La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 31 | Sunny #3
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Capítulo 31 | Sunny #3

Sujetando a Vivi desde atrás con un abrazo de oso, le inmovilicé los brazos contra el cuerpo, con los míos rodeándola por debajo de los pechos.

—¡Cabronazo! —gritó mientras pataleaba e intentaba darme un cabezazo hacia atrás—. ¡Suéltame!

—¿De verdad quieres que te ate, Vivi? —pregunté. Al ver el brillo que le cruzó los ojos, añadí—: Sí, seguramente te gustaría. Tranquilízate. No vas a poder con los dos.

—¡Que te jodan, traidor! ¡Confiaba en ti!

Su cuerpo se quedó flácido entre mis brazos de repente. Derrotada.

Yo no me fiaba de Vivi en absoluto, así que seguí sujetándola, con el aliento rozándole el cuello. Vi cómo se le erizaba la piel de la nuca. A pesar de todo lo ocurrido, mi presencia y la forma en que la dominaba la excitaban. Su cuerpo no podía mentir.

Si hubiéramos estado solos y mis pensamientos no hubieran estado tan centrados en Coralia, quizá me habría planteado engatusarla para meterme en sus bragas, doblarla sobre la cama y follármela allí mismo. Solo para darle una lección.

Coralia carraspeó para llamar mi atención. —¿Cuál es tu plan...?

—¿Adónde llevaste a Myria, Genevieve? —gruñí junto a su oído—. Dímelo y todo será más fácil.

Durante un instante solo hubo silencio. Los papeles que flotaban en el aire fueron posándose en el suelo.

La risa sombría de Vivi llenó el silencio. —Ay, Sunny, pedazo de idiota. Yo no llevé a Myria a ninguna parte. ¿De verdad crees que soy tan despreciable?

Coralia levantó la mano. —¿Puedo votar?

—No me fío de ti, Vivi. Dime la verdad: ¿por qué desapareciste de la Academia al mismo tiempo que Myria y solo volviste tú? Supongo que entenderás lo sospechoso que resulta.

—Mis celos no llegan al extremo de matar a la chica, gilipollas. Aunque sea una humana asquerosa.

—¡Contesta de una puta vez! —bramé. La apreté contra mí y su cuerpo, hasta entonces flácido, se tensó entre mis brazos.

—Yo no la llevé a ninguna parte, Sunny. ¡La seguí ! —soltó—. ¡Quería ver en qué líos se estaba metiendo! Sé que los humanos siempre andan tramando algo malo y metiendo las narices donde no les llaman. Así que seguí su sombra.

Coralia soltó un resoplido. —Meter las narices... Lo dice la tía que acosó a mi puta hermana como una perturbada. ¿Por qué nos odias tanto?

Miré a Coralia por encima del hombro de Genevieve. Negué levemente con la cabeza y dije: —Esa historia queda para otro momento, princesa.

Ella frunció el ceño. —Vale. ¿Has dicho que seguiste a Myria, Vivi?

Pues nos vas a enseñar exactamente adónde fue.

Coralia se cernió sobre Vivi y le plantó un dedo a pocos centímetros del ojo.

La rabia que desprendía su voz me provocó un escalofrío incluso a mí, que tenía el cuerpo frío.

—Y si intentas desviarnos lo más mínimo, te voy a dar una hostia tan fuerte que se te van a desinflar esos morros postizos de pato.

LOS TRES SALIMOS del portal de sombras. Por suerte, aquella era la única noche en que el personal de la Academia hacía la vista gorda ante la ausencia de alumnos, así que no teníamos demasiado de qué preocuparnos.

Bastante ocupados estarían reuniendo a todos aquellos chavales dispersos por el bosque.

Al salir de la sombra de la pared, Genevieve tropezó. Extendí un brazo para sostenerla. Se dobló sobre sí misma y empezó a jadear, con las manos apoyadas en las rodillas, agotada por el esfuerzo de facilitarnos el viaje hasta allí.

La dejé descansar un momento mientras recorría con la mirada aquella escena oscura e inquietante.

Las malas hierbas brotaban de las grietas irregulares del hormigón y formaban masas de vegetación infranqueable, adheridas al pavimento como moho.

Las enredaderas trepaban por los edificios en ruinas y se retorcían en torno a las farolas destrozadas.

A lo largo de las calles se alineaban coches cubiertos de telarañas, con los parabrisas rotos y las puertas abolladas.

La naturaleza había comenzado su lenta reconquista de la ciudad, convirtiéndola en una visión de pesadilla, desierta y ruinosa.

No se veía ni un alma viva. Y, con tantas sombras proyectadas por las altas estructuras, aquello no me tranquilizaba demasiado.

—¡Que los Espíritus perreen sobre mis tetas! —exclamó Coralia, dando una vuelta sobre sí misma—. ¿Dónde coño estamos? Esto parece un infierno distópico.

Incluso bajo la tenue luz de la luna, que apenas rozaba las azoteas de los edificios a lo lejos, reconocí el lugar de inmediato. Me sorprendió que se hubiera deteriorado tan deprisa.

—Hemos vuelto al lugar donde empezó todo —dije sin dar más detalles.

Señalé a lo lejos, hacia lo alto de una construcción decrépita—.

Desde ese edificio cayó Quentin y murió...

Y aquí vino Myria a buscar sus restos. Me volví hacia Coralia y entorné los ojos.

—Mantente alerta, princesa. Este sitio no es seguro.

Ella no se inmutó ante mi tono siniestro. —No me digas, tío. Ese aire a The Walking Dead lo deja bastante claro. Y no va con segundas.

Gruñí y señalé con la barbilla a Genevieve, que por fin había recuperado el resuello y el equilibrio. —Entonces, vamos. Guíanos, Vivi. Llévanos adonde viste a Myria por última vez.