Capítulo 33 | Coralia
Coralia
GENEVIEVE APARTÓ DE UNA PATADA una lata de Coca-Cola aplastada y se detuvo. Con las manos en las caderas, alzó la cabeza para contemplar el gran edificio vacío que teníamos delante. —Aquí es adonde vino Myria. La seguí hasta aquí.
El edificio tenía la fachada gris y descolorida; estaba construido en acero corroído, teñido de óxido ocre. Todas las ventanas estaban reventadas, aunque aún se veían algunos cristales dentados. Tenía al menos diez plantas, como muchos de los edificios de aquel paisaje urbano desierto y amenazador.
—La emboscada... —murmuró Sunny, sin acabar la frase.
Miré por encima del hombro. —¿Eh?
—Nada. —Se acercó a nosotras con paso pausado. Sus ojos iban de un lado a otro con un brillo receloso—. ¿Entró en este edificio?
—No —respondió Genevieve. Señaló el suelo—. Se detuvo justo aquí. —Apuntó con el pulgar por encima del hombro—. Yo estaba escondida al otro lado de la calle mientras la observaba.
—Vale. —Sunny se acarició la barbilla afeitada, pensativo—. ¿Y qué pasó después?
—Entonces se abrió el portal.
Un escalofrío me trepó por la espalda. Volví la cabeza hacia ella al mismo tiempo que Sunny.
—¿Qué portal? —preguntamos al unísono.
Genevieve se encogió de hombros. —No era un portal de sombras. Fue como si un tejido rasgara el aire. De esos portales que utiliza alguien que ha estudiado en Briarwitch.
—¿Qué pasó cuando se abrió el portal, Vivi? —pregunté.
—Myria empezó a... hablar sola. —Por su forma de decirlo, supe que no estaba segura de lo que había visto en realidad—.
Murmuraba. Desde mi escondite no podía oírla, salvo en un momento.
Recuerdo que dijo: «Sí, me gustaría encontrar a Quentin».
Me llamó la atención porque lo dijo en voz alta y sus palabras resonaron entre las paredes de los edificios.
—Como si respondiera a una pregunta —murmuré, mordiéndome el interior de la mejilla, nerviosa.
—Puede. Pero no la vi hablar con nadie.
—O a una orden —añadió Sunny. Al ver que enarcaba una ceja, explicó—: Esto tiene toda la pinta de ser una posesión.
—¿Una posesión? —El miedo me oprimió el corazón.
—Parecía que estaba haciendo aquello para lo que había venido —dijo Genevieve con indiferencia.
—Exactamente —masculló Sunny.
—Justo después entró en el portal y desapareció. —Sus palabras quedaron suspendidas en el aire con un peso ominoso.
—Sunny —intervine—, ¿qué quieres decir con «posesión»? ¿Crees que a Myria le habían lavado el cerebro o qué?
—O que la habían convencido . Condicionado. Persuadido para hacer algo que ella creía que ya quería hacer, como ha dicho Vivi.
—Explícate.
—Si lo que dice Vivi es cierto...
—Lo es —espetó ella.
—...entonces parece que una presencia desconocida atrajo a Myria lejos de Shadowblade Academy.
Con una promesa. Quizá con una voz en su cabeza.
Le dijeron que viniera aquí, al lugar donde desapareció Quentin, y le ofrecieron algo a cambio de entrar en ese portal. Por supuesto, todo esto son conjeturas.
Algo en su teoría me sonó a verdad en lo más hondo. Hizo que aquel lugar siniestro y embrujado me resultara diez veces más inquietante. —¿Qué podrían haberle ofrecido?
—No lo sé. —Se le tensó la mandíbula y un destello de ira le cruzó la mirada—. Fuera cual fuese la promesa, lo más probable es que fuera un ardid para capturarla.
—¿Quién podría tener un poder así?
—Solo los Espíritus lo saben —suspiró. El vampiro parecía preocupado, como si acabara de darse cuenta de que aquello nos venía grande.
Había algo que no me estaba contando.
Para intentar calmar el miedo que me recorría las venas, me mordisqueé el labio y examiné los alrededores. Seguí con la mirada a Sunny, que merodeaba por la base del edificio sin apartar los ojos del suelo.
—¿Qué buscas? —pregunté.
—Una señal. Una pista.
—¿Como cuál?
—Una sombra fuera de... —Se detuvo y apartó escombros y basura con la bota—. Lugar.
—Ya te he dicho —repuso Genevieve— que no era un portal de sombras en el suelo. Era un portal mágico suspendido en el aire.
Sunny no le hizo caso y se agachó para examinar lo que había encontrado.
Inquieta, me acerqué y miré por encima de su hombro el círculo negro grabado en el suelo.
La penumbra que lo bordeaba era más clara que el centro: un degradado oscuro y sólido sobre el pavimento agrietado, como si alguien hubiese trazado el círculo con tiza y luego lo hubiera rellenado de tinta sin salirse de los bordes.
Sunny recorrió con la mirada las farolas y los edificios cercanos y volvió a mirar el círculo, buscando algo que pudiera proyectar aquella sombra.
—Eso no debería estar ahí —dije con un hilo de voz. Sunny asintió: había confirmado sus sospechas.
De pronto, se incorporó de golpe y estuvo a punto de chocar conmigo. Abrió las aletas de la nariz y extendió los brazos mientras retrocedía, alejándose del edificio y del círculo. —Atrás —gruñó.
—¿Qué pasa?
Un zumbido grave vibró en el aire. ¿O solo lo oía dentro de los oídos? Fuera lo que fuese, un segundo antes no estaba ahí; casi parecía que Sunny hubiese activado algo al despejar de escombros el círculo de sombra.
Cerró en puños las manos que mantenía extendidas, tensó el cuerpo y volvió la cabeza de un lado a otro. Se me erizó la piel del cuello y los brazos.
—Sunny, antes, cuando has dicho «la emboscada»... Venn me habló de ella —susurré. El zumbido en mis oídos se intensificó, acompañado de un leve olor a podrido, como a aguas residuales. Torcí el gesto—. De vuestro trabajo final como Fantasmas. Como Guante. ¿A qué te referías...?
—Aquí es donde cayó Quentin cuando lo arrojaron del edificio.
Esa sombra. Diría que podría calcular con bastante precisión que aterrizó justo ahí.
—Cada segundo que pasaba parecía más animal: retraía el labio superior y enseñaba los dientes mientras intentaba mantener los brazos delante de Vivi y de mí.
—¿Ya no crees que lo mataron?
Antes de que Sunny pudiera responder, un fuerte desgarrón cortó el hilo de mis pensamientos.
Aspiré bruscamente al ver que una abertura dentada rasgaba el cielo ante nosotros, justo encima del círculo de sombra.
La abertura se ensanchó y comprendí que el zumbido no venía de mi cabeza, sino de aquella aparición borrosa, como hecha de estática.
Del portal salió una pezuña hendida, seguida de una pata peluda.
Genevieve soltó un grito.
—¡Apartaos! —rugió Sunny. Juntó las manos y estas se iluminaron con fuego. El aire a mi alrededor se volvió denso y sofocante, privado de oxígeno.
Antes de que el ser del portal terminara de salir, Sunny lanzó una bola de fuego de entre las manos, una invocación que surcó el cielo nocturno como un cometa.
Estalló contra la pata monstruosa y se disipó en humo. El resto de la criatura salió y el portal permaneció abierto a su espalda.
Me quedé boquiabierta.
Unas enormes alas negras se desplegaron a su espalda, desgarradas y erizadas de espinas, recubiertas de piel coriácea.
Sunny era alto, pero aquella bestia le sacaba casi un metro.
De su grotesco cuerpo desnudo sobresalían músculos marcados y surcados de venas.
Dos ojos rojos brillaban en la oscuridad de su rostro monstruoso.
Un puto demonio de verdad. La materia de la que están hechas las pesadillas.
El monstruo chilló con dos voces feroces entrelazadas: una ronca y rasposa; la otra, gutural y salvaje.
Cuando volvió su mirada carmesí hacia los tres, retrocedí tambaleándome.
Vivi se colocó junto a Sunny y ambos empezaron a extraer magia de sus reservas. De la mano de Sunny brotaron lenguas de fuego. De las de Vivi salieron láminas de hielo, que dirigió a los pies de la criatura para intentar inmovilizarla contra el suelo.
En cuanto la bestia quedó enredada en placas de hielo cristalino, se liberó y avanzó pesadamente hacia nosotros. Se alejó del portal y este parpadeó.
—¡Mierda! —gritó Sunny.
Otra bestia alada irrumpió en nuestro mundo como un proyectil. Esta ya volaba a toda velocidad, directa hacia nosotros.
Sunny y Genevieve se movieron a la vez: rodaron hacia la izquierda y hacia la derecha, respectivamente, para evitar que la criatura voladora los arrollara.
Yo, como la idiota aterrorizada que era, me quedé clavada en el sitio, aturdida, viendo acercarse mi perdición mientras aquellos espantosos ojos rojos se hacían cada vez más grandes.
—¡Coralia! —bramó Sunny.
Me encogí, sin fuerzas, cuando el demonio extendió las manos, con las garras afiladas como dagas listas para hacerme pedazos.
Pues vaya putada. Supongo que así es como todo...
Una mancha negra cruzó el cielo a apenas un metro de mí, embistió al demonio volador por un costado y lo desvió de su trayectoria.
—...termina, ¿no?
Formé una O con la boca y seguí al demonio con la mirada mientras caía al suelo y rodaba sobre sus alas.
La mancha negra se abalanzó sobre él con un gruñido, enseñando los colmillos y erizando el pelaje. Unas patas enormes descargaron golpes sobre la cara del demonio.
Entorné los ojos, confundida. ¡¿De dónde coño ha salido esa pantera negra?!
El monstruo se defendió, recibió zarpazos que le abrieron los brazos y luego rugió en la cara del gran felino y lo apartó de un golpe de su cuerpo tendido.
—¡Dax! —gritó Sunny. Miré hacia él y vi que el vampiro estaba de pie, con el cuerpo tenso y la capa roja ondeando a su espalda. Parecía dispuesto a lanzarse él mismo al cielo: la aparición de la pantera le había dado nuevos bríos.
¿Ese es... Dax?
Casi me eché a reír cuando todas las piezas encajaron: el miedo de Dax a mi propio gatito, Brucey.
Una lucha de voluntades, una demostración de dominio.
Su costumbre de permanecer entre las sombras.
Su piel oscura como la medianoche, del mismo tono que aquel pelaje, y sus ojos negros con destellos amarillos.
Dax era un cambiapieles de pantera.
Pero ¿de dónde demonios ha salido? No tuve tiempo de darle vueltas. Dax rodeaba al demonio, esquivaba sus golpes y le lanzaba mordiscos al cuerpo oscuro, pero el monstruo solo parecía ligeramente molesto.