La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 32 | Dax
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Capítulo 32 | Dax

Dax

OCUPÉ LA POSICIÓN DE VANGUARDIA en la formación en ave de nuestro Guante.

Como punta de lanza de la operación, tenía la misión de detectar cualquier obstáculo o problema que pudiera surgir.

Aunque en el campo de Shadowball jugaba de portero, en nuestras misiones iba en cabeza gracias a mi sigilo y mi velocidad.

Me deslicé furtivamente por las calles desiertas y sinuosas de Asberald City, preguntándome por qué Shadowblade Academy nos había enviado allí.

Era una ciudad en decadencia, con las infraestructuras desmoronándose y un hedor a aceite rancio.

Pero nuestro Muñeca, Jace Hudson, nos había ordenado ir a buscar allí a nuestro objetivo.

No íbamos a desobedecer una orden directa de nuestro líder, y menos cuando nuestro futuro en la Academia dependía de aquella misión. Si teníamos éxito, ascenderíamos a Fantasmas y estaríamos un paso más cerca de convertirnos en auténticos shadowblades.

Fracasar no era una opción.

Donovenn se encargaba de las comunicaciones: había establecido su vínculo mental feérico para mantenerse en contacto con el Muñeca Hudson, que seguía en la Academia.

Se había apostado en la última planta de un edificio unas manzanas más atrás, desde donde tenía una vista de pájaro de nuestro avance.

Si algo salía mal, Hudson le avisaría para que abortáramos la misión y él nos daría la señal de huida.

Sunder y Quentin eran nuestros atacantes.

Avanzaban por los flancos de la formación, apenas una manzana por detrás de mí.

En cuanto les confirmara que la zona estaba despejada y les diera luz verde, saldrían y harían el trabajo sucio.

Si todo salía bien, entraríamos y saldríamos en menos de cinco minutos.

Myria revoloteaba por la periferia para asegurarse de que la comunicación entre los compañeros de Guante no se entorpeciera. También constituía nuestra última línea de ataque por si Sunder o Quentin fallaban en el primer golpe. Era nuestro comodín.

A mi juicio, enviar a los cinco para eliminar a un solo objetivo era excesivo. Pero ¿qué sabía yo de lo que nos esperaba? ¿O de con quién nos enfrentábamos? Me limitaba a cumplir órdenes. Si el Muñeca Hudson había considerado necesario movilizar al Guante entero, así sería.

En mi avance inicial no detecté nada sospechoso ni inesperado. Mi agudo olfato solo captó rastros de aceite, plantas y maquinaria abandonada a su suerte desde hacía mucho tiempo.

Avancé entre las sombras, pegado a la fachada oscura de un edificio, y doblé la esquina hacia la siguiente manzana desierta. Me colé entre dos coches destartalados aparcados junto a la calzada y asomé la cabeza por encima del capó de uno para mirar al frente.

Al olfatear, un hedor nuevo me sacudió los sentidos. Era extraño, y esa fue la primera señal de peligro.

Una silueta cruzó ante una ventana de un edificio al otro lado de la calle. Me alarmé al principio, pero me tranquilicé al distinguir a Quentin abriéndose paso entre los escombros con sigilo. Se había adelantado demasiado. Sunder, que ocupaba la otra calle, seguía fuera de mi vista, como debía ser.

Quentin debía de estar impaciente por tomar la delantera.

Intenté acceder al vínculo mental feérico que compartíamos para decirle que retrocediera, pero no dominaba aquel poder y me costó comunicarme.

Antes de que pudiera decir nada, un hombre apareció por un extremo de mi campo de visión y cruzó la calle delante de mí.

Nuestro objetivo.

Apreté la mandíbula y entorné los ojos. Era alto y desgarbado, y llevaba el pelo, negro como las plumas de un cuervo, peinado hacia atrás. Se alejaba de mí con paso rápido, deslizándose como un espectro por las calles muertas.

—Objetivo a la vista — conseguí decir a través del vínculo mental —. Va solo, a paso ligero. Tercera calle al este del puesto de Donovenn.

El hombre torció a la derecha y casi desapareció de mi vista al dirigirse a la calle siguiente. Salí de detrás de los coches entre los que estaba apostado para seguirlo.

Entonces le vi la cara de perfil y me detuve en seco. Alcé las cejas, asaltado por una sensación de familiaridad.

Reconocía vagamente a aquel hombre: era un forastero que trataba con frecuencia con mi familia en el bosque lluvioso de los Apalaches. Un recién llegado, me había dicho mi manada cuando cumplí la edad necesaria para participar en los negocios familiares.

Tardé un momento en recordar su nombre: Luciano Rockford. Un cambiapieles de lobo veterano de la otra punta del país. Mi manada hacía negocios con él.

La indecisión me impidió contarle a mi Guante quién era aquel hombre y que lo había reconocido. No se suponía que debiéramos conocer a nuestros objetivos, así que no sabía si conocer a Rockford me acarrearía problemas con la Academia.

Por eso me quedé callado y lo seguí cuando dobló una esquina y desapareció de mi vista. No tardaría en cruzarse con Quentin, que parecía empeñado en ser el primero en abalanzarse sobre el cambiapieles.

Un aullido llegó desde aquella dirección. Se me heló la sangre y me quedé inmóvil un instante.

Un cambiapieles de lobo veterano...

Los cambiapieles de lobo nunca viajaban solos.

El corazón se me desbocó y corrí hacia el punto donde había perdido de vista a Luciano.

—¡Quentin, retrocede! — le insté mentalmente —. ¡Es una emboscada!

Oí un forcejeo. Gruñidos, golpes. Los sonidos de una pelea.

Doblé la esquina a toda velocidad y vi a Luciano correr calle abajo, todavía en forma humana, poniendo distancia entre nosotros.

Entre Luciano y yo, Quentin se defendía de dos lobos que lo atacaban. Me lancé a la refriega para ayudarlo.

—¡Sunny, avanza! — gritó Myria en mi cabeza.

Salió de su escondite y apareció en un edificio situado media manzana más adelante. Más lobos surgieron de las sombras.

Un instante después, Sunder apareció por la izquierda y se movió a una velocidad cegadora para ayudarnos a Quentin y a mí con los lobos.

Mientras Sunder y yo actuábamos al unísono para repeler a las bestias, miré a todas partes y me di cuenta de que Quentin había desaparecido de la refriega.

Miré al frente y abrí mucho los ojos. Perseguía a Luciano Rockford mientras los demás luchábamos contra la comitiva del viejo lobo.

Luciano se metió en un edificio.

Quentin le pisaba los talones.

Los perdí de vista a ambos y tuve que volver a concentrarme en la pelea. Levanté el brazo para protegerme de la feroz dentellada de un lobo y giré para esquivarlo en el último segundo.

Sunder se abalanzó sobre el lobo y le dio una patada que lo lanzó a tres metros de distancia. Sus manos se movieron vertiginosamente para arrancar jirones de sombra de la calle y envolver con ellos a nuestros enemigos, que parecían multiplicarse por momentos.

—¡He perdido de vista a Quentin! — grité.

—¡Ve tras él! — ordenó Donovenn en mi cabeza. Su voz sonaba más fuerte que las demás porque era él quien controlaba el vínculo mental.

Corrí hacia el edificio donde había perdido de vista a Quentin y a Luciano.

Entonces aquel olor extraño y pútrido que había captado antes se convirtió en un hedor insoportable.

Una fuerte ráfaga de viento pasó sobre mi cabeza y estuvo a punto de derribarme.

Alcé la vista y vi aparecer una criatura monstruosa y enorme detrás de un edificio ruinoso.

Sus alas negras y correosas me obligaron a mantener la distancia mientras alzaba el vuelo.

El monstruo me miró de pasada con sus ojos rojos y brillantes; de su boca grotesca goteaban fluidos oscuros.

—¿Qué coño es eso? — gritó Myria en algún lugar a mi espalda.

Un vigoroso batir de alas impulsó a la bestia hacia el cielo y la llevó hasta la parte alta del edificio en el que Quentin y Luciano habían desaparecido.

Entré corriendo en el edificio, pero la escalera me frenó. Yo no tenía alas que me llevaran hasta arriba. Subí los tramos de la escalera de caracol de tres peldaños en tres peldaños, hasta que los muslos empezaron a arderme.

Al llegar a la última planta, salí a la azotea. Vi a Luciano y a Quentin frente a frente.

Luciano Rockford apretó los dientes y cerró los puños.

Quentin avanzó con las manos resplandecientes de energía.

—¡Quentin! ¡Retroce...!

El monstruo de alas negras irrumpió por un lado, surgido de la nada. Levantó a Quentin del suelo como si fuera un muñeco de trapo y se lo llevó volando.

Se me cayó el alma a los pies; el miedo me atravesó.

El grito de Quentin se apagó cuando el monstruo lo soltó más allá del borde del edificio y lo dejó caer fuera de mi vista.

Me quedé boquiabierto. Sin palabras, miré a Luciano al otro lado de la azotea. Se sacudió la ropa y me observó con el ceño fruncido.

Un chirrido de estática me sacudió el cerebro y me dejó aturdido. Hice una mueca de dolor y cerré los ojos con fuerza.

Cuando los abrí, Luciano había desaparecido.

—Q-Quentin — grazné a través del vínculo mental.

—Ya no está — dijo Donovenn —. He sentido cómo salía del vínculo mental. Eso ha sido el estruendo que hemos oído en la cabeza.

—Joder — maldijo Sunder.

—¡No! — se lamentó Myria —. ¡Tenemos que encontrarlo!

—No sirve de nada — respondí con voz sombría —. Ha caído por el borde del edificio. Esa... cosa lo ha tirado.

—Abortad la misión — ordenó Donovenn —. Acabo de recibir un mensaje del Muñeca Hudson. La situación se ha descontrolado. ¡Salid de Asberald!

AbrÍ LOS OJOS DE GOLPE. Tenía sudor en la frente y sobre el labio superior; aquel recuerdo me había traído pensamientos cargados de culpa y vergüenza.

Hacía mucho que no pensaba en aquella «eliminación fallida». Un solo contratiempo en el plan había bastado para que todo se fuera a la mierda. Habíamos actuado por instinto en vez de pensar qué hacer, y eso había provocado la muerte innecesaria de Quentin.

Había enterrado el recuerdo, intentando olvidar lo estrepitosamente que habíamos fracasado.

Pero ahora que estaba de nuevo en Asberald City, me resultaba imposible ignorar el pasado. El déjà vu me atormentaba mientras me escabullía entre los edificios, los coches y las farolas, aún más destrozados que un año atrás.

La ciudad que antes estaba en decadencia se encontraba ahora totalmente abandonada. La naturaleza se había adueñado de ella, quizá por obra de aquel monstruo de alas negras. Al fin y al cabo, ¿quién querría vivir en un lugar por donde campaba aquello ?

Ahora, después de tantos días buscando a escondidas por orden del director Cane, había acabado de nuevo en aquel sitio miserable.

Mi búsqueda me había llevado allí por algún motivo. Estaba seguro de que encontraría lo que el director buscaba en algún lugar de la ciudad. Las huellas y el rastro olfativo me habían conducido hasta allí.

Tal vez la sombra de aquel demonio de alas correosas me diera la pista que necesitaba para librarme por fin de mi obligación con el director. Me había elegido para esa misión por mi discreción. Por mi habilidad como rastreador. Por mi lealtad hacia él y hacia la Academia.

Las pesadillas sobre nuestra última misión de Fantasma seguían atormentándome sin que mis compañeros de Guante lo supieran.

Por mucho que intentara apartar aquellos pensamientos, yo había sido el último en ver a Quentin antes de su muerte prematura.

Había presenciado cómo el demonio lo agarraba y lo arrojaba por el borde como si no fuera más que un juguete.

Y, lo peor de todo... todavía guardaba un secreto.

Nadie sabía que había reconocido a nuestro objetivo aquella noche. La atractiva cara de Luciano Rockford no se me iba de la cabeza.

Aún no había tenido ocasión de volver a los bosques de los Apalaches, mi hogar, pero lo haría al terminar el semestre en la Academia. Haría preguntas y encontraría respuestas: ¿qué significaba Luciano Rockford para los nuestros? ¿Por qué trataban con él, un objetivo de Shadowblade Academy?

Nada de aquella situación me daba buena espina.

Quería contarles a mis compañeros de Guante quién era aquel hombre, pero me preguntaba si hacerlo podría incriminarme de algún modo. ¿El hecho de identificar a Luciano Rockford me haría culpable de algo que ni siquiera conocía?

Tenía que actuar con cabeza. Por ahora, debía terminar la misión del director Cane. Quería volver a la Academia. Echaba de menos a Donovenn, a Coralia e incluso a Sunder.

En cuanto encontrara el lugar que el director Cane me había encargado localizar, todo podría volver a la normalidad. Mi trabajo estaría hecho. Podría quitármelo de la concien...

Me enderecé de golpe al percibir un olor tenue que la brisa trajo hasta mi nariz.

Los suaves aromas de la vainilla, los abetos y los cielos estivales. Se entremezclaban con algo familiar. La vainilla era lo que percibía con más fuerza: un aroma íntimo y poderoso que hizo nacer una cálida sensación en mi vientre.

Era una fragancia fresca a la que me había aficionado desde que empecé a entrenar cuerpo a cuerpo con cierta persona en la clase de Intención Física de Jace Hudson.

—¿Coralia? —susurré, ladeando la cabeza.

Un hedor oscuro irrumpió entre aquellos aromas.

Espíritus, salvadme. ¡Estoy harto de estos olores tan familiares!

Jamás olvidaría aquella peste en particular: pútrida, rancia, maligna.

—¡Coralia! —exclamé, sin aliento.

Salí disparado de mi escondite y corrí hacia el olor. Mis piernas no me llevaban lo bastante rápido. Mi cuerpo empezó a transformarse mientras me lanzaba de cabeza contra el viento...

Un viento en el que podía sentir palpitar el peligro.