La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 35 | Coralia
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Capítulo 35 | Coralia

Coralia

ME DESPERTÉ SObrESALTADA UN RATO después, expulsada del sueño por oscuras pesadillas. Conforme se desvanecían, sus detalles se me escapaban.

Entorné los ojos ante unas luces LED blancas y cegadoras. Su intensidad me provocó un dolor de cabeza inmediato, y su resplandor me llenó la vista de estrellitas.

Cerré los ojos y respiré hondo, intentando concentrarme en mi cuerpo. Un rápido examen me indicó que todo parecía estar bien. Notaba todas mis extremidades. Estaba terriblemente deshidratada, con los labios agrietados y la lengua como una suela, pero seguía viva.

Un pitido atrajo mi atención hacia la derecha, donde una máquina de infusión funcionaba mientras una bolsa de suero me administraba líquido por el brazo. Abrí mucho los ojos, preguntándome dónde estaba y qué había pasado.

—En la enfermería —dijo a mi izquierda una voz grave y tranquilizadora. Giré el cuello y vi a Dax, que me sonreía levemente desde una cama de hospital junto a la mía—. Otra vez.

—Uf.

—¿Estás bien?

Fruncí el ceño y me froté las sienes. —Tengo un dolor de cabeza espantoso. Se me pasará. ¿Y tú qué tal?

—Sunder te quitó demasiado —respondió, ignorando mi pregunta.

—¿Me quitó dema...? —Dejé la frase en el aire mientras los recuerdos borrosos caían en cascada sobre mí: caminar por las sombras a través de portales con Sunny; luchar contra aquellos cabrones demoníacos; ver cómo se llevaban a Vivi; la sensación embriagadora y lujuriosa de Sunny alimentándose de mí como si fuera su juguete—.

¿Entonces aquellos demonios eran reales? Esperaba que hubieran sido pesadillas.

—Por desgracia, no.

Dejamos que un silencio apacible llenara la habitación, donde apenas cabían nuestras dos camillas y quizá un par de visitas. Era el primer momento de tranquilidad que recordaba en al menos veinticuatro horas. —Menudo día —murmuré para mis adentros.

—¿Recuerdas la primera vez que viniste aquí? ¿A la enfermería?

Solté un bufido que me hizo doler los senos nasales. Me prometí no repetirlo. —¿Cómo iba a olvidarlo? Genevieve acababa de darme una paliza.

—Después de que defendieras a tu amiga.

Apreté los labios y apoyé la lengua contra los dientes inferiores. —Sí, bueno, qué valiente por mi parte acabar hecha polvo en nombre de la lealtad.

— Fue valiente, Coralia. Nunca olvidaré que hicieras aquello. Y dudo que Charli Fairfax lo olvide tampoco.

—No fue nada. Seguro que solo intentaba hacerme un nombre.

Sentía los ojos de Dax clavados en mí mientras miraba el techo iluminado. —En realidad no crees eso.

No, no lo creía. ¿Qué más daba? ¿Adónde quería llegar?

Antes de que pudiera preguntárselo, Dax dijo: —Donovenn tenía razón, Coralia. Hay algo especial en ti. No se lo digas a Sunny, pero creo que es algo que ni siquiera tenía tu hermana.

—Que ni siquiera tiene —espeté.

—¿Cómo dices?

—No está muerta, Dax. No hables de ella en pasado.

—Discúlpame. Volvió la cabeza hacia el techo.

Le había contestado así porque sus cumplidos me incomodaban. No sabía aceptarlos. El silencio que se prolongó esta vez fue menos agradable y parecía pedir a gritos que alguien lo rompiera.

—Venn. —Gemí al recordar lo que había precedido al desastre de Asberald City: nuestro apasionado encuentro en el bosque—. ¿Dijo eso de mí?

—Por eso era el más entusiasmado con la idea de encontrarte y, esto... traerte aquí.

—Querrás decir secuestrarme en mi propia casa.

—Sí.

Sonreí con melancolía. Era agradable imaginar que a Venn le importaba por algo más que por ser buena en la cama.

Dax prosiguió: —Creo que Donovenn está prendado de ti. De hecho, lo sé, porque puedo olerlo en ti.

Abrí los ojos como platos. —¿Q-que puedes qué?

—No es asunto mío. No se lo contaré a nadie. Y menos a Sunny. Es posesivo y tiene mucho genio. Me guiñó un ojo. —Los cambiapieles de pantera tenemos un olfato excelente.

Que me metan mano los Espíritus... ¿Puede oler que he tenido sexo? ¿Es posible, después de todo lo que me ha pasado desde lo del bosque? —¿Por qué me cuentas todo esto, Dax?

—No estoy seguro. Quizá para que no caigas en una depresión. Sé que te culpas por la desaparición de Genevieve, cuando no fue culpa tuya. En todo caso, quien más responsabilidad tiene es Sunny.

Bueno, tenía razón en que me culpaba. ¿Cómo no iba a hacerlo, después de haberme puesto prácticamente de parte de Sunny —el hombre que estaba estrangulando a aquella chica cuando los sorprendí— y haber obligado a Vivi a enseñarnos adónde había seguido a Myria?

La desaparición de mi hermana había podido más que cualquier razonamiento. Vi una oportunidad de encontrarla y la aproveché, aunque Genevieve había sido, excepcionalmente, la víctima en aquella situación. En el fondo, probablemente tampoco ayudó que me cayera mal. Eso facilitó mi decisión.

Y aun así Dax había tenido el descaro de llamarme valiente . Si hubiera sabido la verdad sobre lo que había hecho. Sobre aquello en lo que había participado.

Dijo algo en voz baja, pero estaba demasiado absorta en mis pensamientos para oírlo. Sin embargo, sus palabras me dejaron una sensación cálida. —¿Qué has dicho? —pregunté, volviendo la cabeza de golpe.

—Nada.

—Repítelo. Por favor.

Dax suspiró. No me miraba. —Quizá no te esté contando todo esto por tu bienestar. Quizá lo haga por un motivo egoísta, no altruista: porque yo también estoy prendado de ti.

El corazón me dio un vuelco y aquella sensación cálida y dulce se extendió por mi cuerpo. —¿Ah, sí?

Asintió secamente. —Creo que lo estoy desde que te vi plantar cara a Genevieve cuando aún eras una Fantasma recién llegada.

Entorné los ojos para observar a Dax y su piel de ébano mientras él desviaba la mirada, al parecer avergonzado.

Tenía una tez preciosa y una forma de ser muy particular.

Era un hombre formal y respetuoso que se negaba a llamar a nadie por su apodo, ni siquiera a sus hermanos, a quienes se refería como Donovenn y Sunder.

Había un atisbo de tristeza en sus ojos que sabía ocultar mejor que los demás.

A veces parecía casi incapaz de sentir nada, como si pudiera mantener las emociones tras un muro de acero.

Pero en algunas ocasiones había sorprendido la vergüenza que le arrugaba el contorno de los ojos.

Si lo observabas con suficiente atención, podías encontrarla allí, justo bajo la superficie.

Era un hombre lleno de misterios. Un enigma.

Sentía que sabía menos de Dax que de cualquier otro miembro del Guante de Hudson, salvo quizá Quentin, de quien a nadie le gustaba mucho hablar.

Conocía el triste pasado de Venn: lo habían desterrado a todos los efectos de la Corte Unseelie y su familia lo había repudiado. Sabía del amor de Sunny por mi hermana y del dolor que había sentido al verme llegar para sustituirla.

De Dax Kilmeade no sabía una mierda. ¡Hasta hacía unas horas, ni siquiera sabía qué clase de ser sobrenatural era!

Su carácter enigmático no se debía a que fuera con quien menos había tratado.

Se me daba bien calar a la gente y sabía que, aunque hubiera pasado todo el tiempo del mundo con Dax, si él no quería mostrarse tal como era, no lo haría.

Así de sencillo. No le costaba nada mantener sus secretos y pensamientos bajo llave.

—¿Puedes dejar de mirarme fijamente? —preguntó de pronto—. No estoy acostumbrado a sentirme así.

Estuve a punto de reírme. —¿Así cómo?

—Nervioso.

Esta vez sí solté una risita de sorpresa. Abrí la boca para hablar y volví a cerrarla, sin saber si encontraría las palabras. Ni siquiera sabía si podría explicar lo que acababa de pasarme por la cabeza, porque me desconcertaba.

Creo que yo también estoy prendada de ti, Dax. Creo que, de alguna forma extraña, estoy prendada de todos vosotros.

La idea me arrolló como una apisonadora. No podía imaginarme intentando estar con los tres. No sabía cuáles eran las normas. En mi mundo, la mayoría de la gente veía con malos ojos el poliamor. En el mejor de los casos era poco convencional; en el peor, una deslealtad.

¿Cómo demonios ha pasado esto? Me veo unida a tres hombres extraños y dolorosamente atractivos que no se parecen en nada, y acabo colándome por los tres por motivos distintos.

Me encanta el entusiasmo contagioso de Venn. Su actitud positiva. Su sonrisa. Su perseverancia y su optimismo pese a pertenecer a un pueblo al que odian casi todos. Se esfuerza por combatir los prejuicios, y eso es admirable.

Me encanta lo firme que es Dax. Me salvó de los demonios apareciendo, literalmente, de la nada.

Me ayudó después de mi primer enfrentamiento con Genevieve.

No me cabe duda de que volvería a hacerlo todo sin pensárselo dos veces.

Dax es alguien con quien puedo sentirme segura en todo momento, solo por su serenidad y su estoicismo.

Y Sunny... Joder, mejor ni empiezo con él.

Es el hombre al que me encanta odiar y al que odio querer.

Qué contraste entre el vampiro casi vulnerable de la celda de iniciación —aquella alma atormentada— y el hombre furioso y agresivo que valora la lealtad y el recuerdo por encima de todo.

Pensar en mi hermana aún lo cabrea tanto como hace meses, cuando desapareció.

Si consiguiera que Sunny Conway se preocupara así por mí, sería un hombre al que me encantaría tener de mi lado.

Si alguna vez llegaba a hablarles de mis sentimientos a los tres —cosa que en aquel momento dudaba mucho, porque desde luego aún no estaba preparada—, ¿cómo demonios sacaría el tema?

Quiero decir, ya me he acostado con Venn. ¿Eso significa que puede «reclamarme»? ¿Funcionan así las cosas entre los seres sobrenaturales? ¿O puedo acercar la mano y acariciarle la mejilla a Dax para tranquilizarlo sin que me tomen por una zorra desleal?

Antes de que reuniera el valor para hacer o decir nada, se abrió la puerta de la habitación.

Tuve la impresión de que los dos agradecíamos la interrupción.

Entró un médico con barba, pelo entrecano, algo de sobrepeso y bata blanca. Parecía un médico normal de los que vería en mi ciudad natal, con el estetoscopio colgado del cuello y todo; desde luego, no alguien que tratara a pacientes sobrenaturales.

—Me ha parecido oír risas aquí dentro —dijo con voz grave—. Eso está bien. Nos echó un vistazo a los dos y, cuando sus ojos se posaron en mí, frunció el entrecejo. —Ah, señorita Hargrave. Qué alegría que haya vuelto a visitarnos.

Fruncí el ceño.

Guardó silencio un instante y luego soltó una risita. —Era una broma. Esperamos no volver a ver a nuestros pacientes una vez que reciben el alta.

—Ah. Lo siento. Le dediqué una sonrisa incómoda. El médico sonaba afable, pero de algún modo me hacía sentir culpable por haber resultado herida, y eso era bastante desagradable.

—Soy el doctor Merryman. Seguramente no se acuerde de mí. La última vez estaba un poco aturdida.

El doctor Simpatía, otra vez con su condescendencia .

—Tiene una visita —continuó, y se me encogió el corazón por instinto—.

Pero primero vamos a ver cómo están los dos.

Se acercó a la camilla de Dax, cogió la tablilla sujeta a ella, hojeó unos papeles entre varios «hum» y «ah» y asintió.

—Tendrá que quedarse un poco más, señor Kilmeade.

Sus constantes vitales aún no están como deberían.

—Pero ¿se pondrá bien? —solté.

Merryman sonrió. —Oh, no diga tonterías. Por supuesto que sí.

—Lo pregunto porque recibió una buena paliza —expliqué, cada vez más harta del doctor Merryman. Me costaba explicar qué era lo que me molestaba de él.

—Los cambiapieles tienen una capacidad de recuperación milagrosa. El señor Kilmeade no necesitará una transfusión de sangre ni una operación ni nada por el estilo. Solo uno o dos días más de reposo.

—Vale.

Dicho esto, el médico le dio unas palmaditas en el hombro a Dax y se acercó a mi camilla. Revisó el gotero y consultó mi tablilla. —Usted, en cambio, ha necesitado una transfusión de sangre para recuperarse. También estará bien, señorita Hargrave. De hecho, ya lo está.

—¿Ah, sí?

Asintió. —Le doy el alta.

—¿En serio?

Asintió más despacio. —Necesitamos hacer sitio para un paciente nuevo. El pobre paseaba por el parque cuando una pelota salió disparada de la sombra de un árbol y le dio de lleno en la cara. Le rompió la nariz. ¿Se lo puede creer?

Le dediqué otra sonrisa forzada. —Eh... Shadowball, ¿verdad?

—Eso es. Me dio unas palmaditas en el hombro y se dirigió a la puerta. —Ah, sí —dijo al llegar—. Su visita.

El doctor Merryman salió y oí unos sollozos al otro lado. Lo primero que vi fueron unos mechones de pelo naranja y, después, la cara pecosa de Charli, bañada en lágrimas. —¡Cor Cor!

Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver a mi querida amiga. Sentía que llevaba meses sin verla, aunque no habían pasado ni veinticuatro horas. Bruce Kittenson, que iba agarrado a ella como una diminuta mochila peluda, asomó la cabeza por encima de su hombro y me maulló.

Charli corrió hacia mí con los brazos abiertos, dispuesta a darme un abrazo enorme. Pero, al llegar a mi lado, se detuvo y frunció la cara, confusa. —Eh... ¿Puedo? No quiero hacerte daño.

Abrí los brazos y sonreí. Como persona poco dada a los abrazos, jamás habría imaginado que acabaría convertida en alguien que no deseaba nada tanto como sentir los delgados brazos de Charli estrechándome con todas sus fuerzas.

Lanzó un gritito y se arrojó a mis brazos. —Te he echado muchísimo de menos —dijo entre sollozos—. Brucey también.

Nos quedamos así unos buenos cinco minutos, meciéndonos lentamente de un lado a otro. Con la fuerza con que se aferraba a mí, aquel abrazo probablemente me hizo más daño que el festín de Sunny.

—El médico ha dicho que puedo irme —comenté cuando por fin tuve que soltarla.

—¡Vale, genial! Vámonos.

—Espera —dije al ver a Dax por encima de su hombro. Miraba al techo, pero se volvió al mismo tiempo y nuestras miradas se encontraron. Advertí el leve arqueo de sus cejas y la tristeza que asomaba a su rostro—. Quiero quedarme —añadí—. Para hacerle compañía a Dax.

Frunció el ceño. —Tonterías, Coralia. Dormirás mejor en tu cama. No te preocupes por mí. Hizo una levísima mueca de dolor al intentar incorporarse.

—Qué va, y una mierda. Somos un equipo, ¿no?

Parpadeó con la mirada perdida, como si estuviera muy lejos. Entonces la comprensión iluminó aquellos ojos oscuros y una leve sonrisa apareció en sus labios. Parecía orgulloso. —Sí, Coralia. Somos un equipo.