La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 38 | Coralia
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Capítulo 38 | Coralia

Coralia

—OJALÁ PUDIERA IR contigo —dijo Charli, con el rostro contraído en una mueca de tristeza—. Aquí a veces me aburro muchísimo. Me siento como una simple ayudante. ¡Yo también quiero vivir aventuras!

Me recordó a Marlow. Sentada en la cama de enfrente, me até las botas y solté una risita. —Créeme, Char, yo preferiría ser la ayudante si eso significara que mi hermana está a salvo y no desaparecida.

Dejó escapar un largo suspiro. —Lo sé. Estoy diciendo tonterías. Un ronroneo lánguido me hizo fijarme en cómo acariciaba el lomo arqueado de Bruce. —Al menos te tengo a ti, Brucey.

Sonreí. —Parece que os habéis hecho muy amigos. Has convertido a Brucey de un asesino curtido en un gato casero, manso y perezoso.

Se ruborizó. —¡Qué va! Solo necesitaba un motivo para tranquilizarse.

Seguía sin saber si entre mi dichoso gato y mi mejor amiga cambiapieles de zorro había algo más , pero nunca metía las narices en el asunto y, la verdad, tampoco quería saberlo. Se salía tanto de mi terreno que bien podría haber sido otro país.

Si Brucey estaba a gusto allí, yo era feliz. Y Charli había demostrado ser una amiga extraordinaria. Me había ayudado a descubrir mis poderes de tejido de hechizos, a entrenar mi manipulación de sombras y, más recientemente, a sobrellevar el dolor que me había causado la traición de Venn.

Habían pasado tres días desde nuestro regreso de Asberald City.

La segunda mitad del semestre estaba en pleno apogeo y todo el mundo había vuelto a clase.

Mientras los estudiantes estudiaban, yo me preparaba para una guerra encubierta.

El Guante de Hudson había tenido que dejar en segundo plano la temporada de Shadowball, aunque nos habían dicho que no tendríamos que darla por perdida.

Tenía ganas de conocer mejor aquel deporte cuando regresáramos todos. No soportaba pensar en la otra posibilidad: que no regresáramos todos.

La misión que teníamos por delante era peligrosa, eso estaba claro.

La verdad era que, tal como estábamos, tampoco habríamos podido seguir jugando al Shadowball, porque nos faltaba una jugadora.

Durante aquellos tres días no había dejado de pensar en las atrocidades que esos cabrones de demonios podían estar haciéndole a Genevieve Jade.

Aquellos bastardos parecían la personificación del mal, salidos del mismísimo infierno.

Lo que más me atormentaba era la posibilidad de que ya estuviera muerta, pero me negaba a decirlo en voz alta por miedo a hacerlo realidad.

Mis pensamientos no dejaban de dar vueltas: ¿Por qué la habían capturado? ¿Qué querían de ella? ¿Qué horrores le estaban haciendo, si es que no la habían matado sin más?

No podía ser casualidad que tanto Myria como Vivi hubieran atravesado aquel maldito portal. Una había ido por voluntad propia, según Vivi; a la propia Vivi, en cambio, nos la habían arrebatado delante de nuestras narices.

No debería haberme afectado tanto, pero no podía evitarlo. Sí, Vivi Jade era una abusona de la peor calaña, una manipuladora consumada y una zorra, y nos llevábamos como el perro y el gato. Aun así, nadie merecía acabar secuestrado por unos seres infernales, alados y despiadados.

Durante aquellos tres días tuve las emociones a flor de piel; también me pesaba la tristeza por lo de Venn, y Charli me ayudó a sobrellevarlo todo.

La primera noche estaba hecha una furia.

El segundo día me calmé un poco. La rabia se transformó en una tristeza profunda. Aquella noche fue la peor: lloré en brazos de Charli más de una vez.

Entre el primer y el segundo día, tuve ganas de escribir una reseña demoledora sobre Venn en Yelp.

Charli me convenció de que lo consultara con la almohada en lugar de hacer algo de lo que pudiera arrepentirme.

Le hice caso y, efectivamente, al día siguiente ya no quería escribir la reseña. Solo quería desaparecer.

Para el tercer día tenía que dejar a Venn a un lado, al menos de momento.

Nuestro grupo tenía previsto adentrarse en Asberald City al día siguiente y yo necesitaba estar preparada mentalmente.

No podía permitir que las disputas mezquinas y los líos amorosos me distrajeran, porque en esta ocasión podían acabar en desastre y muerte.

Tenía que participar junto a Venn, igual que tenía que hacerlo junto a Dax y Sunny. Trabajaría en equipo y daría lo mejor de mí.

Lo reconozco: después de tres días, ansiaba volver a verles la cara. Incluso a Venn. Creía que el enfado me duraría al menos una semana, pero no fue así. Porque lo cierto era que Venn también había hecho algunas cosas bien .

Para empezar, me había hablado de su misión: podría habérmela ocultado para siempre.

Después se había disculpado una y otra vez.

También había dicho algo muy bonito: que, aunque nuestra relación se hubiera construido sobre una mentira, se había convertido en algo verdadero.

O algo por el estilo. Me había dicho que lo que compartimos aquella tarde fatídica en el bosque fue real. Fue de verdad.

Esperaba que tuviera razón. Pese a todo, seguía sintiendo que había una parte de él dentro de mí a la que siempre me aferraría. Era difícil expresarlo: como si una pequeña parte del alma de Venn fuera a quedarse para siempre en mi corazón.

Me levanté de la cama y estiré los brazos por encima de la cabeza. Después de soltar un gruñido, pregunté: —¿Cuidas de Brucey mientras no estoy, Char?

—Siempre, Cor Cor. Siguió acariciando al gato, que ronroneaba con los ojos entornados de placer.

ME APRESURÉ POR EL pasillo hacia la sala de reuniones de Fort Nocturnus. Llegaba tarde. Con las prisas, choqué sin querer con una mujer que llevaba una capa gris y grité: —¡Perdón, llego tarde! —mientras pasaba de largo a toda velocidad.

Últimamente había ido al castillo mucho más de lo que me habría gustado. Jace Hudson había requerido mi presencia aquella tarde porque la «experta» a la que había aludido antes iba a hablarnos de nuestra próxima misión.

Dentro, Sunny, Dax y Venn estaban sentados alrededor de la larga mesa. El profesor Hudson caminaba de un lado a otro frente a ellos, con aspecto algo nervioso. Todos volvieron la cabeza hacia mí cuando hice mi entrada, tarde pero con estilo.

—Culpa mía —dije, agitando las manos—. Me he entretenido hablando con mi gato.

Jace frunció el ceño. —Solo espero que mañana no llegue tarde a la misión, señorita Hargrave.

—Por supuesto que no. Recorrí la sala con la mirada. —Aunque no veo a ninguna experta por aquí, así que supongo que tanto no me he retrasado, ¿no?

Resopló ante mi comentario mordaz.

Justo cuando me senté, se abrió la puerta y me giré en la silla. Entró la misma mujer con la que había chocado unos instantes antes. Se me encendieron las mejillas e intenté hacerme pequeña.

Ahora que estaba delante de nosotros, pude verla mejor. Llevaba una capa gris envolvente, abrochada por delante, que le ocultaba la figura. Una larga melena castaño chocolate le caía sobre los hombros. Era de estatura media.

A mí me pareció una mujer corriente. Guapa, sí, pero corriente al fin y al cabo. De hecho, me recordaba un poco a... mí. A todos los efectos, parecía humana.

—Ah, señorita Rose —dijo Jace, con una calidez entrañable en la voz. Hizo una profunda reverencia, lo que me hizo dar un respingo en la silla, desconcertada. —Gracias por venir con tan poco aviso.

—No hay de qué, profesor Hudson. La mujer hablaba con una calma mesurada. Desabrochó los cierres de la capa y dejó a la vista un traje negro ajustado que realzaba sus curvas, parecido al equipo de tecnología feérica de nuestro dojo en Shadowblade.

Jace extendió un brazo. —Guante, permitidme que os presente a Dawn Rose. Quizá hayáis oído hablar de ella.

Todos nos enderezamos en nuestros asientos, con los ojos muy abiertos.

Sunny, con su habitual tono impasible, dijo: —Todo el mundo ha oído hablar de la Absolver.

Era verdad. Hasta yo había oído hablar de ella.

Me entró el entusiasmo de una fan al recordar que Charli la había mencionado a principios de semestre.

Y cuando Myria estudiaba en Briarwitch Academy, antes de unirse a la secta secreta de Shadowblade, no paraba de hablar maravillas de Dawn Rose, que solo le llevaba unos cursos de ventaja.

Myria la admiraba, y por ella sabía yo lo poco que sabía sobre la gran Absolver.

Dawn Rose era como el Luke Skywalker de la comunidad sobrenatural.

Había surgido de la nada, irrumpiendo en escena como un ave fénix, y se la consideraba la mejor arma contra la plaga de los Transformados que asolaba nuestro mundo.

Los Transformados, seres sin voluntad que a mí me sonaban a zombis de toda la vida, seguían campando por el mundo, pero su número se había reducido enormemente desde la aparición de Dawn.

Ahora nos observaba, paseando la mirada de un rostro a otro. Cuando sus ojos se posaron en mí, me encogí. Me examinó con una sonrisa burlona y la cabeza ladeada, intrigada.

—P-perdón por haber chocado con usted en el pasillo —chillé, sintiéndome más pequeña que nunca.

—No pasa nada. Luego le dijo a Jace: —¿Este es el equipo?

—Así es, señorita Rose.

—¿Y a cuántos engendros demoníacos os enfrentáis?

—Al menos a tres.

Entornó los ojos, pensativa. —Supongo que, si estudiáis en Shadowblade Academy, sabréis pelear como fieras. Uno de mis compañeros estudió allí y, si os parecéis a él...

Antes de que terminara, Sunny volvió a intervenir. —Sí, señora, Ezekiel Caffrey es tan legendario aquí como usted.

Ella sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. —Supongo que te consideras el líder de este grupo, ¿no?

Sunny se quedó desconcertado. —¿Cómo?

Dawn se encogió de hombros. —Bueno, como no dejas de hablar en nombre de todos, eso he supuesto.

—Bueno, no exactamente...

Casi solté una carcajada cuando Sunny se hundió en la silla, con el rostro nublado por la vergüenza. Bien merecido tenía que le bajaran los humos.