para llegar a la instalación central, porque desconoces sus anclajes.

»Estos círculos señalan zonas ciegas: áreas en las que mi mapa de sombras no puede ver, ya sea por obstáculos, barreras naturales o niebla. Los dos círculos morados son las zonas de mayor peligro. Los rojos y los naranjas delimitan sectores más pequeños que conviene evitar.

—¿Y damos por hecho que las Alas de cuero estarán en esa instalación de la que habla? —preguntó Dax.

Jace asintió con sequedad. —Cuando lleguéis, borraréis el mapa de sombras y lo pasaréis por la instalación. Debería captar el interior del edificio. Después, traédmelo y estudiaré el mapa para ver si podemos averiguar qué traman las Alas de cuero.

—¿No cree que sabremos qué están haciendo en cuanto entremos? —pregunté.

—Sinceramente, no tengo ni idea de lo que os vais a encontrar.

Por eso debéis manteneros alerta en todo momento.

Dax irá en vanguardia como explorador. Ya he establecido un vínculo mental feérico con Venn.

Él se comunicará conmigo y también prestará apoyo secundario en el flanco derecho.

Sunny será el atacante principal. Coralia, usted apoyará desde el flanco izquierdo y cubrirá los huecos.

—Igual que mi hermana durante el examen final de Fantasma.

—Sí. No pierda de vista a los chicos en ningún momento, si puede.

—Sí, señor.

El profesor Hudson suspiró. Por un momento, su expresión severa se suavizó mientras me observaba. —Coralia, la han lanzado a esta situación antes de tiempo. Sigue siendo una Fantasma. Mis Nudillos tienen experiencia en misiones de este tipo, pero usted tendrá que improvisar sobre la marcha.

No hacía falta que dijera «limítese a hacerlo lo mejor posible» ni nada por el estilo. Si no daba lo mejor de mí, moriríamos todos. Casi nada. —¿Pretende llegar a alguna parte con esto, profesor? —pregunté, con una sonrisa desafiante a punto de dibujárseme en los labios.

En lugar de enfadarse por mi insolencia, sonrió con fiereza.

Sospeché que apreciaba mi descaro y mi determinación.

Los chicos lo obedecían sin rechistar porque era su Muñeca y su líder.

Pero no era mi Muñeca. Todavía no. Eso me daba, a mi parecer, cierto margen para hablarle sin pelos en la lengua, igual que él hablaba a los demás.

—No baje la guardia —dijo—. No mire atrás; siga siempre adelante. No sabemos cuántos de esos cabrones habrá allí.

»Y esto va por todos: si hay demasiados y presentís otra emboscada, huid. Más vale vivir para luchar otro día que morir dando golpes. Recordad que esto se supone que es vuestro trabajo final. Ni siquiera sois shadowblades de pleno derecho todavía.

—Pero esto será otro paso para conseguirlo —dijo Dax.

—Exactamente, Dax. ¿Alguna pregunta?

Todos negamos con la cabeza. Teníamos el gesto serio, preparados para entrar en acción. Mi espada de acero Oblyx estaba envainada en una funda de cuero, que me até a la espalda para poder sacarla con facilidad.

—Muy bien —dijo Jace. Abrió a su lado un portal que nos llevaría a las afueras de Asberald sin necesidad de andar a escondidas. Esta vez contábamos con la autorización de la Academia.

—Pues entremos y salgamos cuanto antes —dijo—. Demostradles a esos cabrones de lo que es capaz el Guante de Hudson. Os desearía suerte para encontrar a Genevieve, pero no quiero gafarlo. —La barba se le abrió en una sonrisa feroz—. Así que... buena caza.